CONVIVIR PARA VIVIR | Miedos de cuarentena

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En la calle cada quien es un enemigo. Fotos Jacobo Méndez / Alejandro Angulo

Al comienzo creí que era una guerra bacteriológica entre China y Estados Unidos. O al revés. Leí con detenimiento la historia de Wuhán y me espeluqué. La populosa ciudad china se convirtió en el primer paso a ser un infierno y su impacto psicológico llegó pausadamente hasta nosotros. Estamos recluidos en una cárcel no tan imaginaria. Los miedos, las frustraciones y las esperanzas se nos han amontonado en un ovillo y en un solo sentimiento.

Una cosa llamada “nueva normalidad” (como si existieran otros tipos de normalidad) comparte con nosotros “la gloria de estar solos”.

Aunque no sabemos si ella puede ser similar o peor a la anterior, cerramos la puerta que da a la calle y optamos por un retiro que poco tiene de voluntario. Nos limitamos nada más que a obedecer.

A medida que el virus se ha ido extendiendo, un proceso de adaptación a situaciones adversas nos inicia en el cuestionamiento. Las noticias falsas nos acosan y nos perturban, y hasta nos hacen olvidar el nombre de los días de la semana. La gente se saluda con el codo y el humilde apretón de manos ya no está. Con lo de lavarse las manos todos recuerdan a Pilatos y uno que otro osa afirmar que solo los políticos podrán salvarse, no porque de ellos será el reino de los cielos, sino porque se lavan las manos igual que el de Judea.

Resulta que estábamos mejor cuando creíamos que estábamos peor.

No es frecuente que la amenaza de una enfermedad ocupe tanto tiempo en el pensamiento de las personas. El tiempo es lento para algunos y para otros pasa demasiado rápido. En ambos, sin embargo, es un período de guerra o de postguerra. En la calle cada quien es un enemigo que evitamos o de quien nos distanciamos metro y medio. Los programas de radio y televisión parecen ametralladoras y el Gobierno recuerda las cifras de los caídos comunitarios o importados. Las redes sociales, llenas de mercenarios, nos inundan de falsas verdades.

Mapas de sobreinformación nos acosan con historias y nos saturan de pánico y ansiedad. El temor al contagio nos hace más conformistas, acrecienta nuestros individualismos y nos devuelve a lo más primitivo de nosotros. Nuestros juicios morales se tornan conservadores y temas como la inmigración, la violencia doméstica y la vida de los ancianos se tocan con insensibilidad.

Con el virus tiembla el andamiaje de la civilización.

Resulta que estábamos mejor cuando creíamos que estábamos peor. Porque estar enfermo es un costo que hoy ya no estamos en capacidad de asumir. El andamiaje de la civilización tiembla como un castillo de naipes. La presión de los sectores empresariales es dura, pesada e insistente. Los organismos internacionales no existen y el autoritarismo campea por el mundo. Para la oposición el covid-19 es una gripe.

El coronavirus nos ha vuelto menos rebeldes. Hemos asumido pacíficamente la corrupción en todas sus vertientes. Desde el mal uso de los dineros públicos al más asqueroso de los bachaqueos. Los líderes y los gobernantes han entrado en pánico y sus códigos de ética han perdido volumen. El tele trabajo burla todas las reglas del trabajo social y es un camino verde al desempleo. Y lo peor es que en condiciones de reclusión son muy pocas las posibilidades de transformar la sociedad.

ISAÍAS RODRÍGUEZ