VITRINA DE NIMIEDADES | Opinar, ese acto íntimo

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Desde hoy haré por acá aquello que siempre evito cuando viajo en metro: opinar “en público”. El pánico escénico, el tedio de lidiar con quien no escucha y de provocar reacciones, digamos, inmanejables y desafortunadas, me han llevado en más de una ocasión a mutear mis puntos de vista. Los reservo para espacios laborales (de eso hablo otro día) y para esos encuentros donde, con café o cerveza, antes del chasco que nos echó el Covid-19, conversaba con personas con las que construyo un mundo mejor, que por norma muere cuando nos vamos a casa.

Ahora, si le hincamos el diente al tema, opinar es realmente un ejercicio más temerario de lo que parece. Cuando se expresa lo que uno cree, cuestiona o critica, se pone a prueba un recurso del que poco se habla, la tolerancia. ¿Qué tan preparados estamos para oír un “No estoy de acuerdo contigo”?

Ahí apelo a mi reserva emocional, porque mucho de eso se termina involucrando, todo depende de quiénes, cómo y cuándo reaccionen a lo que digo. Así que la lista de sentimientos es larga: me debato entre pensamientos como: “¡Qué pena! Cómo se me ocurre pensar eso”, “bueno, tampoco es para que se despeinen”, “no era para tanto”, “tenía que ser este pana”, “siempre me estrello cuando creo que me luzco” o “qué bueno que no soy la única que piensa así”.

Y si creen que no hay nada de emoción en eso, bueno, las redes sociales rebosan de testimonios al respecto. Peleas de teclado, usuarios bloqueados, memes, etiquetas acusadoras y el “premio” de estar en las tendencias están a la orden para probar que no es tan sencillo cumplir con la premisa. “Cada quien tiene derecho a decir lo que quiera”, especialmente si el algoritmo de esas plataformas también hace bullying.

La opinión también es retadora: impulsada desde la diversidad, se convierte en punto de encuentro, de (re)conocimiento del otro, de la difusión de causas que unen a miles. Por algo el periodismo ideológico, ese que hizo Simón Bolívar con el “Correo del Orinoco”, se desarrolló en tiempos de ruptura y cambio irrefrenable, aunque mucho después alguien soltó por ahí “Los hechos son sagrados, la opinión es libre” cuando la máquina a vapor cambió la cosa.

Eso sí, cuando nos olvidamos que decir lo que se piensa genera otros compromisos, entonces se nos ven las costuras. El acto de opinar implica también aceptar que tus ideas no gusten, exige el compromiso ético de evitar que la libre expresión sea la excusa o el vehículo para atizar el odio y la violencia.

En medio de ese berenjenal, vengo yo a lanzarme esta aventura, en la que usualmente abordaré cosas básicas y banales. Las pondré en vitrina a la espera de que quien lea se fije, aunque sea de reojo, en algo de lo que hay tras el cristal. Con la consciencia de saber que opinar es en cierto modo un acto íntimo: es desnudar la magnitud de mi tolerancia, mis creencias, debilidades, dudas y esperanzas.

Rosa E. Pellegrino / @relenapg