Punto de quiebre: Maltratos y preferencias, coctel letal con drogas

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Luis Rafael estaba en su cuarto llorando porque no lo habían dejado salir. Desde su encierro podía escuchar los gritos y la algarabía en la calle, entre los gritos podía distinguir los de su primo Alexander, que era de su misma edad y a quien sí habían dejado salir, porque, a decir de su tía, él sí iba bien en los exámenes. Eso le dolía más, sobre todo después que su primo le soltó aquella amenaza: “Te voy a quitar la novia, voy a hacer que ella me quiera a mí”. Desde ese día comenzó a ver fantasmas y en una ocasión incluso le cayó a golpes a su primo, a pesar de que Marilyn siempre le decía que se estuviera quieto que ella ni siquiera volteaba a mirarlo porque le daba asco.

Siempre antes de poder tener derecho a salir a jugar un rato con sus amigos debía limpiar el baño, el cuarto, la sala y uno que otro mandado u oficio. No es que estuviera mal, sino que los deberes no eran equitativos y su tía Reina María jamás le ponía ninguna condición a su hijo para poder salir.

Luis Rafael vivía con su tía Reina y su primo Alexander desde hacía diez años, cuando fallecieron sus padres en un accidente. En ese entonces él tan solo tenía seis años. Desde ese día se acabaron los cumpleaños (por lo menos los de él), Niño Jesús, Día de Reyes.

Pero él no pedía nada. Bastante hace mi tía con mantenerme y educarme, solía decir. Una vez le contó a Marilyn cómo lo trataban en casa de su tía y la muchacha se molestó y le dijo que ya la época de Blancanieves había pasado.

Al cumplir los 18 años de edad entró en la santería y desde entonces conoció a otro tipo de gente y se inició en el mundo de las fiestas y las amanecidas. Su primo Alexander quiso meterse, pero no se lo permitieron, además de que su tía no estuvo de acuerdo. Pero Luis Rafael también conoció el mundo de las mujeres y de las drogas. El problema es que no tenía plata para comprar la droga, por lo que comenzó a cometer robos menores tanto en el barrio como en su casa.

Macabro hallazgo

Aunque era media mañana, recién acababa de salir el nuevo sol, aunque un poco timidón, y ya comenzaban a llegar los primeros policías a la zona. Un agradable olor a hierba húmeda lo impregnaba todo. Algunos curiosos se habían acercado al lugar y miraban desde cierta distancia el trabajo de los uniformados que apenas comenzaba.

Horas antes, un campesino que pasaba por el lugar para ir a limpiar un terreno se había topado con el cadáver por pura casualidad, cuando se introdujo entre los matorrales que están del lado derecho de la carretera vieja que conduce hasta la población de San Diego de Los Altos, en Miranda, con intenciones de orinar. Observó que había algo envuelto en una sábana blanca y cuando se acercó a husmear casi se muere del mal olor y de la impresión al percatarse que por uno de los lados sobresalía un pie humano. Temblando, salió a la carretera e intentó detener a los autos que pasaban por el lugar, pero como no tuvo suerte decidió bajar de nuevo para avisarles a los efectivos de la Guardia Nacional que están apostados en el destacamento frente al embalse de La Mariposa.

El rocío de la noche había mojado los árboles y la frescura contrastaba con la escena que se mostraba semioculta entre los arbustos. Dos de los policías se arremangaron la camisa e iniciaron la labor de desenvolver y comenzaron a examinar cuidadosamente el cadáver. Se trataba de una mujer que debía tener entre 40 y 50 años. El cuerpo rígido presentaba varios surcos y ya había perdido el color. Una de las heridas la había recibido en la cabeza.

Uno de los agentes iba describiendo una a una todas las heridas que apreciaba mientras otro anotaba en una libreta. Uno de los que estaba agachado sacó una almohadilla impregnada de tinta y comenzó a tomarle las impresiones decadactilares a cada uno de los 10 dedos de la mujer. Otros dos se encargaban de revisar la vestimenta agujereada y luego la metieron en unas bolsas plásticas. El resto husmeaba por los alrededores en busca de alguna evidencia. “No hay nada, este fue el sitio de liberación”, dijo uno.

Finalizado el trabajo de levantamiento del cadáver y fijación del sitio del suceso, solo restaba esperar por la llegada de la furgoneta que trasladaría el cuerpo sin vida de la infortunada hasta la Medicatura Forense de Bello Monte. Era raro que no hubiera llegado, porque mayormente llegan temprano cuando se trata de recoger cuerpos en zonas rurales.

Los demás muertos pueden esperar.

En la espera estaban cuando un muchacho llegó corriendo hasta los policías y les dijo que un poco más allá había otro cadáver. Todos los policías se dirigieron al sitio y corroboraron que, en efecto, había otro cuerpo envuelto también en sábanas blancas. Podía tratarse de una casualidad y que ambos cuerpos no guardaran ninguna relación entre sí, pero eso solo lo diría la investigación.

Esta vez se trataba de un hombre, mucho menor que la mujer, pero tasajeado también. El cadáver no había sido dejado en la orilla de la carretera, sino que había sido arrojado por un barranquito. Estaba desnudo y tenía las piernas amarradas con unos pantalones.

Otra vez el mismo procedimiento: desenvolver el cadáver, tomarle fotografías, fijar el sitio, quitarle la ropa, realizar una revisión minuciosa de las heridas, anotar todo, revisar los alrededores, tomarle las impresiones decadactilares y meter todo lo hallado en bolsas plásticas. “Pudiéramos estar ante dos casos diferentes, ya que entre un cuerpo y el otro hay unos 100 metros, pero hay elementos que coinciden, como las heridas producidas por un arma blanca y la forma como fueron envueltos en sábanas”, comentó una de las detectives.

Los curiosos, en su mayoría trabajadores del lugar, fueron interrogados, pero todos coincidieron en que ninguno de los dos infortunados era de por allí y nadie vio ni escuchó nada. No había muchas casas cerca, por lo que era impensable la posibilidad de algún testigo.

Días después el director del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas anunció que ambos crímenes guardaban relación y que había tres personas detenidas.

Se logró la identidad de los fallecidos. La mujer resultó ser Reina María y el hombre, su hijo Alexander. Se determinó que ambos habían sido asesinados en su casa y habrían sido arrastrados y trasladados a otro sitio por sus victimarios para desorientar las investigaciones policiales. El arma homicida fue uno de los cuchillos de la casa.

El homicida fue Luis Rafael, de 19 años de edad, quien confesó haber cometido el crimen porque sus familiares asesinados “lo maltrataban”; pero además también fueron detenidos el dueño del auto donde los llevaron a La Mariposa y otro joven que fungió como cooperador. Los tres se conocieron en la santería.

Ciudad CCS / Wilmer Poleo Zerpa