Colombia: Vida o barbarie narcoparamilitar (I)

0

Es clara, pública y notoria la estrategia del imperialismo estadounidense de usar fuerzas regulares e irregulares colombianas para lograr su objetivo de imponer un Gobierno títere en Venezuela. Ha desarrollado un conjunto de planes con resultados fallidos. La acción más reciente fue la llegada de 800 marines a Colombia, bajo la excusa de la “lucha contra el narcotráfico”.

La respuesta del Estado y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana desde Venezuela ha sido contundente. Sin embargo, es palpable la necesidad de coordinar más acciones efectivas desde la Geopolítica de Paz, propuesta por el presidente Nicolás Maduro en sus Siete Líneas Estratégicas de Acción para el Desarrollo del Plan de la Patria en 2020.

La situación se torna verdaderamente compleja al considerar que el Estado colombiano ha sido tomado por fuerzas narcoparamilitares. Lo han convertido en un Estado Fallido al servicio directo de su principal actividad económica, la producción de cocaína.

Esto es de importancia estratégica para EEUU, que controla, a través de la DEA y sus fuerzas militares, la distribución de drogas en el mundo. Se dificulta así, cada día más, el normal desarrollo de las relaciones binacionales entre Venezuela y Colombia.

Se impone entonces, articular desde la Diplomacia de los Pueblos, legado del Comandante Chávez, acciones dirigidas a obstaculizar la estrategia del enemigo, de generar una “guerra de perros”.

Necesario es impulsar un gran movimiento para abrir espacios de diálogo entre los pueblos, más allá de la institucionalidad y las fuerzas políticas de mayor trayectoria como los partidos políticos, las FARC o el ELN.

Se trata de un diálogo mucho más amplio, que incluya a las organizaciones de base del pueblo colombiano, como los movimientos de mujeres, víctimas de la guerra, indígenas, afrocolombianos, estudiantes universitarios y de secundaria, obreros, campesinos, trabajadores informales, culturales, deportivos y sexodiversos.  Se trata de llegar a la Colombia profunda.

Para que este diálogo entre pueblos sea fructífero, debemos crear las condiciones que lo faciliten. La primera, reconocer al otro y reconocernos en nuestra historia común.

Colombia y Venezuela, hermanas de un mismo padre, Bolívar, fueron separadas al nacer. Hay que derribar la desconfianza creada desde hace 200 años por los intereses mezquinos de las oligarquías.

Desmontar los discursos xenofóbicos desde ambos lados de la frontera no es tarea fácil. Pero tampoco constituye una tarea imposible, pues quienes ayer sembraron odio y desconfianza, hoy son aliados inseparables en métodos y fines. Basta con observar como la oligarquía colombiana ha tendido la mano a su aliada de clase venezolana.

Si las oligarquías que siempre han tenido mayor conciencia de clase pueden unirse, los pueblos elevando su nivel de conciencia y articulando los espacios para el diálogo necesario también lo harán posible. Nuestra  máxima debe ser: vida o  barbarie narcoparamilitar.

Anabel Díaz Aché