La Araña Feminista | Nos llaman en clave violeta

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El coronavirus nos mandó a la cuarentena. Millones de mujeres de todo el mundo se ven sumidas en el trabajo doméstico obligatorio. Muchas habitan 24 horas de los 7 días de la semana con sus agresores. Las que menos, deben lidiar con niñes que ya no tienen la válvula de escape que les dan la escuela, la calle, los deportes.

Encerradas entre cuatro paredes estamos las que disfrutamos de espacio suficiente, las que más, tenemos que adaptarnos a transitar junto a otres en minúsculos cubículos que otrora servían si acaso como dormitorio, todos son hoy los espacios únicos para el desarrollo de la vida.
El confinamiento acrecienta las desigualdades. Lo hace en cada ciudad y en cada casa.

Pero esto no va de las diferencias de clase, ni de las iniquidades creadas por el capitalismo salvaje, el que nos oprime hasta en los países socialistas. Esto va del sufrimiento de mi hermana, del sufrimiento de mi hija, del de mi prima. Del sufrimiento histórico que se manifiesta en cada hogar. Va de la lucha cotidiana por mantenerse con vida de cada mujer, esa que intenta por todos los medios no molestar al señor de mano suelta que perfila contra ella sus rabias, su machismo, sus frustraciones. Va de aquella que nos llama a las 6:00 am, “porque el monstruo aún duerme”. Esa que calladito me dice: ¿Estoy hablando con Tinta Violeta? A la que le respondo aún dormida: Hola, soy Daniella, otras soy Mollie o Yoseglis u Orlanys. ¿Necesitas ayuda? Hablo de la que suspira cuando escucha la palabra ayuda como si escuchara la 9na de Beethoven por primera vez.

Ella está sola, esa mañana está sola. Ella, que a veces es María, y otras Juana o Adriana. De ellas quiero hablarles. Porque nos llama hablando pasito y queremos oírla en estéreo. Así, en voz inaudible, comienza mi alianza con esa mujer que al otro lado del teléfono me cuenta sus pesares. Le informo, trato de reconfortarla, imagino su rostro mientras dice palabras como pegar, sangre, puta; la sueño con la sonrisa que quiero que tenga, esa que hoy es llanto; sobre todo la escucho relatándome su realidad, su calvario de vida, su historia de violencia. Todas las cadenas del mundo empozadas sobre sus hombros. Todas las desigualdades aplastan su espalda y sus sueños.

Están las veces en las que ella está decidida a salir del círculo, el que es más bien una rueda que la pisotea sin pausa y dolorosamente una y otra vez. Otras veces el miedo se ha instalado en su alma y perdida, llora, llora del otro lado, porque no encuentra una salida.

Así empieza el acompañamiento. El acompañamiento amoroso. Estoy cansada. Suena y suena mi teléfono en la mañana, en la tarde, en la noche. Suena. Ahora cada vez que lo escucho, escucho son las notas violeta de la vida. Al otro lado una mujer, negra, blanca, india o mestiza. Con hijes o sin elles. Pobre o rica. Chavista u opositora. De pelo largo o pelo corto, llama llena de esperanza.
Desde aquí, desde este lado te decimos. Aquí estamos hermana, nosotras te creemos.

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Por Daniella Inojosa / Tinta Violeta