Paseo pandémico

0

Me apresuré a disfrutar el recreo que Nicolás nos concedió generosamente a los adultos contemporáneos (bonito eufemismo). Al poner un pie en la calle, escuché un ruido alarmante. Provenía de mis húmeros, esos que César Vallejo se puso cuando decidió morir en París con aguacero. El estruendo óseo me recordó los ejes de la carreta de Atahualpa Yupanqui, con la diferencia de que a él le gustaba que sonaran y a mí me arrugan el alma. Miré la calle, los mangos, los apamates. Imaginé que en la medida que caminara, me empezarían a crujir la tibia, el peroné y  los metatarsianos. Di la media vuelta y volví a  casa. Comprendí que ya la cuarentena se me había metido en el alma y en los tuétanos. Me embargó una dulce paz interior,  parecida a la felicidad, al reencontrarla en el pasillo.

Earle Herrera