Aníbal Nazoa

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Si con Aquiles no tuve la oportunidad de compartir, mejor suerte tuve con Aníbal. En mis días de colegio era el único carajito que andaba con El Nacional “parriba y pabajo”, sobre todo los miércoles que, creo, era el día que salía su columna “Aquí hace calor”, encriptado en su seudónimo Matías Carrasco. Supe de él por mi primo Gilberto Miquilena, el mismo que me puso a leer a Blas Perozo, y al descubrir que los jodedores también podíamos ser de izquierda, me convertí en su asiduo lector.

Cuando lo conocí, ya no tan carajito, coincidí en la junta directiva del Movimiento de los poderes creadores del pueblo Aquiles Nazoa, con un grupo de viejos ñángaras que nos reuníamos los lunes a las 5 de la tarde, cualquier parecido con Lorca era pura coincidencia, y allí está Aníbal con su adorada María Lucía, la viuda María Laprea, sus amigos Fruto Vivas, nuestra queridísima Lutecia Adam, mi adeca preferida, jeje, Aureliano González, un viejo cojonudo, y unos cuantos que mi memoria ya casi calcinada no da para más. Lo bueno fue que logramos un maravilloso evento en Barquisimeto en 1976, gracias a los poetas Álvaro Montero y Tito Núñez.

Pero como ya Mamá, la sin par Ana Lucía, me está diciendo: Humberto es Aníbal, no vos. Y yo feliz porque la bella de mi madre se debe estar bebiendo las bodegas de vino del cielo, con la venia del Pedro y el Dios, por su día del domingo anterior, solo pude decirle: Mirá Mamá, vos estáis ahíta de caña y nosotros ahí ahí. Pero el cuento de Aníbal es que llegó un día con María Lucía a Choroní en Semana Santa, aventurando sin reservación un coño, y yo que coordinaba un festival de guitarras le entregué mi habitación en el Cotoperix, y tuve que irme a dormir a la orilla del río, en casa de una vecina de la hacienda Sabaneta de Daniel González, “Las Ninfas”, las llamaban. Jajaja