PERFIL | José Gregorio Hernández en el tiempo de Dios

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A veces, la justicia divina tarda siglos, sobre todo cuando es ejercida por humanos. Veamos un caso referido a las cortes celestiales: desde los tiempos cuando aún vivía y ejercía la medicina en Caracas, el pueblo supo que José Gregorio Hernández era un santo. Pero fue 101 años después de su trágica despedida cuando finalmente la jerarquía de la Iglesia católica lo ha reconocido como beato.

El tiempo de Dios es perfecto, pero el tiempo de los que se han arrogado su representación deja bastante que desear.

Su abnegación en vida terrenal, como “el Médico de los pobres”, no es el único argumento a su favor. Una vez que fallece, en el tristemente célebre arrollamiento de la esquina de Amadores, en La Pastora, comenzó a tejerse su historia de persona santificada que presta su ayuda desde el otro mundo. Fue un fenómeno espontáneo, iniciado probablemente por quienes habían sido sus pacientes y siguieron acudiendo a él, aunque ya no estaba de cuerpo presente. Se hizo fuerte el rumor de que aquel trujillano elegante y austero seguía salvando vidas, pese a que la suya propia había llegado a tan desgraciado final.

Empezaron a pasar los años y el archivo de casos en los que el doctor Hernández había interpuesto sus buenos oficios no hacía sino aumentar. No es que hiciera un milagro tras otro. En la mayoría de los casos se trataba solo de ayudar a la gente a salir de una enfermedad rebelde o de ser “llevado con bien” en algún trance de salud.

En lo que a milagros propiamente dichos (entendidos como hechos sin explicación racional conocida) también se le han atribuido montones, pero ya es bien sabido que las autoridades eclesiásticas no se conforman con los testimonios de pacientes o sus familiares, sino que exigen todo tipo de pruebas científicas… Bueno, no en todos los casos, pero ese no es asunto de nuestra laica incumbencia

En fin que, sin el visto bueno pontificio, el culto a José Gregorio había adquirido tales dimensiones a mediados del siglo XX que los obispos consideraron conveniente canalizarlo hacia la santidad oficial. De lo contrario, se les iba a convertir en un ídolo pagano. Esto se hizo muy a pesar de que el médico tenía importantes detractores en la estructura religiosa. No vale la pena mencionarlos, pero digamos que eran curas de cierto rango que le habían anotado algunos deméritos, entre ellos el haber intentado fallidamente ser sacerdote.

Los adversarios internos, según los conocedores, fueron elementos clave para que José Gregorio haya tardado alrededor de 70 años en llegar a beato, luego de una empinada cuesta en la que pasó por los niveles previos de siervo de Dios y Venerable.

En ese tiempo, según los “santólogos”, alrededor de seis mil seres humanos dejaron en el camino al nativo de Isnotú. En ese lote hubo tres venezolanas: la madre María de San José, la madre Candelaria de San José y la madre Carmen Elena Rendiles, todas ellas monjas; todas ellas fallecidas mucho tiempo después que José Gregorio; todas ellas (Dios nos perdone) desconocidas para la mayoría de los fieles católicos de esta tierra.

Quienes conocen los procedimientos de la Congregación para la Causa de los Santos, el organismo vaticano que decide quién merece y quién no ser elevado a los altares, coinciden en que para los seglares el camino es más complicado que para los que pertenecen a órdenes religiosas. Acá quedó demostrado.

Los críticos de esa entidad seleccionadora de los virtuosos añaden que, como sucede con todo trámite burocrático, los más influyentes siempre tienen boleto preferencial, una puerta oculta para no hacer cola, una palanca, pues. De hecho, algunas grandes figuras del catolicismo, como monseñor José María Escrivá de Balaguer (fundador del Opus Dei) y el papa Juan Pablo II, tuvieron beatificaciones exprés, poco les faltó para ascender al cielo en cuerpo y alma, como María purísima.

En todo caso, la lenta ruta a la santidad oficial de José Gregorio contrasta con su rápido e irreversible ascenso a la santidad popular. Ya en los años 50 y 60, su tumba era el lugar más concurrido del Cementerio General del Sur, un auténtico sitio de peregrinación en el que los devotos iban a poner velones y placas con testimonios, orar y hasta recoger el agua de los floreros para beberla o mojar con ella a los enfermos.

A las autoridades episcopales no les gustaba nada ese tipo de manifestaciones espontáneas, mucho más expresivas que las recibidas por la mayoría de los santos oficiales. Así que resolvieron exhumar los restos y darles una nueva sepultura en una iglesia de Caracas. Escogieron la de Candelaria, lugar donde permanecen.

Ese cambio de locación no fue suficiente para impedir que el fervor no adscrito a los cánones romanos creciera a un ritmo vertiginoso. La figura de traje oscuro y sombrero fue consagrada por religiones enraizadas con lo autóctono, como la de María Lionza, en la que el ahora beato hace parte de la Corte Médica.

La fe en el doctor venezolano también ha llegado lejos. En Colombia tiene una amplia hueste de devotos y en Uruguay existe una iglesia con su nombre, a la que la jerarquía considera una secta.

El compartir altares con el Negro Felipe, el Libertador Simón Bolívar y hasta con los integrantes de la Corte Malandra fue (insisten los santólogos) uno de los mayores obstáculos que tuvo para que le dieran el pase al espacio reservado a los beatos católicos.

Ahora, como San Benito, Santa Bárbara y tantos otros santos que pertenecen al sincretismo religioso, José Gregorio está por igual en los lugares sagrados de la iglesia romana y los de otros credos. Eso está muy bien porque es “el Médico de los pobres” y los pobres, como el mismo Dios, están en todas partes.
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La ciencia también lo reclama

La fe católica ha reivindicado a José Gregorio Hernández y tiene derecho a hacerlo (incluso, el deber) porque él fue católico y hasta quiso ser monje cartujo. Las otras religiones que lo han elevado a sus retablos también lo consideran su patrimonio.

Al margen de las creencias, a este hombre también lo reclama como suyo la ciencia a la que perteneció, la Medicina, en la que –por cierto– no fue uno del montón, sino una figura central en la historia nacional, pionero en campos como la bacteriología, la histología y la anatomía.

No por casualidad, su nombre ha sido asignado a una de las escuelas de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela y a varios hospitales del país.

Los médicos han tenido también sus problemas debido al heterodoxo culto del que es objeto su legendario colega. Han entrado en escena los iluminados, curanderos y pseudomédicos que recetan, dan tratamientos y hasta practican operaciones simuladas, bajo la guía del Venerable. Muchos pacientes de estas personas aseguran que así han obtenido la curación que la Medicina “normal” no les había dado.

Otros doctores han tenido que aprender a lidiar con algo difícil de digerir: tienen un gran éxito en una operación y, cuando van a hablar con el paciente, éste les dice que el mérito fue de José Gregorio Hernández. “Yo lo vi, doctor, estaba detrás de usted”, juran.

Clodovaldo Hernández