PERFIL | Delcy Rodríguez, una “número dos” de primera

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Entre los muchos hitos de su trayectoria pública, tal vez Delcy Rodríguez tendrá que agregar uno que resulta insólito: protagonista de una telenovela española, que llevaría el ominoso título de “La Número Dos”.

Y es que la perniciosa tendencia al ridículo de la derecha política y mediática del país ibérico armó un dramón de muchos capítulos alrededor del tema de si la Vicepresidenta Ejecutiva de la República Bolivariana de Venezuela había osado o no colocar sus pies en el sacrosanto suelo del aeropuerto Madrid-Barajas.

En la serie (que bien podría estar pronto en las pantallas de Netflix), Rodríguez es una supervillana a la que se le llama “la Número Dos del régimen de Maduro”, y su coprotagonista, el ministro español de Transporte, José Luis Ábalos.

“¡Diosss!”, ha de haber exclamado ella (es una expresión muy típica en su boca) al verse envuelta en lo que pretendió venderse como un incidente internacional que pudo haber desatado la Tercera Guerra Mundial, pero que terminó siendo “comidilla para pijos” una expresión que, traducida al venezolano, quedaría como “chismes para escuálidos”.

Visto con la adecuada perspectiva, es un episodio esperpéntico -con el perdón de Valle Inclán- que habla de las formas infames que puede adoptar la persecución contra los funcionarios de un gobierno que no se doblegue ante los designios de Estados Unidos y de países que pretenden ser sus aliados, pero en realidad actúan como sus siervos y, a veces, como sus sicarios.

La telenovela española ha sido (todavía, en medio de la pandemia que ha zarandeado a España, hay quienes quieren alargarla) algo cursi y estrambótico, pero no del todo extraño en la vida de Rodríguez, con quien los adversarios han sido peculiarmente insidiosos.

La derecha política y mediática venezolana no se ha guardado nada para atacarla, ni siquiera los comentarios más despreciablemente misóginos, fiel reflejo de la calaña moral de algunos dirigentes y comunicadores. Pero allí salen a relucir los intensos años de entrenamiento político y seguramente también la estirpe, el ADN.

En este campo no todo hijo de gato caza ratones, pero está claro que los dos herederos de Jorge Rodríguez, el malogrado líder de la Liga Socialista, le salieron de armas tomar. Por algo están permanentemente en las bocas y, sobre todo, en las redes sociales de los opositores más furibundos.

De hecho, no son pocos los pretendidos “analistas” que les atribuyen a los hermanos Rodríguez un papel vengativo que remite al Conde de Montecristo. Según esa visión (también muy telenovelesca, dicho sea de paso), todo lo que ellos hacen en sus altos cargos oficiales es motivado por el odio que les quedó sembrado en el corazón cuando la policía política de la ejemplar democracia representativa mató a su padre a puñetazos, patadas y palazos, mientras estaba preso.

Ambos suelen responder a esas acusaciones con el poema del nicaragüense Tomás Borge, Mi venganza personal. La vicepresidenta citó esa obra en una entrevista con José Vicente Rangel, y fueron peor todavía los ataques. Los obcecados opositores lo entendieron al revés (nada raro, en verdad) y dieron por confirmada su tesis. Naturalmente, ni se molestaron en leer el poema.

Cuando asesinaron a Jorge Rodríguez padre, Delcy Eloína era una niña que apenas empezaba la primaria. Pese a semejante trauma, fue una estudiante destacada hasta graduarse de abogada en la Universidad Central de Venezuela y especializarse en Derecho Laboral en París. Su participación política se limitó a la dirigencia estudiantil y gremial, en la Asociación de Abogados Laboralistas, pero a partir de 2006 entró en la vorágine del gobierno revolucionario.

Su bautizo no pudo ser más de fuego: ministra del Despacho del comandante Hugo Chávez en sus tiempos de máxima velocidad. No fue una pasantía larga, y más o menos en ese tiempo comenzó a aparecer en las habladurías políticas. Dijeron que había tenido un tremendo impasse con el jefe, quien entonces la sustituyó con su hermano, Adán.

Reapareció en 2013, cuando el presidente Nicolás Maduro la nombró ministra del Poder Popular para Comunicación e Información, en lo que marcaría su retorno a las “grandes ligas”. Luego pasó a ser la ministra de Relaciones Exteriores en una etapa particularmente crítica, entre finales de 2014 y mediados de 2017, cuando ya se habían desatado todos los demonios internacionales contra Venezuela. En esa función le tocó sustituir nada menos que a uno de los más insignes desertores de los últimos años, Rafael Ramírez.

La forja en el hostil escenario internacional colocó a Rodríguez entre las figuras de primera línea del Gobierno nacional, por lo que no resultó extraño que el presidente Maduro la incorporara a su line-up abridor para la Asamblea Nacional Constituyente, al punto de haber sido designada presidenta de este cuerpo, tan pronto inició funciones, en agosto de 2017.

Convertida así en la cabeza del poder supraconstitucional, continuó fraguándose en altos hornos durante esos primeros meses de la ANC, cuando se logró la nada despreciable meta de restaurar la paz en las calles del país, que la ultraderecha había trastornado con cuatro meses largos de disturbios en los que se llegó a extremos de violencia inauditos.

Vino entonces el paso de la Constituyente a la Vicepresidencia Ejecutiva, cargo en el que ha demostrado que como “número dos” es toda una “número uno”. En menos de dos años ha tenido que capear toda clase de temporales, desde un intento de magnicidio hasta una fallida invasión, pasando por apagones, un golpe con plátanos verdes y la pandemia de COVID-19. Y también ha tenido que sortear las ridiculeces de una derecha escuálida y pija, aficionada a las malas telenovelas.
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La vice y su hermano

En los primeros años de esta historia, cuando Jorge Rodríguez Gómez fue designado Vicepresidente Ejecutivo, la gente hablaba de “la hermana de Jorge”. Por las vueltas que da la vida, en tiempos más recientes, algunos se refieren al médico psiquiatra como “el hermano de Delcy”.

Sea como sea, lo cierto es que la pareja tiene su alta cuota de poder y de responsabilidades en el Gobierno de Maduro y lo han demostrado al alternarse en las tantas crisis con las que este ha debido lidiar.

Sin ir muy lejos, los hermanos Rodríguez han sido, junto con el propio jefe de Estado, los voceros autorizados de los partes diarios sobre el COVID-19. También se ocupan por igual de aportar nuevos datos acerca de la llamada Operación Gedeón.

Los opositores sufren por igual con ambos y a los dos los acusan de mentir, por más que presenten toda suerte de evidencias cuando hacen acusaciones y denuncias.

Conocedores de algunos intríngulis endógenos dicen que al ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información y Vicepresidente Sectorial para Comunicación, Turismo y Cultura, siempre se le ha hecho más fácil que a su hermana eso de estar frente a las cámaras y los reflectores. Ella estaría feliz con menos exposición, pero la fuerza de los acontecimientos y los cargos que ha desempeñado le han afilado las espuelas tanto como al hermano.

Clodovaldo Hernández