CARACAS CIUDAD CARIBE | Los símbolos de Caracas: Una revisión necesaria

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Los símbolos personales anclados en nuestro subconsciente son el motor de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones, de nuestras acciones. De igual modo, los símbolos de una ciudad o una nación (la bandera, el escudo y el himno) establecen un imaginario colectivo que afianzan e impulsan un sistema de creencias, moldean el carácter de un pueblo y sientan las bases de una cultura.

Unos símbolos que enaltezcan la autoestima colectiva, el espíritu de superación, el sentido de convivencia, la entreayuda, el bien común y la identidad impulsan acciones encaminadas hacia esos fines; se convierten en acicate de orgullo y resistencia en cualquier circunstancia, por difícil que sea. Por el contrario, unos símbolos que encarnen el avasallamiento, la supremacía del otro, el complejo de inferioridad, la presencia foránea y la pasividad, desmovilizan a un pueblo y lo desdibujan. De modo que lo relacionado con los símbolos de una ciudad no puede abordarse con ligereza.

Los símbolos: trofeos del vencedor

Los símbolos de una ciudad o un pueblo son el resultado de causas históricas de gran trascendencia. Marcan unos significados que aspiran a permanecer en el tiempo y a convertirse en faro de una nación, en senda de un colectivo. No obstante llevan el sello de una época y un espacio; de una clase o casta social y de las relaciones de poder que se impusieron en aquel momento. No fueron fruto de un consenso amistoso, ni el resultado de un debate apacible o de un acuerdo. Son íconos de una sociedad determinada, representan un modelo de formación social donde un sector social, un proyecto civilizatorio y una cultura se impusieron frente a otros sectores, otros proyectos de sociedad y otras culturas.

Los símbolos son el trofeo que exhibe el vencedor. Para decirlo en palabras de K. Marx: “Vienen al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza hasta los pies”. Y esto lo saben bien los vencidos. Por eso no los asumen como suyos. Son el recuerdo de su derrota, la enseña de la dominación, el epitafio de su cultura. Mas para los triunfadores, quienes se impusieron por medio de la violencia, es indispensable que sus símbolos sean aceptados, asimilados y acatados por todos, especialmente por los herederos de los vencidos. La idea es que en el imaginario popular estos símbolos parezcan representarnos a todos. Para ello elaboran versiones edulcoradas de los hechos que dieron lugar a estos símbolos, de modo que todos los asumamos y los defendamos como propios, que nos identifiquemos con ellos.

De este modo pretenden borrar el origen sangriento de una simbología. Elaborar una translación ficticia de la realidad histórica que dio lugar a estos símbolos. Para hacerlo, imaginan un escenario geohistórico donde todo es paz, armonía y acatamiento. Con ello intentan afianzar y naturalizar, en la psique de los pueblos y en el sentido común, el sistema de creencias y valores de la cultura del dominador.

A partir de allí, todo es aparentemente consenso y acuerdo. Lo que una vez fue el estandarte de dominio de un sector de la sociedad contra otros, se convierte en símbolo de encuentro, en crisol de unidad. Aspira a erigirse en ícono de todos los sectores sociales, desde las élites dirigentes hasta los sectores más bajos de la sociedad, sin distinción de clase ni de estamento.

Abramos el debate

En consecuencia, cualquier intento de debate, no digamos de cuestionamiento, acerca de los símbolos de Caracas, es condenado de antemano como herejía que atenta contra el carácter sacrosanto de unos íconos que se han naturalizado y se han convertido supuestamente en un lazo indiscutible de unión y encuentro de todos los caraqueños. Por tanto, es denunciado como un ataque a los mitos fundantes de una sociedad, como un desafío al patriciado originario, como la amenaza a un colectivo y a una ciudad.

En realidad, los símbolos de una ciudad o de una nación no son neutros; constituyen la materialización de un discurso dominante que se impuso en un momento determinado de la historia. Y los discursos no son solo ideas abstractas que se mueven en un plano exclusivamente mental, sino fuerzas reales que impactan las realidades concretas y las transforman. Para decirlo en palabras de T. Todorov, los discursos “son acontecimientos, motores de la historia, y no solamente sus representaciones. Son ellos los que hacen posible los actos; y luego permiten que se los acepte”. Por eso, apunta Wilhelm Reich, un símbolo es “una ideología que se convierte en una fuerza material desde que prende en las masas”. Como tal modela con su acción, en el plano de los arquetipos, la vida material y espiritual de las sociedades: las somete a su influjo y las moviliza.

De allí que no sea fácil hacer entender que los símbolos representan imágenes idealizadas de un pasado nada idílico y que forman parte de la hegemonía de las clases dirigentes, de su proyecto de nación. Que estos símbolos son el soporte ideológico de un esquema de dominación, control y uniformación de toda la sociedad. Forman parte del contrapunteo entre fuerzas contrapuestas. La bandera, el escudo y el himno son la bandera que enarbola, el escudo que sostiene y el himno que entona todo un sector de la población que asume que nos representa a todos. ¿Pero en realidad les hace justicia a todos?

Creo que en lo atinente a este espinoso asunto hay que dar el debate, que al fin y al cabo es lo formativo. El objetivo no es imponer unos nuevos símbolos, por muy válidos que estos parezcan. Eso sería luchar contra castillos de aire y arar en el mar. No contribuiría a formar la conciencia.

De lo que se trata es de avanzar en el plano de la hegemonía, es decir, de la transformación del mundo simbólico de las personas, de los caraqueños y caraqueñas, para que produzcan y defiendan los nuevos símbolos identitarios de una sociedad movilizada. Para que los símbolos que surjan a partir de un verdadero debate sean creación del pueblo y expresen un cambio de época, de donde emerge una libertaria conciencia de clase, de ciudad y de patria.

Por eso, repito, los símbolos no se pueden imponer. Deben ser el resultado de un cabildo abierto, que parta de la investigación, el estudio y necesariamente la confrontación de ideas. Los nuevos símbolos deben significar un compromiso de justicia con las mujeres y hombres que fueron humillados o ignorados por quienes construyeron los símbolos del pasado; un acto de dignificación de nuestra tierra y su fecundidad; un encuentro con nuestro pasado heroico y nuestro promisorio futuro.

¿O es que la Caracas insurgente y caribe que tiene más de quince mil años de historia seguirá siendo simbolizada en su escudo de armas por un león de origen africano, emblema de “la audacia, imperiosidad y valentía” de los conquistadores?; ¿ es que en una sociedad republicana como la nuestra vamos a seguir promoviendo la corona de oro puesta en la cabeza del felino, corona que significa “la defensa de los reyes y la dignidad nacional”?; ¿es que en una sociedad con un Estado laico como el nuestro seguiremos enalteciendo la Cruz de Santiago, la cual “recuerda la cristiandad y la protección divina del apóstol a España”?

Los Caribes

Nuestros símbolos deben necesariamente enaltecer al pueblo caribe, asentado en estas tierras por miles de años. Este pueblo nos legó una identidad, con un fuerte arraigo territorial, con una cultura propia, una visión política y una autovaloración que activó una amplia red de solidaridad étnica y una poderosa resistencia cotidiana, política y militar que permitió derrotar en innumerables ocasiones a los invasores españoles. Explican Mario Sanoja e Iraida Vargas: “En el caso de las etnias caribe de la región centro costera venezolana, diversas expediciones fueron organizadas por los españoles entre 1555 y 1567 para tratar, sin éxito, de conquistar el valle de los caraca y su región litoral, las cuales consumieron gran parte de los recursos humanos y fiscales de los colonialistas. La feroz resistencia de las tribus caribes, comandadas por sus jefes guerreros Guaicaipuro, Paramaconi y Terepaima, quienes controlaban el valle de los caraca y las montañas que lo rodean, imposibilitó la instalación de un asentamiento castellano estable hasta 1568”.

Los caraqueños heredamos esa fortaleza caribe. Adquirimos su capacidad para la integración, su cultura, su conciencia de pueblo indómito, su noción profundamente democrática de la vida, y esa disposición exploratoria que nos lleva a perseguir el horizonte más allá de las estrellas. Aún se escucha en las laderas de Caracas su grito de combate (Ana Karina Rote Amucon Papororo Itonato) que significa: “Solo nosotros somos Gente. Aquí no hay cobardes y nadie se rinde. Esta Tierra es Nuestra”. Pero nada de esto aparece en nuestros símbolos de Caracas. Entonces, ¿no vale la pena hacer una revisión y proponer un acto de justicia simbólica? Preguntémosle a la gente: ¿Los caribes o el león?

José Gregorio Linares*
*Director General de la Oficina del Cronista de Caracas, presidido por Mario Sanoja e Iraida Vargas.