La página de Aquiles | Personajes

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Sigue la fiesta por los cien años del nacimiento de Aquiles Nazoa y quien hoy se suma a la celebración es Laura Nazoa, malabarista de muchos oficios: geógrafa especialista en mapas antiguos, editora, alguna vez bailarina y, en su vida personalísima, sobrina del poeta. Cercana conocedora de su obra, trae de nuevo a la luz algunos poemas dedicados a personajes de otras tierras, para quienes Nazoa también escribió versos entrañables. Bien como homenaje, como afectuosa reafirmación de su amistad y admiración, o porque encontraba en ellos un refugio y un vehículo para su amor por la humanidad, he aquí una pequeña muestra de la magnanimidad del corazón de Aquiles.

Marilyn en la morgue

En el año ya lejanísimo
mil novecientos treinta y dos,
cuando en las últimas pianolas
rodaba aún el charlestón
y en las pantallas fulguraba
la mirada de Clara Bow,
y mi hermana tenía un novio
que había estado en Nueva York
y yo tenía doce años
y era un muchacho soñador
y me bastaba verlo a él
con su flamante traje sport
– saco a rayas, gorra a cuadros,
pantalón a lo Harold Lloyd–,
y oír narrar sus aventuras
de fogonero en un vapor
y lavaplatos en Manhattan
y bailarín de un music hall;
en esa época que digo
– ¡era en el año treinta y dos! –
ah, me bastaba solo eso
– ¡yo era el tonto que aún soy! –
para subirme a mis ensueños
como quien sube a un ascensor.

Desde entonces ando en el mundo
como anduviera Dreamy-Boy,
viviendo en sueños la aventura
que la vida nunca me dio.
Visto harapos de vagabundo,
mi equipaje es mi corazón,
viajo en los trenes de noche,
no tengo un diez para un hot dog,
pero mastico mi esperanza
como quien masca un chewing-gum
y si me mata la tristeza
echo una estrella en el juke box.

Nadie me espera, como nadie
cuando salí me dijo adiós.
De dónde vengo no me importa
como tampoco a dónde voy.
Cierto que soy un muerto-de-hambre,
un vagabundo, un polizón,
con el sombrero agujereado
y los zapatos sin cordón,
pero quién niega que soy libre,
que soy tan libre como Ford
y que a mis pies tengo la tierra
como un magnífico balón
para jugar al football-rugby
y así olvidarme de qué soy:
de que soy un hombre sin casa,
un hombre paria, un Dreamy-Boy,
un John Smith desamparado
de quien se ha olvidado el amor,
un prisionero de ciudades
que a sí mismo se encadenó
y que se arrastra por los trenes
¡de una prisión a otra prisión!

Y aquí está América a mis pies
como un magnífico balón;
puedo jugar con ella al rugby
o, si prefieren, al béisbol.
Un Rockefeller es el pitcher
y un Rockefeller es el coach.
Pero juguemos a otra cosa,
porque soy mal jugador,
y lo que quiero con América
es encontrarle el corazón.

Por hallárselo ando rodando
de la Florida a Nueva York.
En Alcatraz viví cien años,
tuve una novia en Oregón,
en Carolina fui John Brown
y en Alabama fui Jim Crow;
en Chicago fui caletero
y en Amalfi morí de amor;
fui bailarín en Nueva Orleans
allá en el año treinta y dos,
y ahora en un tren de madera
voy de Pittsburgh a Nueva York
con la esperanza ya perdida
de descubrir en cuál rincón
dejó la América de Lincoln
olvidando su corazón.
¿Qué contaré cuando regrese
a aquel mundo del treinta y dos
cuando bastaba que mi amigo
me saludara: – ¡Hello boy! –
para que yo, muchacho tonto
hiciera igual que Dreamy-Boy
y me subiera a mis ensueños
como quien sube a un ascensor,
para llegar a un mundo mágico
en donde estaba Nueva York?

Ah, Marilyn, tu cruel América
tu desdichada gran nación
te ha destrozado entre sus manos
como un paquete de pop corn.
Y allí estás, pálida manzana,
bajo tu luna de neón.

Murmuraciones de sobremesa con Jacques Prévert

En estos tiempos no se puede creer en milagros
hoy al cortar el pan salió volando un pollo
luego supimos que era una broma del panadero
ya decía yo.
En estos tiempos no se puede creer en el amor
anoche nuestro hijo mayor
se tragó a su novia mientras le daba un beso
luego se disculpó diciendo que había sido sin                                                                      [querer
ya decía yo.
En estos tiempos no se puede
creer en lo que pintan los pintores
Picasso acaba de pintar un caballo
comiéndose el corazón de una muchacha
pero el cuadro se titulaba
muchacha comiéndose el corazón de un caballo
ya decía yo.

Va a las aldeas Luis Carlos Prestes

 

Ven y que te pregunte, labradora
del pañuelito nuevo entre las manos,
espiga de la sierra y de los llanos,
preferida criatura de la flora,

¿Qué es esta luz de fiesta cazadora
y este contentamiento de manzanos;
por qué tan entusiastas de vilanos
los altos capiteles de la aurora?

– Que lo diga el arado y los pinares
y los pluviales vientos noroestes
lo repitan bebiendo toronjiles:

¡Es que por estos sitios y lugares
pasó mi capitán Luis Carlos Prestes
condecorado de ferrocarriles!

Selección de Laura Nazoa