CONVIVIR PARA VIVIR | Platero y yo

0
Malaver en plena faena en cuarentena, cumpliendo con convivir. Foto Oriana Malaver.

Muchos de los que comenzaron a leer esta crónica seguro pensaron en la novela de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo, pero ya se dieron cuenta de que no comienza como la novela: Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.

Se trata de otra cosa, y ya se van a enterar. Desde que comenzó la cuarentena, por allá por el 15 de marzo y tal, en la casa decidimos dividirnos las tareas. Mis dos chamos: Alekos y Oriana, se quedaron con lavar la cocina -Aleko- y el piso, -Oriana-, mi esposa con preparar la comida, y yo con lavar los platos. Lo que se llama una verdadera división social del trabajo. Y así comenzamos.

En lo que va de cuarentena, más de 8 semanas y tal, confieso que perdí la cuenta de los platos, sartenes, cucharas, cucharitas, tenedores, cuchillos, ollas, envases de plástico, vasos, cucharones, y otro montón de cosas raras. Todo comienza en el desayuno. Desde el mismo momento en que termino de desayunar, arranco con la tarea. Llego con mi plato al lavaplatos y pienso que la cosa será rápida porque solo llevo mi plato y el tenedor y el cuchillo, pero, sorpresa, en el lavaplatos hay un montón de seres de aluminio que durmieron allí anoche, y pareciera que en la madrugada hubo una fiesta que ni te enteraste, porque allí hay platos, cucharas, vasos, tenedores, ollas, y cuchillos y tacitas de café y cucharitas para remover el azúcar. Pasas más tiempo lavando platos que desayunando.

Bajo los platos, dice Malaver que se encuentra.

Logras terminar con esa tarea y aprovechas para leer la última novela de Hervé Le Corre, Bajo las llamas, que de paso, es extraordinaria. Y así llega el mediodía y viene el almuerzo. Terminas de almorzar y te acercas con miedo al lavaplatos y ahora lo encuentras más limpio, hay un solo plato que alguien lanzó ahí con la idea de que se lavara automáticamente, pero eso no funciona así, siempre hay alguien que llega y hace el trabajo, y así comienzas a lavar platos y mientras estás en ese trabajo y cuando piensas que has terminado, ves una mano que se acerca y tira una olla y unos cuchillos. Sigues lavando tranquilamente y llega alguien con las tacitas del café que no se habían terminado de tomar. A veces son tantos los platos que hay que lavar, que Oriana, tu hija, se apiada de ti y te ayuda, mientras uno enjuaga todo eso que está allí, ella va quitándole el jabón y colocando todo en su lugar.

Terminas y vuelves a tratar de leer la novela de Hervé Le Corre, pero tienes que esperar un momento para recuperarte, porque como dijo el poeta Pablo Neruda: “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. Te recuperas y vuelves a tu lectura, y así, mientras pasa el tiempo, llega la hora de la cena. Vas a la mesa un poco tembloroso pensando en la cantidad de platos y sartenes y vasos y tacitas y ollas y cucharas y tenedores, y cuchillos, y envases plásticos que deben estar esperando por ti, pero recuerdas que ya todos los habías lavado al mediodía y no hay problema. Terminas de cenar y vas con tu plato y tu cuchillo y tenedor al lavaplatos, siempre de primero, y comienzas la tarea por tercera vez en el día, y van saliendo platos y más platos y cuchillos y tenedores, y tacitas y vasos, y sartenes y ollas, y al final, casi muerto, vuelves a intentar seguir leyendo la novela Bajo las llamas, pero ya no hay fuerzas, te caes rendido, y piensas, Platero y yo es una buena novela, pero un trabajo terrible.

ROBERTO MALAVER / CIUDAD CCS