PERFIL | Despertamos y el Apartheid sigue aquí

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Ojalá pudiésemos hablar del Apartheid como algo que la humanidad dejó para siempre en un pasado oprobioso.

Pero no, no nos engañemos. Tal vez no exista ya un régimen tan declaradamente segregacionista, pero los hechos que ocurren en el blanco norte evidencian que aún la Sudáfrica pre-Mandela tiene muchas réplicas activas. Parafraseando el microcuento de Augusto Monterroso, cuando despertamos, el Apartheid sigue aquí.

La única diferencia con un Estados Unidos dirigido por supremacistas blancos, o con la Europa que deja morir a los migrantes africanos para que no osen pisar sus territorios, es que en el país del Apartheid la discriminación racial estaba institucionalizada, establecida en las leyes, normalizada. En las muy democráticas y avanzadas naciones actuales, se supone que -muy por el contrario- todos los ciudadanos son iguales y segregarlos por cualquier motivo es un delito. ¿Qué es peor?, resulta entonces una pregunta para el debate.

El Apartheid mismo no fue siempre igual. Un estudioso de este fenómeno histórico, Gerardo Denegri, coordinador del Departamento de Historia del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, explica que “el poder y la política racial se van transformando y adaptando a los cambios históricos, asegurándose a lo largo de las diferentes etapas mantener sometida, en un régimen de explotación económica y social, a la gran mayoría de la población. En Sudáfrica, Namibia y Zimbabue (entonces Rodesia) fue ajustándose desde tiempos coloniales, luego durante la dominación imperialista europea y después, cuando ya eran repúblicas independientes.

“Este proceso histórico no puede ser entendido sin tener en cuenta la lógica del desarrollo capitalista y el papel que desempeñó el imperialismo en las continuas reestructuraciones que el Apartheid sufrió”, dice Denegri, en su trabajo Sudáfrica: su difícil camino hacia la Libertad.

Al estudiar la historia sudafricana se observa que, desde que llegó a esas tierras (en el siglo XVII) el holandés Jan Van Riebeck, comenzó a gestarse la aberración que luego sería el Apartheid, mediante el desplazamiento de las etnias originarias del extremo sur de África.

Riebeck y los grupos que se fueron apoderando de más y más territorios no eran los típicos colonos. Eran empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales. Su función allí era producir alimento (ganado y productos vegetales) para las embarcaciones que cruzaban por el cabo de Buena Esperanza desde Europa hacia el Asia o viceversa, pues faltaban siglos para que se construyera el canal de Suez. Los holandeses que se apropiaron de esta región se hicieron llamar de diversas formas, entre ellas bóers y afrikáners.

Ya en el siglo XIX llegan los británicos y entran en conflicto con los bóers por el control de los negocios y el uso o no de mano de obra esclava. Durante años se pelearon estos europeos blancos entre sí dando lugar al Gran Trek (la Gran Marcha), que implicó un mayor desplazamiento tierra adentro de las etnias negras hacia reductos cada vez más pequeños, pese a ser aplastante mayoría.

Le guerra entre los dos bandos colonialistas estalló cuando se descubrieron enormes reservas de oro y diamantes, hacia 1867. Gran Bretaña se lanzó con todo a convertir a la rica región en su posesión y terminó aplastando a los bóers. Fueron los ingleses los que sentaron las bases para la construcción de un Estado “moderno”, aunque de entrada exclusivo para la población blanca.

En los enclaves mineros, desde finales del siglo XIX, ya se habían establecido las barreras entre etnias. Zonas exclusivas para blancos en las que los negros solo podían entrar con permisos especiales a realizar labores pesadas y de servidumbre. En el nuevo Estado, todo se fue convirtiendo en reglas escritas.

Citemos de nuevo el trabajo de Denegri: “A partir de 1910, la legislación segregacionista se fue extendiendo. (…) La Native Land Act, de 1913, destinó 7% del territorio nacional para los negros, que albergaban 75% de la población del país. El 90% restante de las tierras fueron entregadas a los blancos, que representaban el 10% de la población. En las superpobladas reservas negras –llamadas bantustanes– predominó la agricultura de subsistencia, mientras que los blancos explotaban la tierra con procedimientos intensivos. (…) La Native Urban Act, de 1923, limitó drásticamente la posibilidad de que los negros se instalaran en ciudades consideradas como reductos blancos”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, aprovechando que las superpotencias emergentes de ella (EEUU y Unión Soviética) tenían su guerra fría concentrada en el sur de Asia, la élite blanca hizo y deshizo, instaurando una batería de leyes para restringir o negar derechos a la inmensa mayoría de los negros en los más diversos campos: política, economía, salud, educación, deportes, cultura, recreación, turismo.

El mundo toleró estas atrocidades por años y años hasta que ya no fue más posible porque África se había descolonizado casi en su totalidad y sociedades racistas, como EEUU, habían tenido que ablandarse. La lista de resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas condenando el Apartheid abarca alrededor de 30 años hasta que la presión surtió efecto.

Fue ya en los años 90 cuando se logró la liberación de Nelson Mandela y la realización de elecciones multirraciales en las que él resultó elegido presidente. Comenzó allí un complejo proceso de reunificación y reconciliación nacional que todavía está en marcha. Dejó Sudáfrica de ser el peor de los ejemplos posibles de racismo. Tristemente, eso no significa que las pretensiones supremacistas hayan desaparecido. Siguen aquí.

Derrota de EEUU

La camarilla blanca, al verse obligada a negociar su salida del poder, no fue la única derrotada con el desmontaje del Apartheid. Estados Unidos –¿cuándo no?– había sido, a partir de 1975, un apoyo claro, aunque más o menos camuflado, del régimen opresor.

Tras salir con las tablas en la cabeza de Vietnam, los estrategas estadounidenses, encabezados por el siniestro Henry Kissinger, empezaron a aplicar en Angola el nuevo modelo consistente en no llevar tropas a pelear, sino contratar mercenarios. En ese contexto regional, la Sudáfrica racista era un buen aliado, según el académico ugandés Mahmood Mamdani.

Siempre poniéndole nombres edulcorados a sus políticas criminales, Washington estableció con los segregacionistas un “Compromiso constructivo”, que no hizo más que darle un poco de oxígeno al Apartheid. Esa vía contemplaba concesiones y reformas superficiales que fueron rechazadas por la población, dispuesta ya a llegar hasta el final, especialmente luego de que la dictadura blanca perpetrara varias masacres, masivas detenciones y todo género de violaciones a los derechos humanos.

Un dato: EEUU mantuvo a Nelson Mandela, el gran líder negro sudafricano, en su perversa lista de terroristas hasta 14 años después de su elección como presidente. Con la desfachatez típica del imperio, lo quitaron de ella como un regalo cuando cumplió 90 años, en junio de 2008.

Clodovaldo Hernández