CARACAS EN ALTA | Las matas citadinas

Nathali Gómez

0

Una parte de quienes vivimos en apartamentos hemos acostumbrado la mirada a muros, ventanas y al vacío. Nos es familiar escuchar ruidos sin rostro: el televisor del vecino, el llanto de un bebé, la música de la casa de la esquina, el grito de un vendedor de “tres medias por un dólar” o las motos que trazan líneas imaginarias en la calle. La naturaleza, en su estado más puro, nos ha sido arrebatada aunque aún no entendamos muy bien qué significa esa separación.

Ese divorcio que alguien firmó por ti, te alejó tanto de tu semilla que desconfías cuando alguien te recomienda tomar un té de ramas para atender alguna dolencia, y piensas que es de gente atrasada eso de germinar unas caraotas en el balcón. No es tu culpa, pero es un distanciamiento que puede ser reversible, sin que esta columna sea una invitación a que lo dejes todo y te vayas al campo.

En esa cotidianidad de concreto y de metros cuadrados, los niños no entienden muy bien el énfasis que hacen los adultos en la tarea de echarle agua a las matas: esos seres vivos que comparten el espacio con ellos pero que no rompen su silencio.

Tampoco comprenden del todo por qué las abuelas son cazadoras de plantas por cualquier lugar, bien sea alargándose trabajosamente hasta la rama de un árbol en una acera, en busca de un espacio por donde quepa la mano del nieto a través de la reja de un jardín ajeno, o hurgando en la matera de una plaza.

La relación infantil con esa naturaleza limitada que permite la ciudad es parecida a la que se tiene con los padres. Hay una entrega total dirigida a ti: las cayenas son para adornar tu cabello, la mata de mango deja que la caigas a pedradas para darte sus frutos y la grama es un buen lugar para hacer la vuelta canela. Simplemente está ahí, sin mayor explicación.

En la adolescencia, te pones la bata blanca en el laboratorio de Biología, conoces el proceso de fotosíntesis y tratas de imaginar cómo las plantas expulsan el oxígeno sin que te des cuenta. Al parecer, son mucho más complejas de lo que habías pensado, pero hay tantos descubrimientos y sensaciones desconocidas que tal vez no te detengas mucho en ellas.

Ya en la adultez, si naciste en una ciudad donde los árboles están confinados en los pequeños cuadrados que les permite la acera y donde los vegetales crecen en los mercados, te podría impresionar volver a ser esa mano que hace miles de años lanzó restos de alimentos a la tierra, para deshacerse de ellos, y que con el tiempo vio cómo iban surgiendo de la nada unos pequeños brotes verdes.

En esta etapa, bien sea por la crisis, por la necesidad de ver el lento crecimiento de algo, por curiosidad o por inventar ocupaciones, podrías dejar de percibir a las matas citadinas como unas extrañas que se empeñan en brotar donde nadie lo haría y ver en tu ventana una reproducción a escala del universo en movimiento.

Nathali Gómez