CONVIVIR PARA VIVIR | En estos días de cuarentena hasta el perro hace su aporte

“A cada quien según su necesidad”, máxima del comunismo, no se cumple en la familia Arteaga

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En mi barrio “yo no tengo el silencio y la paz que necesito”.

La semana pasada en esta misma página pude leer al amigo Roberto Malaver, quien compartió anécdotas de cómo han sobrellevado la cuarentena en su familia y el método utilizado: “una verdadera división social del trabajo” para garantizar el funcionamiento de su hogar.

Eso me hizo reflexionar sobre cómo hemos hecho en mi casa. Comparto vivienda con una hermana y un hermano, pero otra hermana decidió pasar la cuarentena junto a nosotros, lo que suma cuatro personas en menos de 60 metros cuadrados.

Los Arteaga decidimos aplicar un método muy distinto, la distribución del trabajo, de forma organizada. Todos hacemos de todo, cocinar, fregar, limpiar el apartamento, regar las plantas, almacenar agua, en casa cada quien lava y plancha su ropa, de manera que hemos garantizado el funcionamiento óptimo de nuestro hogar.

Las actividades extraordinarias como la elaboración de exquisitos postres y los sabrosos panes sí son hechura exclusiva de mis hermanas, mientras bajar la basura y comprar los insumos son tareas que realizamos los hombres.

Otras personas que han hecho lo que parece una excelente distribución, pero no del trabajo sino del tiempo, son mis vecinos y vecinas.

A las 7 de la mañana comienza Armando a tallar sus esculturas en madera, el golpe del martillo en el formón golpea más fuerte el tímpano de sus vecinos y vecinas. Esta actividad suele extenderse hasta las 10 de la mañana, siempre combinada con los gritos de los plataneros: “¡Plátanos para el cambio, plátanooos!”. Claro, cuando alguien cumple años entonces la jornada comienza a las 6 de la mañana, el frágil silencio es roto con el estruendo del “Cumpleaños” de Tambor Urbano, luego suena el de Emilio Arvelo, (Nunca el de Serenata Guayanesa) seguidos de unas 10 canciones de las Ni Fu Ni Fa y tipo 8 de la mañana cierran con Las Mañanitas.

A las 10 es el primer turno de los “pequeños de la casa”, muchachitos que echan a la calle porque no los soporta ni la familia y nos los endilgan a quienes queremos un ratito de silencio. Gritos que parecen de pánico, golpes de pelotas, ruidos de carros, de bicicletas, y una amplia gama de “quita paz” que no les nombro porque son demasiados.

Entre las 12:30 y las 2 de la tarde hay una pausa que es rota por los malandrines que inician sus “prácticas deportivas” con sus colegas de otros sectores: más gritos, más ruidos de pelotas, muchísimas groserías, cuando el sol se oculta los “muchachos” van a recobrar energías y es el segundo turno de los más chicos.

Vuelven los carajitos, mismos ruidos que parecen más fuertes. A eso de las 8 se escucha: “¡Fulaniiito, sube que es taaarde!”. Una hora después siguen jodiendo, pero cuando los muchachitos escuchan: “Fulaniiito, suuube que la cena está liiista” desaparecen como por arte de magia y no vuelven hasta el día siguiente.

Ahora es el turno de las letanías, el rumor de las rezanderas que depositan en la fe lo que debería ser asunto terrenal, la prevención del contagio del bendito virus.

Zeus, el perro guardián del CDI.

Pero la cosa no termina ahí. Los malandrines también toman su segundo turno al bate, al coro de “los muchachos” se suman algunas voces femeninas, chillonas, nasales, que suelen prolongar la tertulia hasta bien entrada la madrugada.

En esta cuarentena cada quien ocupa su lugar en el espacio que le corresponde, cada quien hace su aporte según la conocida propuesta de Marx: “… de cada quien según su capacidad”, pero esa otra parte que dice “A cada quien según su necesidad” no se cumple, yo no tengo el silencio y la paz que necesito.

Mención aparte merece Zeus, perro guardián que custodia el CDI que está frente al bloque donde vivo, fiel, cariñoso y muy activo, se parece a Radio Tiempo: ¡No duerme! Ladra toda la noche con intervalos de unos 30 minutos, de manera que cuando logro agarrar el sueño por los cachos, Zeus se encarga de despertarme.

Así transcurren mis “Días y noches de amor y de guerra” durante la cuarentena, les juro que todo lo narrado es cierto, que no son “Falsas, maliciosas ni escandalosas reflexiones de ningún ñángara”.

JESÚS ARTEAGA