PERFIL | José Leonardo, el zambo que imaginó la República

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Algunos conjurados tienen más suerte que otros. Por ejemplo, los negros, mulatos y zambos que se sumaron a la rebelión de José Leonardo Chirino en 1795 no tuvieron mucha fortuna. Según documentos publicados por el Centro Nacional de Historia, de algo más de un centenar de individuos hechos prisioneros entre los días 10 y 12 de mayo, 86 fueron fusilados en el sitio, sin previo juicio; siete fueron degollados el 12 de mayo y 9 al día siguiente. Un poco después, el 18, se ajustició a 23 esclavos y, cinco días más tarde, otros 25 fueron pasados por las armas.

Chirino había logrado evadirse del cerco que tendieron las Milicias de Blancos en la región donde se produjo el alzamiento, el actual estado Falcón, pero poco después fue capturado y entonces tal vez haya deseado estar en aquellos primeros lotes, de los que fueron muertos sumariamente, pues el poder colonial no se ahorró crueldades con quien había sido, junto a José Caridad González, el líder del movimiento emancipador.

A Chirino lo trasladaron a Caracas para ser juzgado por la Real Audiencia, que el 10 de diciembre de 1796 lo declaró culpable de subversión. La condena fue drástica: “Muerte de horca que se ejecutará en la plaza principal de esta capital adonde será arrastrado desde la Cárcel Real y, verificada su muerte, se le cortará la cabeza y las manos y se pondrá aquella en una jaula de fierro sobre un palo de veinte pies de largo en el camino que sale de esta misma ciudad para Coro y para los Valles de Aragua, y las manos serán remitidas a esa misma ciudad de Coro para que una de ellas se clave en un palo de la propia altura y se fije en la inmediación de la aduana llamada de Caujarao, camino de Curimagua, y la otra en los propios términos en la altura de la sierra”.

La retaliación alcanzó también a la esposa y los hijos del prisionero, pues fueron separados y vendidos como esclavos en lugares distantes entre sí.

Las autoridades españolas estaban empeñadas en sofocar cualquier forma de rebelión que surgiese y lo hacían de esta manera brutal bajo la premisa de que la represión y las duras penas aplicadas servirían como escarmiento.

No había sido el primer levantamiento contra la Corona y su régimen esclavista. Más de siglo y medio antes, entre 1730 y 1733, sucedió la Rebelión de Andresote. Unos años después, entre 1740 y 1741, ocurrió la Rebelión de San Felipe; y en 1744, la Sublevación de El Tocuyo. En Caracas, entre 1749 y 1752, ocurrió la Insurgencia de Juan Francisco de León contra la Compañía Guipuzcoana; y en 1781 había estallado la protesta de los Comuneros de Mérida.

El movimiento de Chirino tuvo aspectos comunes con varios de sus antecedentes. Reunió las ansias de liberación de la esclavitud con la reacción en contra de las normas de comercio y tributos que imponían las autoridades españolas, en particular durante el tiempo de la Guipuzcoana.

Chirino había recibido además el influjo de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad que habían inspirado al movimiento revolucionario francés. Esos vientos le llegaron nada menos que en Haití. El contacto con la efervescente realidad de ese enclave colonial francés se daría a través del acaudalado José Tellería, el patrono de Chirino, quien solía ir a La Española por razones de negocios y llevaba al zambo como acompañante. El “virus” de los llamados jacobinos negros se le contagió en esos viajes y, paradójicamente, fue Tellería uno de los que pagó las consecuencias.

Es por esta razón que entre las reivindicaciones que exigían los alzados estaba “la aplicación de la ley francesa”, que equivalía, nada menos que a la instauración de una república en lugar del régimen colonialista. También reclamaban la libertad de los africanos esclavizados y la abolición de la esclavitud. Asimismo planteaban quejas sobre aspectos comerciales e impositivos que hermanaban a esta rebelión con las que tuvieron como motivo principal la lucha contra el injusto sistema económico impuesto por España a sus posesiones coloniales.

Reinaldo Bolívar, un estudioso de las luchas de los afrodescendientes, considera que José Leonardo Chirino reúne las características idóneas de un líder positivo. “En primer lugar, aprovechó su condición de libre (por ser hijo de una india) para hacer contacto con dirigentes de Haití, territorio en el cual desde principio de los años 1790 venía creciendo una revolución. Por tanto, sus ideas libertarias visionaron un país independiente. Siendo zambo conjugaba la bandera de la igualdad étnica entre blancos, negros e indios. En segundo lugar, cultivó su influencia en su entorno demostrando estrategia para dirigir y paciencia para escuchar y esperar la oportunidad. Chirino era, además, esposo y padre, muy importante para la cultura indígena y africana, por completar de esa manera su perfil de liderazgo global, en la familia, en la comunidad y fuera de ella”.

Para el profesor Bolívar, la de Chirino fue una rebelión multiétnica, pluricultural y económica, dado que integraba a todos los grupos del entorno que estaban descontentos con el régimen español, por las medidas represivas y explotadoras que no les permitían una vida propia ni autonomía. “Respetaba Chirino la forma de organización de todos esos grupos y pensaba en su futura organización en la constitución de un Territorio-Estado donde imperaran la libertad, la igualdad y la fraternidad, consignas de la revolución francesa que ya se oían en el Caribe haitiano y que, desde allí, se extendieron a toda la cuenca antillana”.

“Su movimiento no fue solo un intento de irse al monte a esconderse de los ‘amos’, sino de fundar un territorio libre que se sumara a la corriente libertaria del Caribe que inició Toussaint Louverture”, asegura el investigador.
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No es una anécdota

Quienes han analizado la rebelión del 10 de mayo de 1795 coinciden en que fue un episodio clave en una cadena que, tras pasar por la insurrección de Gual y España, terminaría en aquel primer gesto oficial de Independencia, el 19 de abril de 1810.

Investigadores como el antropólogo Esteban Emilio Mosonyi insisten en que no fue un hecho menor ni un simple estallido de rabia de unos negros, mulatos, zambos e indígenas en contra de los amos de los esclavizados y de quienes les cobraban los tributos a los que eran “libres”. Al menos en la mente de Chirino, todo iba más allá: era el punto de partida de una nueva república.

La tendencia a anecdotizar el suceso tiene que ver con ciertos aspectos del relato que quedaron registrados, como que el inicio de la turbulenta asonada fue un baile en la Hacienda Macanillas, que luego se propagó hacia otros fundos, como El Socorro, Varón, Sabana Redonda, La Magdalena.

En estos lugares se tejió también la parte oscura de la leyenda, pues hubo saqueos, quema de haciendas, agresiones y asesinatos de los propietarios blancos.

Luego de ese arranque impetuoso, las fuerzas irredentas marcharon hacia Coro, pero la falta de organización y experiencia les hizo perder un tiempo valioso. El factor sorpresa dejó de estar de su lado y las tropas bien entrenadas y estructuradas del poder colonial lograron aplastar la revuelta.