Urgente renta básica

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Las varias pandemias que azotan al mundo parecen decirnos que lo peor de todo lo que ocurre es la insensibilidad frente al dolor y el sufrimiento ajenos. Hemos visto azoradas que en algunos países los sistemas de salud emitieron órdenes de distribuir los escasos respiradores que podían salvar la vida dejando afuera a quienes eran demasiado mayores y, a juicio de la administración, ya podrían morirse porque les tocaba. En otros lugares, las enormes multitudes que quedaron sin ingresos, y vaya que fueron muchos y sobre todo muchas, no lograron contemplaciones, si no tienen dinero, van a la calle. Para ellos no hay #quédate en casa, uno de ellos murió esta semana en la esquina de Buenos Aires, donde estaba confinado. Muchos, de ellas y ellos, son compatriotas que vienen caminando desde el otro lado de los Andes o desde las selvas brasileñas.

En las Villas Miseria y favelas de nuestra región, el COVID-19 se ha extendido como pólvora, va dejando estelas de muertos, que en algunos países ni siguiera logran enterrarse. El combustible es el hacinamiento y la precariedad, no hay agua y para quienes son pobres es obligatorio salir a buscar algún ingreso, algo que permita comer. Es preferible morir de epidemia que de hambre.

La pandemia de la pobreza va más rápido que la pandemia del coronavirus. OXFAM calcula que 500 millones de personas se sumarán a los 1.100 millones de pobres que ya existen.

Unicef calcula que la pobreza afectará especialmente a los niños, habrá un repunte del trabajo infantil, el matrimonio temprano y el abandono escolar. Las mujeres, que son la mayoría de quienes trabajan de manera informal, han perdido la posibilidad de ingresos, ya ha aumentado la violencia de género y aumentará la trata de las jóvenes.

La pandemia simplemente ha mostrado la realidad de nuestra organización social, en el mundo las amplias mayorías viven sin ninguna protección social y quienes tienen alguna, como en algunos países de Europa, no llega a todos y todas, y es insuficiente. En nuestra región, más de la mitad de la población, 53% sobrevive con trabajo informal. Son 140 millones de personas latinoamericanas. El mundo que muestra y deja la pandemia ¿será vivible? ¿Podremos seguir viviendo en un mundo así?

Y no hay tiempo, es urgente, que todos los seres que habitamos este planeta tengamos un ingreso vital, es decir, un ingreso que permita la vida. No se trata de ayuda temporal o esporádica, se trata de una medida estructural y permanente, una red de seguridad para no morir de vulnerabilidad. Es un deber ético que no permite dilaciones, se trata de la asignación de un ingreso realista que sirva para asegurar la sobrevivencia.

Es apremiante, necesitamos un nuevo bienestar, buen vivir, que ponga la vida en el centro con solidaridad social concreta. Es ahora el momento de implementar políticas universales, redistributivas y solidarias con enfoque de derechos, basadas en un pacto social universal, un pacto por la vida para todas y todos.