Punto de Quiebre | Llegó por las trochas de la muerte y se llevó la muerte a la casa

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Todavía me acuerdo de la señora Leticia, con su largo pelo lacio, como si india fuera. Su delantal azul claro que debía usar todos los días, pero no porque cocinera fuese, sino porque en la escuela se lo exigían a las tres señoras que se encargaban de la limpieza. Con gran destreza movía la mopa de un lado a otro a lo largo del pasillo, el cual siempre estaba reluciente y uno trataba de seguir con la vista sus movimientos y se le cansaba a uno la vista, pero a ella jamás se le cansaban los brazos, por lo menos no daba muestras de ello.

Uno llegaba todo cansado y sudado del patio y la veía allí, en un rincón, con su pelo amarrado con una colita y su sonrisa rutinaria, esperando que pasáramos a nuestros salones para limpiar nuestro reguero.

Desde que salí de la escuela no la vi nunca más y de verdad que extrañaba aquella dulce sonrisa cuando nos veía corretear, a pesar de que le estábamos ensuciando el piso que ella debía limpiar después. Hasta que unos diez años después la volví a ver en una de las callejuelas de la parroquia La Vega. Solo le faltaba el delantal azul claro. Llevaba el pelo de la misma manera de cuando la conocí años atrás e incluso la misma sonrisa, aunque cargaba un cuñete lleno de agua. Apenas me vio me reconoció, pese a que yo sí había cambiado y ya no tenía aquellas dos docenas de espinillas rosadas en mi cara. Nos dimos un abrazo y la ayudé a llevar el tobo hasta su casa y cuando llegamos me pidió que le hiciera un favor con la computadora porque tenía un problema con la página del Seguro Social. Fue allí cuando supe su nombre: Leticia Josefina González. Y de ahí no volví a saber de ella más nunca hasta que pasaron otros diez años y vi su nombre en un periódico comunal, en el que anunciaban su muerte.

En volandilla pa’ Colombia

Jaiker Coromoto tenía varios asuntos pendientes con la policía porque pertenecía a una banda de secuestradores que operaba en La Vega y no le paraba mucho, pero cuando sí se asustó fue cuando se metió en problemas con un tipo de la banda de El Coqui, máximo líder criminal de la Cota 905, porque se puso a enamorar a la muchacha equivocada. Sin pensarlo dos veces, reunió todos sus ahorros y se largó para Colombia. Los primeros meses las cosas marchaban bien, porque Jaiker tenía cómo aguantar algún tiempo sin necesidad de trabajar. Se la pasaba de bar en bar, comía en restaurantes y nunca le faltaba una mujer a su lado. Pero en plena cuarentena la plata que se llevó de Venezuela se le acabó, tuvo que vincularse con las bandas delincuenciales del vecino país para tratar de mantener el status de vida al que se había acostumbrado. Pero allá la cosa no estaba muy bien que se diga, por eso de la cuarentena y Jaiker estuvo largo tiempo del timbo al tambo.

Miedo en las afueras

Varias de las amistades que había hecho en Medellín ya habían muerto por el coronavirus y otras estaban hospitalizadas y aisladas en sus casas, muriéndose lentamente. Las mujeres que antes lo perseguían ahora huían de él. Una mañana amaneció durmiendo en una plaza y al despertar tomó la decisión: se regresaba para Venezuela. Tenía que salvar su vida. Ya varios paisanos le habían dicho que en Venezuela la cosa no estaba grave con respecto al coronavirus. Quince días después ya había logrado pasar al país, gracias a un conocido que lo ayudó a hacerlo por una de las trochas, y luego contactó a un gandolero para que lo sacara del estado Táchira, a cambio de su teléfono celular. No quiso someterse al protocolo de prevención por el coronavirus, porque decía que eso “era pura paja” y además temía que le fueran a descubrir las cuentas pendientes que había dejado con la justicia. El gandolero lo llevó hasta el estado Lara y de allí consiguió una cola en otra gandola hasta Caracas.

Retorno inesperado

¿Quiubo Jonaiker, cómo te portas? Tíoooooooo… ¿cuándo llegaste? Vengo llegando, papi… ¿cómo está tu mamá y tus hermanitos? En la casa… ¿y tú estabas preso, tío? ¿Qué es chico, de dónde sacas eso? No vale, estaba de viaje en Colombia, pero ya llegué y de aquí no me voy más… pero déjame terminar de llegar a la casa.

La calle no estaba vacía, como él se lo había imaginado. La cuarentena no había logrado acorralar a los vecinos del barrio. Un perro blanco terroso comenzó a ladrarle y él hizo como si fuera a lanzarle una piedra y lo ahuyentó. Qué vaina tan rara que este perro del carajo le esté gruñendo al Jaiker, porque ese perro sólo le gruñe a la muerte, la última vez que gruñó fue hace cosa de ocho meses cuando se murió la Rutila y cuando le gruñó nadie sabía todavía que la pobre tenía aquel cáncer que se la comió en quince días, dijo para sí Don Gerbasio, el dueño del perro.

Su mamá, con su típico pelo enrollado con una colita, estaba fregando unos corotos cuando lo vio venir y el plato se le cayó de la emoción. Todos saltaron de alegría, se besaron, rieron y él comenzó a contarles algunas de sus anécdotas vividas en el vecino país.

Una semana después Leticia cayó en cama y resultó positiva en la prueba del coronavirus. Cuando se la llevaron al hospital estaba morada. Eran tres hombres y dos mujeres que parecían astronautas. Gritaba que no le dejaran morir y se agarraba el pecho con fuerza como si quisiera arrancárselo. Nadie de la familia puede entrar ni salir de la casa. Deben permanecer aislados, dijo un efectivo de la Guardia Nacional. También se llevaron a Jaiker y a José María, el último marido de la hija mayor de Leticia, así como a Jonaiker, que también habían dado positivos, pero no estaban tal mal. Leticia aguantó una semana. Le sobrevino un paro respiratorio. José María sigue en estado grave. Jaiker intentó evadirse del hospital y fue esposado a la camilla. Todas las noches llora y dice que él no tuvo la culpa de lo que le pasó a su mamá, que él no sabía que estaba infectado. Nadie le hace caso. Esta tarde acudirán nuevamente a La Vega para realizar nuevas pruebas en el barrio.

Para tomar en cuenta

– Si estás en el vecino país y decides, por las razones que sean, regresar a Venezuela, debes someterte al protocolo implementado por las autoridades en las zonas fronterizas, pues la idea es que estés ciento por ciento seguro de que no estás infectado, pues la idea es que no vayas a contagiar a todos tus seres queridos.

– El protocolo debe ser cumplido al pie de la letra, tanto en la zona fronteriza como al llegar a Venezuela.

– Al llegar a tu ciudad de origen en Venezuela, debes respetar las medidas de prevención implementadas en toda la geografía nacional por el Gobierno.

– Así lo quieras mucho, no permitas que ningún pariente tuyo que venga del extranjero evada los protocolos de prevención implementados por el Gobierno Nacional. Recuerda que es tu vida la que está en juego.

– Si te enteras en tu barrio de alguien que haya llegado de Brasil o Colombia y no hubiera pasado por el protocolo de seguridad, por favor notifícalo de inmediato a las autoridades.

– Si llegaste del extranjero en los últimos días, especialmente de Colombia o Brasil, y comienzas a sentir fiebre, dolores de cabeza, malestar general y dificultad para respirar, por favor corre para que te vea un médico y notifícale de inmediato que recién llegaste del extranjero.

Ciudad Ccs/Wilmer Poleo Zerpa