Convivir para vivir | Desde la salubridad del bar

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Este semiencierro (¿voluntario es sinónimo de obligatorio?) dictado por la cuarentena contra el coronavirus, ha venido a ratificar varias cosas de las que estuve convencido desde que en 1999 desmonté campamento en mi Catia querida para asentarme en Carrizal, región semejante al edén, con sus culebras pero sin manzanas.

¿Regresar pa’ Caracas? Ni de alcalde. Aunque pendiente de la familia: mi madre y su hermano; Luis Rodolfo (mi hijo mayor), su esposa y mi único nieto; mi hermana (la única hembra del combo) y mi gente del 23 de Enero y de Casalta. Más hermanos, uno en Miranda, otros en Margarita y uno en Florida. También hay en Lara, Falcón y Chile… Luis Carlos (el menor de mis hijos varones), captado por sus habilidades persigue un sueño en Buenos Aires. “No dejes de soñar, pero jamás te duermas, hijo”, le digo siempre.

El virus impide presencia para guiar las manitas de mi nieto Aquiles, quien con sus tres añitos ya no se sale de las rayas del borde cuando colorea. Estar allí no sería garantía de un buen trazo porque soy terrible dibujando, pero sí de un abrazo y un beso de abuelo que desde la distancia asimila el significado de estar casi chocho.

También están los amigos de verdad. Con ellos nos debemos un líquido extrainning pospandemia con pronósticos reservados… Amén.

Este día a día de aislamiento, que aflora temores y cuidados extremos (debido a la condición de hipertenso que compartimos con el 70% de la gente), proyecta un mañana incierto llamado (sin saber qué significa) “nueva normalidad”.

Paradójicamente (¿vainas del covid?) resulta sublime esta casa por cárcel enclavada entre bosques de pinos, yagrumo y otras especies. En bucólica simbiosis con la fauna local brindan verdor, oxígeno y esperanza, que ahora cobran mayor interés porque sin la mano del hombre (si llega está lavada o enguantada) apuntan a lo eterno, a salud, a calidad de vida… por supuesto, a la espera del fin de esta pesadilla virológica que por los momentos parece que pica y se extiende.

Al tiempo, políticos de todos lados juegan a no ser políticos. Estérilmente pretenden convertir en noticia de protección lo que ha sido su práctica milenaria: lávate bien las manos.

¿La nueva normalidad apunta a la negación de la evidencia?: se lee y oye tanto acerca del microscópico enemigo. Invasión de fakenews y mensajes que no aportan para el sosiego.

“La OMS con sus teorías comunistas nos engaña”, los unos. “Es una guerra bacteriológica entre chinos y gringos”, los otros…

Solo la ciencia, con “una ayudaíta” de José Gregorio y María Lionza, podrá iluminar a la medicina no obstante la proliferación de médicos chimbos.

El virus le quitó la careta y el tapaboca al racismo gringo, a invasiones fallidas, bloqueos y robo de riquezas nacionales y atentados contra la autodeterminación: así la ruta no agrade a muchos, corresponde asumir y proponer correctivos desde adentro. Nada de manos extranjeras.

Algo parecido sucede, desde antes de la pandemia, con el Premio Nacional de Periodismo (felicitaciones al pana Marlon Zambrano más que merecido. Gracias por tus crónicas mágicas. Un abrazo a los otros colegas ganadores). No obstante, surgen preguntas al jurado: ¿por qué no se tratan la vista con un traumatólogo, o el oído con un odontólogo?…

Se les ofrece un viaje gratis al destino que elijan pero con un detallito: el avión lo conduce un periodista. Ni de vaina lo abordan porque el tipo no es piloto. Entonces ¿por qué le dan premio de periodismo a carajos no periodistas? Si ustedes creen que se lo merecen, con la libertad que se han adjudicado y en nombre del covid y sus efectos colaterales, cambien la denominación al sagrado galardón… Basta de infravalorarnos.

La convivencia en el periodismo se fragmentó en opiniones y blablablá en redes sociales por el caso de Walter Martínez. Nada concreto resultó, salvo su alejamiento ¿definitivo? de la pantalla chica. ¿Y?

La tecnología, cuando hay conexión, establece contactos sin contacto, signo de un modernismo antivirus que permite intercambiar tequieros y plegarias con la gente que se extraña. Así, on line, Luisana (mi hija menor) sigue su carrera universitaria y creó Luboxes, su marca de emprendimiento… Esas cosas que uno veía en Dick Tracy en los años 70 y creía que los muñequitos estaban chiflados porque hablaban a través de la pantalla de un reloj. Pobre McLuhan: su aldea global no abarca tanto.

Ah, se reivindicó el tele trabajo. (Qué dirán l@s exjef@s –ya no están– que rebosaban de placer al amonestar a quien llegara tarde a sus caprichos como si el periodismo se tratara de una fábrica de chorizos que produce noticias por horas). Ocurrencias de esta pandemia que incluso impuso celebración de cumpleaños a distancia.

Claro que hace falta respirar otros aires y ver nuevos rostros, para darle rienda suelta al alma, más en este país donde mirar hacia cualquier lado es quedarse atrapado en tongoneos y voluptuosidades que alimentan la creatividad y a veces hacen perder la conciencia (quizás hasta los viáticos).

El confinamiento redujo a dos las comidas diarias, afinó instintos culinarios, una que otra práctica de percusión menor y revalorizó la colección de CD y DVD de salsa que rebasa las tres mil unidades, corroborado en un careo telefónico con Reinaldo Linares y mi tío Osneyder (melómanos por excelencia) en el que se repetía, como cuando uno coleccionaba cromos deportivos, “lo tengo, lo tengo, lo tengo”…

Suficientes elementos para afirmar desde la salubridad de mi bar en compañía de mi confidente Nevado, que a pesar del virus, sus restricciones y los incomprensibles desafíos de quienes aún dudan de su existencia, siempre se puede convivir para vivir.

Ciudad Ccs/Luis Martín