PERFIL | El apellido-adjetivo de Franz Kafka

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El apellido de Franz Kafka se transformó en un adjetivo que –por cierto– mucha gente usa sin haber leído sus novelas: kafkiano.

La primera vez que lo oí fue en boca de un profesor en el liceo. Dijo que el otro instituto en el que trabajaba era un sitio kafkiano. Alguien le preguntó el significado de esa expresión y contestó que era algo tenebroso, feo, escalofriante y que la palabra venía del autor checo que había escrito el relato de un tipo que se despierta un día cualquiera y se da cuenta de que se había convertido en una cucaracha.

Todos reímos y el profe pareció decepcionado de que su referencia a La metamorfosis no hubiese causado horror, sino hilaridad.

No fue algo extraño, pues los principales biógrafos de Kafka dicen que sus narraciones tenían, desde el principio, ese efecto paradójico: horrorizaban al punto de hacer que algunas damas se desmayaran en medio de una lectura pública (como ocurrió en Alemania) y, a la vez, provocaban grandes carcajadas entre los amigos a quienes les leyó fragmentos.

Según uno de esos biógrafos, Reiner Stach, esa hibridación improbable es consecuencia natural del contenido de su obra. “La mezcla entre lo horrible, lo triste y lo cómico es nueva, se la inventa él, ningún autor antes la había experimentado”.

Entonces, a la definición del profesor, aquello de “tenebroso, feo, escalofriante”, habría que agregarle quizá el calificativo de chistoso.
Si en los inicios del siglo XX se hubiesen empleado las categorías que se usan hoy, seguramente Kafka habría llevado el sambenito del Trastorno Obsesivo Compulsivo. ¿Un síntoma?: masticaba cada bocado setenta veces antes de tragarlo.

Pero lo que más dijeron de él es que era un bicho raro, generando así otro chiste, pues la idea remite una vez más a Gregorio Samsa, el hombre-insecto (por cierto, Kafka negó que fuera una cucaracha y pidió que no se le representara como tal, pero nunca reveló qué clase de animalejo era).

Otras peculiaridades de este hombre de ascendencia judía que abonaban a su rareza era su forma de hacer gimnasia que pretendía ser idéntica a la que se presentaba en las ilustraciones, atosigado por un perfeccionismo que no pocos calificaron de patológico.

No obstante, quienes han investigado su vida se han convencido de que se trataba de meras excentricidades, y que el escritor era en realidad un ser bastante “normal”, solo que algunas de las parejas que tuvo (seis, según cuentan los chismosos, sin llegar a casarse con ninguna) se dedicaron a regar la especie de que actuaba de un modo tan siniestro como sus personajes.

Para separarlo de esa aureola nefasta, el editor Hans-Gerd Koch invitó a 41 personas, entre amigos, familiares y novias a escribir libremente lo que recordaran. El resultado es un libro titulado Cuando Kafka vino a mí, que en buena medida desmonta su impronta tétrica. “El Kafka con el que todos concuerdan es un hombre muy delgado, tierno, de intensos ojos oscuros, tímido, de una discreción apabullante. Un tipo que pareció siempre más joven y que jamás se refirió a sí mismo. Detestaba que le hablaran de sus cuentos y era percibido como alguien sumamente especial y auténtico. Llevó su enfermedad mortal con total reserva”, expresa una nota publicada en La Tercera (Chile) en 2009, bajo el sugerente titular de “Última hora: Kafka no era kafkiano”.

Una vez que murió, de tuberculosis a los 41 años, se convirtió en un objeto de estudio no solo para los expertos en literatura, sino también para los psicólogos y psiquiatras, que pretendieron encontrar en los relatos de Kafka las señas de profundos traumas y desequilibrios, generados, entre otras causas, por la mala relación con su padre, dueño de una tienda de accesorios de moda en Praga.

Entre grandes literatos que le sucedieron, Kafka ha ejercido una verdadera fascinación. Figuras como Jorge Luis Borges y Elías Canetti fueron influidos por el checo. Borges (quien decía, por cierto, que La metamorfosis debió traducirse más bien como “La transformación”), escribió en 1983: “A Kafka podemos leerlo y pensar que sus fábulas son tan antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otra época sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia. El hecho de haber escrito un texto que trasciende el momento en que se escribió, es notable. Se puede pensar que se redactó en Persia o en China y ahí está su valor. Y cuando Kafka hace referencias es profético. El hombre que está aprisionado por un orden, el hombre contra el Estado, ese fue uno de sus temas preferidos”.

Borges admitió que quiso imitar a Kafka, pero luego desistió. “La biblioteca de Babel y algún otro, fueron ejercicios en donde traté de ser Kafka. Esos cuentos interesaron pero yo me di cuenta que no había cumplido mi propósito y que debía buscar otro camino. Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso”.

En tiempos actuales, el insigne japonés Haruki Murakami, otro recurrente candidato al premio Nobel (igual que Borges), hasta utilizó el apellido para titular una de sus novelas: Kafka en la orilla.

Grandes estudiosos del discurso, como Roland Barthes y Theodor Adorno, también dedicaron sus análisis a este peculiar artista de las letras y sus no menos peculiares personajes.

Puede afirmarse que la muerte de Kafka sí fue kakfiana, pues la tuberculosis le destruyó la laringe y por tanto, ya no pudo deglutir los alimentos, a él que tanto se esforzaba por masticarlos bien. Sin embargo, esa cruel manera de partir de este mundo lo salvó –tal vez– de correr con la misma suerte que casi su familia, exterminada en campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial. Eso hubiese sido todavía más kafkiano.
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Influencias en Venezuela

También entre los narradores y poetas de Venezuela hay quienes se asumen admiradores de Kafka.

El merideño Ednodio Quintero es uno de ellos. Su libro Cuentos salvajes, reúne relatos sobre animales casi humanos y humanos muy animales. “Desde niño me hice amigo de los perros y de los caballos, de las vacas y las ovejas, y también de los pájaros. Forman parte de mi imaginario y, sin proponérmelo, se han ido filtrando en mis relatos hasta llegar a formar un bestiario personal”.

Interrogado sobre lo kafkiano de ese tipo de literatura por el diario mexicano Excelsior, dijo: “Supongo que los personajes son un reflejo de su creador, y en tal sentido soy una persona llena de dudas e incertidumbres, que tal vez por esa condición estoy en continua transformación. Aunque considero a Kafka como el más grande narrador del siglo XX, no me gustaría para nada amanecer convertido en un horrible escarabajo y, aquí entre nos, tampoco en Paulo Coelho”.

Mientras tanto, Gabriel Jiménez Emán, ha declarado ser un fruto de la notable influencia del escritor checo. “Desde que lo leí mi visión de la realidad cambió. Asumí la idea de que el mundo es un escenario de lo absurdo. En Mérida empecé a escribir cuentos breves, teniendo a Kafka como ideal, pero sin imitarlo como modelo, tratando de decir cosas mías y de inventarme un mundo”.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ