PERFIL | Argelia Laya, la cacica negra

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Cuando era niña competía con Pedro, su hermano mayor, por el título de cacique, para lo cual se sometían a pruebas como saltar junto a la candela, encaramarse en matas, correr por la playa y tragar picante. Imaginemos la escena a finales de los años 30 o principios de los 40 en una zona cacaotera de Barlovento y pensemos en cómo algunas personas demuestran en sus primeros años lo que se proponen hacer en este mundo. Aquella niña era Argelia Laya.

Ahora, cuando se revisan los rasgos de su biografía, se puede comprobar que siempre fue una luchadora por la igualdad femenina, una guerrera capaz de superar los más exigentes desafíos, una auténtica cacica.

La determinación que evidenció desde su infancia resultó fundamental en su carrera de maestra, líder social, defensora de los derechos de la mujer y de los afrodescendientes, integrante de la guerrilla y dirigente política. De no haber tenido esa pasión difícilmente lo habría logrado, siendo mujer, negra, pobre y de izquierda.

Precoz en sus afanes de participación social y política, formó parte de diversas organizaciones, tales como la Federación Venezolana de Maestros, el Colegio de Profesores de Venezuela, la Legión de Mujeres Nacionalistas y el partido Acción Democrática en sus tiempos fundacionales. Por razones ideológicas pasó luego al Partido Comunista de Venezuela y, a la hora de la definiciones que estremecieron a la izquierda los tempranos años 60, se incorporó a las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en las serranías de Lara, bajo el apodo bélico de “Comandanta Jacinta”.

No fue la suya una pasantía intelectualosa por la lucha armada. Los que estuvieron en el campo de batalla le mostraban un profundo respeto porque ella, a diferencia de ciertos célebres comandantes, se había comido las verdes y las maduras en el monte, durante seis largos años. No había ido de excursión marketinera a algunos de los frentes o a cualquier matorral, sino a caerse a plomo y a tratar de ganar para la causa de la insurrección a unas masas campesinas que seguían apostando por la paz.

Regresó de aquel sendero con el dolor de haber visto mucha muerte. La de compañeros de lucha y la de los soldados que defendían al sistema, pero también eran pueblo pobre y excluido. Se abrigó en la política de pacificación del primer gobierno de Rafael Caldera y entró en la contienda democrática con un experimento novedoso de aquellos años, el Movimiento Al Socialismo (MAS).

En el MAS, Laya estaría hasta el día de su partida física, en 1997, pues la muerte la sorprendió en su terruño barloventeño, que el partido había escogido como sede de una convención nacional. Ese dramático sincronismo fue como un mal augurio. Ya el MAS, un partido que nunca logró conquistar a las masas, comenzaba a fisurarse entre los que querían apoyar al emergente candidato Hugo Chávez y los que se negaban a sumarse a la avalancha.

José Pascual Mora García, en un trabajo académico titulado La maestra Argelia Mercedes Laya López (Aportes al imaginario afrodescendiente venezolano), recuerda que “murió con un gran desencanto por la forma como la lucha política se había desvirtuado en los partidos políticos que contribuyó a fundar”. Este autor refiere a Beatriz Domínguez, quien en un artículo para la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer cita, a su vez, a Laya: “Lo que ocurre hoy en el MAS, es una dramática crisis política, espiritual, ideológica, moral y ética que afecta a los partidos políticos y a otras organizaciones de la sociedad civil e instituciones donde (salvo honrosas excepciones) gran parte del liderazgo ha protagonizado un comportamiento y un discurso personalista, autoritario y negador de la democracia”.

Y es que Argelia Laya fue una de las personas que mantuvieron vivo el debate interno en el MAS cuando ya muchos de sus líderes fundamentales habían sucumbido a la comodidad ideológica de un socialismo descafeinado y de clase media o habían asumido sin rubores la ruta del neoliberalismo, un fenómeno que se acentuó con el desempeño de funciones de gobierno en el segundo mandato de Caldera.

En rigor, siempre fue un cuadro político en el sentido más izquierdista de la palabra. En 2015, el activista de la afrovenezolanidad Jesús “Chucho” García escribió: “Argelia tenía un pensamiento crítico, gozaba de lo que hemos venido llamando ‘soberanía intelectual’, no aceptaba verticalismo de dirigentes sinvergüenzas, flojos, fracasados y abusadores del poder. Era directa, todo lo podía expresar sin perder la calma, hasta en sus problemas personales… siempre con calma como el suave oleaje del río El Guapo que la vio nacer”.

Cuando falleció, tenía 71 años y Venezuela se estaba aproximando a un torbellino que puso a prueba las convicciones de todo el espectro de la izquierda. Eso hizo todavía más lamentable su ausencia, pues hubiesen sido muchos sus aportes en campos como los derechos a la salud sexual y reproductiva, la igualdad de género y las reivindicaciones para los afrodescendientes.

No tenemos ninguna autoridad para decir cuál hubiese sido la postura de esta dirigente una vez que se acabó la teoría y comenzó la práctica de un gobierno popular que luego se declaró socialista y antiimperialista. A juzgar por su medio siglo de luchas, se podría apostar a que habría sido irreverente en la discusión y leal en la acción. Pero sería mera especulación. No podemos decir que Laya hubiese sido chavista, pero sí es demostrable que Chávez fue muy layista. Nunca ocultó su admiración rotunda por “la Negra Argelia” y la homenajeó cada vez que pudo como lo que fue: una educadora, una guerrera, una cacica.
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Batolas, humo y carcajadas

Tenía muchos rasgos personales que la hacían única y hasta anunciaban su presencia, incluso a larga distancia.

Estaban, claro, sus largos vestidos, parecidos a mantas guajiras y que algunos (sobre todo los deslenguados adecos), despectivamente llamaban “las batolas de Argelia”. Con ellas, uno podía verla venir a media cuadra, en especial cuando su afro se puso tan blanco como su sonrisa y se hizo parte de aquella pinta única.

Su presencia en alguna de las oficinas parlamentarias o partidistas también quedaba en evidencia por el humo de sus cigarros, que eran del tipo “rompepecho”. ¡Cómo hubiese sufrido esta fumadora empedernida de haber tenido que adaptarse a las normas antitabaco que se impusieron luego en casi todos los espacios cerrados!

Pero había otras dos características que subrayaban la inimitable personalidad de esta mujer. La primera era su voz, típica de su negritud y fiel expresión de la profundidad de sus convicciones. Esa voz, que conmocionó a las masas en discursos y disertaciones, también le sirvió para sorprender a muchos en ambientes más íntimos, cantando piezas populares como Allá viene un corazón, esa en la que la protagonista se comió las alas de un pataruco.

La segunda característica irrepetible eran sus carcajadas, estridentes y contagiosas, que más de una vez sofocaron algún debate, cuando ya empezaba a ponerse agrio.

Clodovaldo Hernández