CONVIVIR PARA VIVIR | En Venezuela nadie se siente solo

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Vivo con mi perrita Garota. Foto Javier Campos

Breve recuento pandémico

Describir lo vivido durante esta época en Venezuela es el equivalente a describir un viaje en una montaña rusa interminable. La pandemia es un trayecto más, el cual, cuando termine, empezará otro con quién sabe qué sorpresas. Y es que, como dicen por ahí, cuando no es una vaina es otra. Quizá por esta máxima que podemos aplicar a nuestro país, podemos decir que estamos preparados para el advenimiento de Cristo, la llegada de los Anunakis o siete plagas más. Preparados, en el sentido que pareciera que ya nada nos puede sorprender, esperamos siempre lo inesperado.

La llegada del COVID-19

Habíamos escuchado las noticias que llegaban desde lejos, de otras latitudes, luego nos dimos cuenta de que las noticias venían de al lado; todos los días los medios nos indicaban que alrededor del mundo el virus se extendería; y llegó a América Latina y a Venezuela.
Es interesante la reacción que tuvo la población desde el primer momento en que se habían detectado los primeros dos casos del COVID-19.

Si mal no recuerdo, esto ocurrió un viernes 13 de marzo (viernes 13, día de mal augurio, según los gringos). Estaba en el Parque Miranda, de Caracas, trotando como lo hago regularmente, aunque ese día en particular no estaba de ánimos para llegar a casa, por lo que partí con un pana que tenía que hacer algunas diligencias. Entre los viajes, pasamos por Quinta Crespo a preguntar por mascarillas y ya estaban agotadas en casi todos los lugares y las que quedaban las vendían a precio de Dolar Today por lo que desistimos de hacer cualquier compra.

Sin embargo, veíamos a la gente nerviosa, presurosa de adquirir algunos bienes pues esperaban –o todos esperábamos– que el infierno se desatara en cualquier momento. Así que, ese día, es quizá el que ha tenido mayor conmoción en la población general durante el transcurso de este año. Nos tomamos un par de birras mientras paseábamos y luego logramos comprar las mascarillas a un precio mucho más decente, curiosamente, en el Este de la ciudad. Nos encontramos unos trabajadores de Inparques del Parque Miranda caminando como al mediodía, quienes nos habían mencionado que todos los parques ya los habían cerrado, y también nos enteramos que todas las actividades escolares habían sido suspendidas. La calle seguía nerviosa; aparecían los primeros ciudadanos que usaban mascarillas, mientras colas y colas de personas se agolpaban sobre las farmacias y los productos de salud, tales como alcohol, gel y mascarillas se iban agotando mientras su precio aumentaba de manera desproporcionada. La mirada de la gente era expectante; creo que todos en algún momento sentimos temor real de que algo muy malo fuese a ocurrir.

La Cuarentena en su primera fase

Luego de la locura de esos momentos, los días sábado 14 y domingo 15 transcurrieron en relativa tranquilidad, pues aún no se decretaba la cuarentena. Sin embargo, ya había locales que informaban el uso obligado de mascarillas para ingresar. Luego, no sé si fue el domingo por la noche o a principios de la semana siguiente en donde el Gobierno decreta las medidas de cuarentena y distanciamiento social. A partir de ese momento, empezó una nueva historia que es la que estamos viviendo hasta estos días.

La primera semana de la pandemia fue rara, oscura. No había casi nadie en la calle, todos evitábamos contacto con todos. Si veías a alguien de un lado de la acera, cruzabas para el otro, no hacías contacto visual con nadie y los “buenos días” por acá desaparecieron por un buen rato. Si veías a alguien conocido, lo saludabas a lo lejos y evitabas cualquier cruce de palabras. De hecho, pasó casi un mes para que volviera a ver a alguno de mis vecinos. Por las noches pasaba un camión cisterna, escoltado por Polisucres, que desinfectaba las calles mientras el copiloto, con altavoz en mano, instruía a los vecinos a quedarse en casa. Por otro lado, hay un CDI a unas dos cuadras de la casa y éste había sido seleccionado como “hospital centinela” para acoger personas que pudiesen tener el virus o que lo tuvieren, además que continuamente daban los números de contacto adonde uno podía llamar por cualquier dificultad inherente al bicho en marras. De hecho, como a las tres semanas de empezada la cuarentena unos médicos cubanos hicieron un censo por el conjunto residencial en el que vivo y fueron piso por piso informando a los vecinos sobre qué pasos tomar, sin contar además del apoyo que se ha tenido a través del website de Patria y sus encuestas sobre la salud por lo que, desde el punto de vista del control del virus, me he sentido bastante protegido. Incluso, hablando con varios amigos cuyos puntos de vista difieren mucho de los míos, en más de una oportunidad llegábamos a la conclusión de que menos mal esta pandemia nos había agarrado acá en el país, no allende.

Por otro lado, en Caracas vivo solo, con Garota, mi perrita rescatada hace unos tres años luego de que fuese atropellada delante de mí. Ella ha sido fundamental durante estos meses para mantener cierto equilibrio mental. Tenía otra, Aki, mi hijita perruna, la cual hube de sacrificar unos 15 días antes del comienzo de la cuarentena, debido a un cáncer que tenía y no podía ser salvada. Tengo familia regada entre Barquisimeto y Chile (soy de hecho, de origen chileno), por lo que en la ciudad y sus cercanías no tengo parientes con los que pueda interactuar. Además, el 17 de abril, en la etapa más dura de la cuarentena, en donde menos flexibilización había, cumplí 50 años de edad los cuales iba a festejar a lo grande en Chile junto con mi familia, pues mi padre, en un gran esfuerzo, había logrado comprarme el pasaje para pasar al menos un mes con ellos –tengo cinco años sin ver a mis padres y otros familiares– así que, digamos que ese día me cobré y me di el vuelto.

El primer mes fue bastante duro debido a todas esas circunstancias que no podía controlar. Además, me rompí una muela, me torcí el tobillo, se me filtró una pared, y cualquier proyecto de trabajo que tenía para el momento se suspendió: ¡Pandemia, sorpréndeme! Sin embargo, no es la idea victimizarse, hubo peores historias que ocurrieron y siguen ocurriendo en términos diarios a mucha gente.

La Pandemia que no termina cuando termina

Aun así, la solidaridad del pueblo de Venezuela es una vaina muy arrecha, siempre está latente. Esta cualidad la encontré en los amigos, vecinos y cualquier otra persona con la que pude interactuar, ya sea por redes sociales, vía telefónica, etc. Aunque resulte difícil vivir en Venezuela para una persona sin familia, el pueblo de este país jamás te hará sentir solo y si te ven en la mierda, te lanzarán no solo una cuerda sino varias, e incluso se meterán en la mierda contigo hasta sacarte. Es la gran diferencia que existe en relación con otros países, y una gran ventaja que ayuda mucho a salir de las dificultades a las que hemos sido sometidos durante tantos años.

Tres meses después, al momento de escribir estas líneas, pareciera que ese infierno llamado COVID-19, si bien se está desarrollando en nuestras fronteras, no ha podido penetrar con la fuerza y destrucción que la mayoría de los enemigos del país quisieran, incluyendo a sus aliados internos. Creo que ese tiempo en el que la mayoría de la población siguió lo ordenado por el Gobierno, en especial durante el primer mes y medio, ha sido fundamental para que mantengamos hasta el día de hoy a raya al bendito “coronaverga” ese. Tres meses después siento que lo vivido ha sido una experiencia más, otra coñaza que hemos aguantado tragando fuerte y con la frente en alto. Ponerme a enumerar las cosas que hice y sentí durante este tiempo, no tiene sentido, pues situaciones similares han pasado y quizá de peor manera hacia finales de los años 90, principios de la década del 2000 y, en mayor o menor medida, durante los últimos siete años. Quiero decir, la crisis política, económica y social que ha transversalizado nuestras vidas es nuestro virus endógeno, y hemos aprendido a vivir con eso, para mal, como para bien. Quizá es por este motivo que en Venezuela ya nada nos puede sorprender.

MAURICIO SÁNCHEZ / CIUDAD CCS