ESTOYALMADO | Alma

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La primera vez que escuché la palabra alma tenía nueve años. Fue en un partido interbarrial de fútbol sala. El ‘entrenador’, un señor alto, con ceño fruncido, gritaba en pleno juego: “Jueguen con el alma, ¡carajo!”. No tenía idea a qué se refería con ‘alma’, pero intuía que nunca, nunca, podíamos rendirnos, aunque estuviésemos perdiendo por goleada, como siempre nos ocurría.

Ya de adulto aún tengo más dudas que certezas sobre el alma. Al parecer nadie sabe cómo está hecha, ni dónde está. El filósofo griego Heráclito la describió como una combinación de fuego y agua, mientras que del lado de otro colega y compatriota suyo, Epicuro, creían que era igual a los átomos que forman el cuerpo humano.

Francis Crick, uno de los científicos que descubrió la estructura del ADN, sospechaba que el alma podía ser parte de algunas neuronas, sin embargo, nunca pudo demostrarlo.

Tal vez en China tengan mejor suerte. Un grupo de científicos diseña un “escáner cerebral” para hallar el alma. Prometen que con ese aparato se verá clarito la parte más oculta de nuestras entrañas.

Mientras la ciencia sigue buscando, el poquitico conocimiento que compartimos algunos mortales comunes es que el alma es vital como el amor, el miedo o el aire que respiramos. Por eso siempre está en nuestro vocabulario: “esa vaina me llegó hasta el alma”; “¿Miarma qué te pasó (Zulia)?”; “le deseo en el alma”. Y así.

Si hay que identificar el alma con una imagen, muchos lo harían con un corazón. Más allá del puro sentimentalismo, la relaciono con nuestra fuerza interior: lo que realmente nos mueve y nos aleja a diario del pasotismo.

En la sociedad actual no es un detalle menor. Se trata de un tesoro inmaterial disputadísimo, aunque no nos demos cuenta. Los poderes fácticos siempre están a la caza del alma. Para dominarla, moldearla y, peor aún, erosionarla hasta que seamos mentes y cuerpos inertes, sin libertad, consciencia y espíritu de lucha; hasta que nos entreguemos y nos retiremos cabizbajos de la cancha, desprovistos de algún ápice de pundonor.

Para evitar eso, hay que nutrir, cuidar y educar el alma. Ejercitarla de forma permanente, donde quiera que estemos y por encima de las adversidades. Como venezolanos, por ejemplo, sintiendo el orgullo de celebrar este domingo los 209 años de la firma del Acta de Declaración de la Independencia, también de recordar al maestro universal de la guitarra, nuestro Alirio Díaz, fallecido el 5 de julio hace ya cuatro años.

Al hacerlo no recibiremos más bienes materiales, es cierto. Pero sí nos servirá de envión para afrontar con valía las batallas que se avecinan.  Será útil para “jugar con el alma”.

Manuel Palma