La solución rápida y la otra

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La conversa comenzó con la habitual comparación. El amigo y camarada tiene un problema con el servicio técnico de su nevera: el técnico le está haciendo trampas.

“Este mal trago me ha hecho pensar sobre cómo funcionan las relaciones con el consumidor en  Chile, donde están mi hijos. Allá, si tú compras una nevera, y a los tres días notas que no enfría tanto como deseas, puedes ir al vendedor a que te regrese el dinero o te la cambie, lo cual hace con tan solo pedírselo. Igual pasa con la indumentaria. Si compras unos zapatos y al llegar a casa los sientes incómodos, vas a la tienda y te los cambian o te devuelven el dinero”.

Sigue: “Mi hijo compró una TV con garantía por marca de un año y le ofrecieron una garantía adicional que dura tres años, ante cualquier falla. Pagas un extra y la garantía se extiende mucho más… años más… entonces, si se daña o no te funciona como quieres durante el tiempo extendido, te la arreglan, la reemplazan o te regresan el dinero”.

Y más: “Cuando comenzó la cuarentena, las empresas de telecomunicaciones se sobrecargaron y hubo muchos reclamos de los clientes. Les dieron un tiempo para mejorar el servicio y las que no cumplieron, las multaron y empezaron a ofrecer rebajas en las tarifas, meses gratis. Creo que aquí en Venezuela tenemos un gran reto: cómo concebimos la relación consumidor-comerciante en la sociedad que deseamos, y cómo lograr que esa relación se cumpla”.

Mi respuesta: la solución fácil e inmediata la tienen los escuálidos: pones de presidente a Leopoldo López, en un año hay 10 mil muertos y desaparecidos y esto comienza a funcionar como Chile, así todo armonioso y perfecto. Ahora, la solución difícil, lenta, profunda y estructural debe comenzar por este simple gesto: olvidarnos de que existe un tipo de gente llamada “consumidor”. El día que en cada cuadra de cada comuna haya técnicos de todas las cosas esenciales, se acabará ese cuento del comerciante «bueno» que nos hace el favor de robarnos decentemente. A nosotros, que deberíamos saber lo básico del funcionamiento de nuestros aparatos.

Por supuesto que la respuesta no dejó contento al compa: él necesita que su nevera funcione mañana, no esperar a que cambie el sistema.

Entre las urgencias del “para ya” y la rotunda decisión de cambiar el modo de funcionamiento de la sociedad, ese momento incómodo en que debemos lidiar con corruptos, estafadores y gente que se deja estafar para poder continuar con la vida o sobrevida.

Necesitamos al bachaquero y a la rata que trafica con dólares (y con comida, y con favores), y necesitamos ir instalando en la memoria colectiva el dato rebelde, el punto de partida que al final nos sacará de “esto”: en los países que hacen esfuerzos para que el capitalismo funcione, el bicho a veces parece que funciona. En Venezuela tenemos que abandonar esa fantasía de una buena vez. No quisiera ser ese tipo de gente cuyos comerciantes te tratan bonito, pero es un asco de sociedad sin más planes que portarse bien con Estados Unidos.

Yo prefiero la nevera jodida, el comerciante choro y la sociedad que nos fabricaron los gringos en proceso de demolición y colapso: abandonar el sueño estúpido de que el capitalismo va a mejorar y a funcionar bien en lugar de ayudarlo a destruirse (así parezca que nos destruimos con él).

José Roberto Duque