Otro fantasma revolotea sobre los Estados Unidos

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Desde hace medio siglo aproximadamente, los gobernantes estadounidenses han tenido que lidiar con un fantasma que no le ha dado cuartel desde el 30 de abril de 1975 cuando los últimos asesores yanquis debieron treparse en los helicópteros para escapar en medio de la estampida gringa en Saigón.

La actual pandemia del Covid-19 que ya rompió la barrera de los 100 mil fallecidos en Estados Unidos, está sentenciada por los científicos, aunque no por ahora, pero nada han podido hacer las ciencias médicas contra el «síndrome de la guerra» que, según la revista especializada Jama Network Open y otras publicaciones, ha causado entre 20 y 22 suicidios diarios por lo menos durante los últimos seis años, de tal manera que EEUU acumula en su territorio más muertes por suicidio de ex soldados que los sufridos sobre los campos de batalla en Indochina: 58 mil entre 1954 y 1975.

Irónicamente, el Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, quien le dio continuidad a la guerra de la familia Bush en el Medio Oriente, trató de aplanar la curva de suicidios al crear la Stop Soldier Suicide (ASA), en un intento por reforzar los tratamientos de salud mental sin embargo, a raíz de los acontecimientos de Irak y Afganistán, se produjo un significativo repunte en las macabras estadísticas, que además revelan una particular forma de suicidio: en muchos casos quitarse la vida con una arma de fuego, uniformado y dentro de un vehículo.

Aunque el Pentágono asumió desde principios de siglo la tercerización de la guerra para «cubrirse las espaldas» ante el mundo con el empleo de empresas de mercenarios como «Blackwalter» o «SilverCorp» (la misma que se alió al narcotráfico colombiano para invadir a Venezuela el pasado 3 de mayo), evidentemente el Pentágono sigue demostrando que no renunciará al uso de las armas como recurso para imponer su hegemonía universal, lo cual nos dice que ese «síndrome de la guerra» está lejos «de aplanar su curva».

Sólo por Vietnam pasaron unos seis millones de soldados gringos en 21 años y se calcula que en EEUU viven unos 18 millones de veteranos de guerra, muchos de ellos alistados en entidades civiles contra la guerra, como la organización «Veteranos Americanos de Irak y Afganistán» que reúne 40 mil afiliados.

Esos veteranos se han convertido en una «piedra en el zapato» para los últimos inquilinos de la Casa Blanca por ser activos militantes frente a las agresiones contra Afganistán, Irak, Libia o Siria durante los últimos años.

Diario de un ex rebelde

James Lamar Rhodes es un caso emblemático, por cierto hijo de «Dusty» Rhodes, quien jugó en el beisbol profesional venezolano: Se trata de uno de los líderes de los veteranos que combatieron en Vietnam durante la década los 60. Estuvo sólo un año (1968) en el sur de Vietnam porque resultó contaminado del Agente Naranja-dioxina como miles de soldados estadounidenses, víctimas de los 80 millones de litros del mortífero líquido esparcido por la aviación yanqui durante 10 años.

De regreso a casa, Lamar Rhodes se incorporó a los grupos de protestas contra la guerra, a pesar de sufrir de varios tipos de cáncer por efecto del «orange agent». Fue perseguido por la CIA y el FBI, cuerpos policiales que le incendiaron su casa en Alabama y además le negaron la asistencia médica que se le debían prestar las autoridades sanitarias como veterano de guerra. Tras escribir el libro Rebelde, el acoso policial se incrementó por lo cual se le ocurrió la idea de buscar ayuda en Vietnam, país al cual viajó con el apoyo financiero de una de las asociaciones de veteranos de California y para sorpresa fue acogido fraternalmente y atendido en un hospital de Saigón.

El veterano de guerra nos confesó en una entrevista que le hiciéramos el 23 de agosto del 2011 en Hanoi, que el trato recibido por los vietnamitas lo enamoró definitivamente del país indochino donde se residenció y escribió el libro Diario de un ex enemigo como reconocimiento a un pueblo que lo regresó a la vida junto a su esposa mexicana Nina Aviña-Rhodes y sus dos hijos; Rhodes Lamar se hizo editor en inglés de la revista oficial del Partido Comunista de Vietnam.

Ángel Miguel Bastidas