La columna en camionetica

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Antes de escribir esta columna decidí que era necesario hacer un viaje del tamaño de mis posibilidades pandémicas. Léase: juntar y contar 20 billetes de 500 bolívares, que es el valor temporal y accidental del pasaje, ir a la parada y subirme a una camionetica con algún asiento libre junto a la ventana.

Cuando los expertos hablan de esa Caracas viva, en movimiento, pienso en mi referente: una camionetica con salsa erótica surcando el elevado de la avenida Andrés Bello.

El puesto en la ventana permite pensar más detenidamente y dejar de ser, durante el trayecto, ese caraqueño de reacciones rápidas que apura el paso cuando ve que una moto y una camionetota blindada se disputan la oportunidad de comerse el semáforo para llevárselo por el medio.

Mientras uno viaja en ese pequeño país dictatorial y trashumante que es una camionetica, se escapa un poco de Caracas para poder verla de reojo, sin que lo note, desde esa realidad ambarina del papel ahumado. Sólo en esa suerte de cápsula Encava uno puede sentir la ciudad de otra manera, sin dejar de ser parte de ella.

El paso de las imágenes que desfilan ante nuestros ojos no cesa. Sentados allí, sabemos que no podremos bajarnos a “intervenir” esa realidad que se desarrolla sin nosotros, esa Caracas que nos invita a ver el desorden como una serie de movimientos acompasados, dispuestos para que los percibamos sin que nos toquen tan cerca.

Los escapes que permite el transporte público son finitos y dependen de la buena voluntad del conductor y de las nuevas rutas que traza para cobrar mayor cantidad de pasajes por menos kilómetros recorridos. En esta fórmula siempre gana la especulación.

Estar allí, en ese estado de sitio consensuado, es aceptar que el colector fije la tarifa según el estado anímico del dueño de la línea: cada día es una oportunidad para mantener el equilibrio mientras cuenta un número mayor de billetes, bajo la presión del cobrador.

Toda esta descripción, más allá de ser una forma anecdótica de hablar sobre una de tantas maneras de alejarnos un poco de nuestra cotidianidad para verla más de cerca, es un intento de explicación de la dirección y el trayecto de esta columna que comienza su primer viaje por Caracas hoy.

A veces estaremos en el estribo, con el viento en la cara y esa cierta atracción por desafiar al vacío; otras habrá que “correrse para atrás porque hay puesto”, aunque el único lugar disponible sea el espacio entre un codo, una bolsa de mercado y dos niños; otras habrá tiempo para pensar mientras se ocupa el puesto de la ventana y otras el viaje será un trámite tedioso para llegar rápido a casa.

Finalmente, ya lo sabe: “todo niño mayor de cuatro años, paga su pasaje”.

Nathali Gómez