PERFIL | Aló Presidente es, sigue siendo, un gran programa

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Hugo Chávez tuvo una trayectoria política muy marcada por grandes momentos comunicacionales. Comenzó con el breve y sustancial discurso de rendición del 4 de febrero de 1992 y terminó con su impresionante despedida, el 8 de diciembre de 2012. Pero, entre el “por ahora” y el “hoy tenemos patria”, protagonizó un maremágnum de eventos vinculados a la palabra y a la imagen.

Esos hechos son de tal magnitud y contundencia que hacen del Comandante bolivariano un objeto de estudio no solo para los especialistas en política e historia, sino también para los expertos de la fenomenología comunicacional.

Uno de esos eventos dignos de análisis es Aló Presidente, el programa de radio que luego se fundió con su versión televisiva y que llegó a ser el eje de la política comunicacional de Chávez, no en pocas oportunidades a contrapelo de la desarrollada por el aparato especializado de su propio gobierno.

Aló Presidente fue uno de los muchos terrenos en los que Chávez estableció una distancia –o quizá sea más preciso decir que abrió una brecha– respecto a los anteriores presidentes venezolanos. Ni siquiera el más carismático de ellos, Carlos Andrés Pérez (contra quien, por cierto, se produjo la insurrección del 4F), llegó a tener, ni de lejos, un nivel parecido de sintonía regular y sistemática con el pueblo.

Rafael Caldera, en su primer mandato (1969-1974), había tenido un programa llamado Habla el presidente, pero era algo muy distinto, un mandatario de aires pontificios disertando en las alturas. En su segundo período (1994-1999) no repitió la experiencia sino que prefirió mantenerse a prudente distancia de la candela mediática.

Otro socialcristiano, Luis Herrera Campíns, aprovechó su personalidad campechana y su experiencia en el periodismo para desarrollar un intento denominado El presidente que habla con el pueblo. Pero tampoco tuvo gran impacto.

Lo de Chávez fue de otro nivel. Desde que se sentó por primera vez en la cabina de Radio Nacional de Venezuela y comenzó a desplegar su prodigiosa capacidad verbal, hasta el último de los programas que realizó, Aló Presidente fue un suceso comunicacional.

Tan exitoso fue que resulta impropio usar esa conjugación del verbo ser, pues en varios sentidos, Aló Presidente no fue, sino que es, sigue siendo, un hito en la esfera de la comunicación política gubernamental, y lo es para Venezuela y para muchos otros países también.

¿Cómo es posible que Aló Presidente es, siga siendo, un gran programa, ocho años después de su última emisión? Una de las razones es la vigencia de su contenido. El líder de la Revolución Bolivariana nunca se conformó con hacer un programa coyuntural, para tratar solo los temas del momento. Lo hacía, desde luego, pero siempre dejando espacio para la reflexión estructural, para plantear asuntos de política profunda. Es por ello que los fragmentos de aquellos largos encuentros dominicales entre pueblo y Presidente son hoy insumo para la discusión ideológica más actual.

Como los enemigos del proyecto político siguen siendo los mismos y sus métodos tampoco varían mucho, prácticamente todo lo que Chávez dijo entre 1999 y 2012 en ese programa (y en sus múltiples otras apariciones públicas) conserva hoy una vigencia que no deja de causar asombro.

Aló Presidente también sigue presente a través de un racimo de experiencias comunicacionales que pueden considerarse sus hijas. Tal es el caso, por ejemplo, de Con el mazo dando, en el que Diosdado Cabello, con un estilo muy a lo Hugo Chávez, comenta el acontecer nacional, tira líneas políticas y –una sección medular– pone de nuevo sobre la mesa el mensaje del Comandante.

Al incursionar personalmente en el mundo de la radio y la televisión, Chávez abrió camino para muchos y muchas que, sin ser comunicadores de profesión, se atrevieron a dar el paso. Gobernadores, alcaldes y ministros han tenido y tienen espacios del mismo corte, aunque lógicamente sin la misma gracia, porque (y esto ya lo reconocen hasta los más acérrimos opositores) el estilo de Chávez es único.

El éxito del programa provocó también una ola de imitaciones a escala mundial. Varios presidentes en otras latitudes se animaron a vivir esa experiencia de inmersión personalísima en la comunicación masiva. Algunos lograron buenos resultados. Otros desistieron pronto, porque –hay que insistir en este punto– la vocación real de comunicarse con el pueblo no es cuestión de marketing político, sino algo que se tiene o no se tiene. Y a Chávez le sobraba.

La proyección alcanzada por Aló Presidente animó a Chávez a emprender otras iniciativas en el terreno de la divulgación de ideas y el contacto con la sociedad. Así estuvo escribiendo durante un tiempo “Las líneas de Chávez” en el diario Correo del Orinoco. Y, demostrando su capacidad para adaptarse a los nuevos tiempos, estremeció el ámbito de las redes sociales con su cuenta Twitter @chavezcandanga, siendo también uno de los jefes de Estado pioneros en establecer ese tipo de diálogo abierto.

En su etapa póstuma, Aló Presidente ha tenido otra utilidad política muy peculiar: ha servido para mostrarle al país los cambios de rumbo de importantes figuras, es decir, los populares saltos de talanquera. Es algo que también enseña mucho acerca de la política y sus cosas.

Muchas personas juraron allí, delante del Comandante, su amor irreversible por la Revolución y luego fueron a hacerles coro a los peores enemigos de esta. La redifusión de fragmentos del programa se convierten así en historia viva, de esa que algunos quisieran borrar, en un documento testimonial significativo para saber a qué atenernos.
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Maratón dominical

Muchos comunicadores profesionales, periodistas, gente con experiencia en producción de radio y televisión no podían entender el fenómeno de Aló Presidente cuando se inició, y mucho menos cuando empezó a consolidarse.

Recuerdo a un veterano corresponsal que me dijo: “No sé cómo tanta gente puede pasar la tarde del domingo viendo a un tipo hablando y hablando, sentado detrás de un pote de lápices”. Se refería tanto a los que miraban el programa por televisión como a los invitados en el sitio, entre quienes había ministros y otros funcionarios, pero también ciudadanos comunes que, literalmente, se habían caído a golpes para estar presentes en el set.

A los expertos les alucinaba especialmente que el programa durara cuatro, cinco, siete horas y que una porción significativa del público siguiera en sintonía hasta el final. Era algo que rompía con todos los cánones de la actividad radial y televisiva.

Ese maratón dominical obligó a cambiar de hábitos incluso a los adversarios políticos. Un escritor vinculado al partido Acción Democrática lo condensó en esta frase: “Antes, los dirigentes adecos dedicaban los domingos a beber whisky, jugar caballos y tratar de interpretar lo que había declarado el viejo Gonzalo Barrios a los medios. Ahora tienen que sentarse a oír a Chávez… Claro que algunos se siguen tomando su whisky, pero para pasar las arrecheras”.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ