CONVIVIR PARA VIVIR | Cotufas

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Juan se ha dedicado a revisar su material musical y fílmico.

Esta sabia sentencia podría aplicarse en buena parte a los efectos de la delicada y trágica situación que atraviesa la humanidad, que hoy se ve urgida a aislarse para su supervivencia ante la terrible amenaza -inminente y mortal, por lo demás- de una gran calamidad que, como otras anteriores en contadas ocasiones ocurren, en tal magnitud tras largos períodos de su nefasta ausencia.

Sucede inevitablemente un reacomodo significativo de todo orden vital, y el reencuentro con proyectos y actividades por largo tiempo postergados, aparentemente triviales.

Me he descubierto miniagricultor urbano, con logros que después de tanto tiempo me sorprenden y satisfacen al maravillarme ante el milagro de la vida, impulsado por la imaginación y la creatividad que subyacen en nuestras potencialidades, muchas veces ignoradas.

Como melómano que he sido durante todo mi tránsito vital, amén de cantante-actor lírico del género chico español (opereta y zarzuela) en mi temprana juventud, he acumulado una gran cantidad de material fílmico y de sonido, que en ocasiones deduje que no me alcanzaría el tiempo para disfrutarlo, y que en esta circunstancia, además de su goce placentero, me ha hecho conocer con más profundidad y pertinencia, una buena proporción del andamiaje histórico, psicosocial y político que generan un mayor amor y mejor apreciación por semejantes joyas, con lo que apoyamos nuestro devenir emocional y estético.

La relectura de obras inmortales y la aclaración y precisión de tantos conceptos e ideas por extensos períodos un tanto confusos y oscuros, tienen con este percance un motivo de oro para tornarlos más diáfanos e inteligibles.

Cuántas pequeñas reparaciones y arreglos en nuestra vivienda solemos encomendar a distintos profesionales por no poder atenderlos, que ahora, con paciencia, las abordamos penetrando en un universo de minúsculos saberes que se transforman en herramientas para la solución de cuestiones domésticas que nos plenan de orgullo y alegría, incrementando así nuestra autoestima.

Me ha sucedido -tal como es la expectativa general- que esta separación social paradójicamente origine más unión en la familia, debido a la cercanía causada por las restricciones en el desplazamiento colectivo, produciendo más comunicación en el entorno del hogar, mejores oportunidades de intercambio afectivo y espiritual.

En oportunidades, los asuntos supuestamente superfluos, adquieren un cariz inesperado, y en condiciones adecuadas y propicias se convierten en lecciones tan sencillas como insólitas.

Sorpresa: el autor de esta crónica se descubre agricultor.

Narraré uno que, en mi opinión, simboliza lo anteriormente expresado. Por muchos años, y debido al condicionamiento social inducido -que no exige ni da explicaciones- asumí o supuse como un hecho incontrovertible que las cotufas de maíz inflable provenían de latitudes foráneas, que eran exclusivamente importadas, quizás cultivadas sus semillas en suelos particularmente favorables y específicos.

No obstante, mi acuciosidad y curiosidad, jamás nadie me comentó la posibilidad o la realidad de que el grano originario fuera cosechado en tierras nuestras.

En días anteriores, una vecina me sugirió que comprara el paquetico y sembrara algo de su contenido. Para nuestro contento las semillas germinaron muy pronto y de forma absolutamente normal.

Al ser visitado por un hijo, éste me preguntó -al observar las plantas- qué fruto se obtenía de éstas.

Le respondí: son de maíz para cotufas o maíz reventón, como lo llaman en otros países.

Me refutó el caballero: ¡Pero si eso no se siembra! Le dije: Cuando regreses trae una bolsita de palitos de queso para plantarlo.

Esta anécdota refleja cumplidamente e ilustra nuestra dimensión cultural e histórica actual, que propende a la mejor asimilación de nuestros valores autóctonos e independencia.

Pretendo hacer constar con estas modestas reflexiones mi testimonio personal y mi fe en la capacidad del ser humano que, con trabajo y tenacidad, ilusión y poesía, puede revertir tantos sinos trágicos y volverlos para su favor y bienestar.

JUAN RAMÓN ARAUJO