Ramón Palomares, por todo lo alto

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Humilde, con esa humildad que solo demuestran algunos grandes seres, Ramón Palomares decía que había aprendido la poesía de su tierra y de su familia, en su casa, una casa de maestros y gente de letras. “Los versos eran algo que conferían dignidad, honor, nobleza; desde temprano me fueron cercanos y tuve de ellos un concepto elevado”.

Y vaya que se esforzó para llegar a las alturas de la poesía, pues este hombre nacido en Escuque, estado Trujillo, en 1935, es una de las referencias más notables de la lírica nacional y una voz indispensable en la historia de la poesía de ese enorme costillar suramericano, que es la cordillera de los Andes.

Un paisano, Juan José Barreto González, despliega sus dotes (también es poeta y escritor, pero además doctor en semiótica) para afirmar que “la poesía del poeta Palomares sobrevuela a ras de metáfora el sin tiempo que nos guía hacia el mito de lo que he llamado la sobrenaturaleza. El poema se vuelve un doble ámbito, lenguaje y recuperación. La perennidad del rito le otorga la condición metafórica a los seres y objetos que salen y entran a esa casa mundo. Comienzan a decir. El poeta los hace hablar, se lamentan y hasta se ríen”.

La magnitud y carácter único de su obra lo han hecho objeto de profundos estudios en las universidades y otros centros académicos. El poeta coriano Rafael José Alfonzo, licenciado en Letras Hispánicas de la Universidad del Zulia y magíster en Literatura Latinoamericana Contemporánea de la Universidad Simón Bolívar, opina que en los versos de Palomares “el paisaje rompe con sus habituales ataduras sígnicas para llegar a ser otra cosa: no está referido a sí mismo, se transparenta, se hace palabra, silencio, imagen, regreso a la infancia, nostalgia del paraíso, juego, memoria de nuestros antepasados, errancia, epifanía, máscara. Ya no es una línea divisoria que reafirma el contraste entre el bien y el mal, entre cultura y civilización, entre guerra y paz sino que se configura como una metáfora del mundo. (…) Abandona sus referencias regionales para convertirse en una visión de otro mundo, una idea, una revelación del hombre”.

Añade Alfonzo que Palomares “ve en los árboles figuraciones de difuntos que vienen de los sueños y se diluyen en conversaciones incesantes; son ánimas, árboles que deambulan en sus propias sombras, provienen de lo etéreo y de lo onírico y es por eso que se hacen representaciones de una cosmogonía doméstica”.

La profesora aragüeña Maen Puerta Pérez, especializada en literatura infantil y juvenil, en un trabajo en el que perfila la particular identificación de la poesía de Palomares con las nuevas generaciones, afirma por su parte que “en ella se conjugan el habla de una región, la naturaleza, el paisaje andino, las expresiones populares y un mundo mágico”.

Así, en la obra del trujillano aparecen por igual la paradura del niño, las nieblas de las montañas, los ríos, los recuerdos de la infancia y temáticas universales como el amor y la muerte.

Joaquín Marta Sosa, en su obra Navegación de tres siglos (Antología básica de la poesía venezolana 1826/2002) expresa que “la suya es una poética que rinde acabada y persistente reverencia a ese cosmos personal que es la tierra andina”.

Añade que el afluente originario es Escuque, su pueblo natal, que alcanza la dimensión de personaje distante y cercano, en un escenario lírico que es real y a la vez mágico. Lo andino, expresado en el habla popular, pero universalizado por el tratamiento de lo esencial del ser humano.

La fuerza elegíaca de Palomares es tal que hasta en los trabajos académicos se aprecia el esfuerzo estético de sus autores, empeñados en no desentonar. Pero, sin los corsés científicos, otro titán de las letras criollas de este tiempo, Gustavo Pereira, habla sobre el poeta que él conoció, al que admiró desde el mismo momento en que leyó su libro El Reino, tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, a finales de los años 50.

“Ese libro fue realmente una revelación, la primera obra de un poeta que se iniciaba, era muy joven, pero el libro era de una enorme madurez, con unos grandes poemas, muy celebrados en su tiempo. Luego vino Paisano, también muy reconocido. En esos años, él formó parte de un grupo muy importante en la literatura venezolana de la renovación, Sardio. Allí, junto a Ramón, estaban Guillermo Sucre, Salvador Garmendia y algunos artistas plásticos, como Manuel Quintana Castillo”.

Palomares fue miembro del jurado de un premio destinado a poetas jóvenes, que Pereira ganó en 1964. “Ramón escribió en la revista Cultura Universitaria una nota muy elogiosa sobre ese libro mío, que se llama En plena estación –cuenta–. Para mí fue algo muy reconfortante porque yo admiraba mucho a Ramón. Luego, en la celebración del premio, en un bar, por supuesto, como debe ser, nos conocimos y a partir de allí comenzamos una amistad entrañable, participamos en conferencias, en lecturas de poesía por todo el país. Fue una amistad muy grande”.

Pereira, nacido en Margarita, frente a paisajes completamente distintos a los trujillanos, afirma que la poesía de Palomares recoge el alma que palpita hasta en la atmósfera de esos pueblos. “Yo recorrí con Ramón los alrededores de Escuque y él se empeñaba en mostrarme todo. Él era muy raigal respecto a sus orígenes. Nunca tuvo ese miedo de ser acusado de parroquial, ese chovinismo al revés que experimentan los que están avergonzados de su país y quieren ser cosmopolitas. Cada vez que iba a su casa, le encantaba sacarme a pasear por sus predios, por esos predios de aguas transparentes, de árboles hermosísimos, de la neblina al amanecer y al anochecer. Para mí, que vengo de paisajes marinos, de horizontes abiertos, era algo prodigioso”.
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Era casi transparente

No todos los días un gran poeta define a otro gran poeta. Acá tenemos el privilegio de presenciar ese acto, obviamente también muy poético.

Interrogado sobre la dimensión de Ramón Palomares en la historia de nuestras letras, Gustavo Pereira se explaya: “Es el poeta más original de la poesía venezolana contemporánea, sin duda. Ramón posee una aparente y definitiva sencillez que es producto de un trabajo intelectual extraordinario y logra un tono entre lo mágico, lo celebratorio y lo prodigioso del habla popular, que aflora en sus versos”.

Según Pereira, Palomares conseguía la cuasi-transparencia porque él también era así: casi transparente. “La casa familiar estaba llena de flores, algunas de ellas muy extrañas. Cada vez que iba por allá me daba lecciones de botánica”, recuerda.

Afirma que “Ya en El Reino se podía apreciar ese tono coloquial, incluso ‘entrevistiscente’, pero al mismo tiempo de un rigor extraordinario en la palabra y en la sintaxis. No escondía tampoco las novedades, las transformaciones del lenguaje para crear una atmósfera hasta sublime, muchas veces”.

“Esa aparente sencillez no era sino una magia, un prodigio que construía Ramón con su mundo, con sus vivencias de infancia y también con las de adulto. Las recreaba para convertirlas en una novedad sentimental”, agrega Gustavo Pereira.
Palabra de poeta.

Clodovaldo Hernández