HORIZONTE DE SUCESOS | Somos un horizonte de sucesos

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En esta primera entrega es justo aclarar que en esta columna no se hablará de astronomía ni de fenómenos que ocurran más allá de nuestro planeta. Sin embargo, todo es posible si apelamos a la idea de que los eventos más lejanos y cercanos, los más grandes y los más pequeños, están regidos por las mismas leyes.

Según la relatividad general, un horizonte de sucesos u horizonte de eventos es la frontera del espacio-tiempo que marca los límites entre lo conocido y lo desconocido en el universo; su existencia es tan fascinante como misteriosa. Luego del colapso de una estrella se crea una región finita, pero con una densidad tan grande que de la fuerza de gravedad que ejerce nada puede escapar, ni siquiera la luz, y nadie hasta ahora sabe a dónde va a parar todo lo que entra en esa suerte de inodoro cósmico, también conocido como hoyo o agujero negro (no importa cómo lo diga, siempre evocará lo mismo).

La astrofísica sostiene que si el horizonte de sucesos demarca el límite exacto entre lo que pasa a ese “lugar” y lo que queda afuera, los eventos a un lado no pueden afectar a un observador situado al otro lado. Esto se puede representar de una forma sencilla: A puede no ser afectada por los eventos dentro de B, pero los eventos de B generalmente sí son afectados por los eventos de A. Podemos usar un ejemplo más terrenal, pero eso debería ser un ejercicio de reflexión individual. Lo único que no se debe perder de vista es que todo lo que sucede tiene un correlato en la vida cotidiana y aquí hay un dato importante.

También hay otras realidades que parecen ir comiendo flecha, o bien, que van en la dirección contraria a la astronómica. Si descomponemos el mundo materialmente nos damos cuenta de que todo está compuesto por elementos más pequeños. Tomemos como referente el cuerpo humano: más allá de lo que podemos ver en nuestra piel y lo que pueden captar los aparatos de medición existentes, sabemos que hay una realidad celular, molecular y atómica.

Ahora bien, por más remotos que parezcan estos fenómenos cósmicos —para presenciar uno tendríamos que viajar a 300 mil kilómetros por segundo por varios siglos—, resulta un asunto pequeño si tomamos en cuenta que todo esto de lo que estoy escribiendo acá entra en la dimensión de los pensamientos y del lenguaje. Por más lejanos que parezcan estos extremos, existe un punto de contacto y al parecer somos nosotros y la idea que las sostiene.

El pensamiento por sí solo es una zona tan compleja de entender como el universo; esto es obvio pero nunca está demás recordarlo. Nuestra comparación con un fenómeno cósmico no resulta tan descabellada si asumimos que todo está hecho de la misma sustancia, por eso fácilmente podemos conseguir las mismas formas tanto en las cosas más grandes como las más pequeñas.

Si aterrizamos en una realidad un poco más cercana, como la social, también notaremos que todo tiene la misma forma de nuestras ideas. Una manera de acceder al pensamiento humano también es posible si se interroga a los objetos que hace, los mitos que crea, la historia y el lenguaje con el que nombra la realidad que lo construye a sí mismo.

Heathcliff Cedeño