PIEDRA, PAPEL O TIJERA | Crónicas del Esequibo (I)

William Castillo Bollé

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La pasión guayanesa de Enrique Bernardo Núñez

Vuelvo a toparme con Orinoco, capítulo de una historia de este río y Tres momentos en la controversia de límites de Guayana de Enrique Bernardo Núñez – serie de ensayos publicados en los años 40, reeditados en 2015 por el Ministerio de Cultura, y maravillosamente prologados por Alejandro Bruzual.

Sorprende que un texto apasionante y lúcido -escrito por uno de nuestros grandes narradores- no tenga mayor difusión. Polémico historiógrafo del siglo XX, hay que recordar también que el autor de Cubagua fue, en 1945, el primer cronista oficial de Caracas.

El Esequibo – la antigua “zona en reclamación”, eufemismo con que la historia oficial soslayó durante años el despojo de 1899 en París-, ha vuelto al centro de la atención pública.

El Gobierno de Guyana ha acudido a la Corte Internacional de Justicia en La Haya para buscar que unos jueces extranjeros, en un tribunal europeizado, decidan una cuestión histórica que separa desde hace más de un siglo a dos pueblos americanos, y sobre la que únicamente a estos corresponde decidir. El Estado guyanés ha roto el compromiso firmado ante las Naciones Unidas en Ginebra en 1966, que lo obliga a una solución negociada y bilateral con Venezuela, y aspira para sí en el siglo XXI lo que el imperio inglés lograra -con velado apoyo estadounidense- en el siglo XIX.

Esa franja de 159 mil kilómetros cuadrados, que deriva su nombre del río Esequibo, es mucho más que un “pedazo de tierra”. Durante centurias su población originaria, avasallada y esclavizada, vio cómo ingleses, españoles, holandeses, alemanes y franceses saquearon sus riquezas y humillaron su cultura.

Puerta de entrada estratégica para la captura de los recursos del nuevo continente, tierra de nadie en medio de la agreste selva, Gran Bretaña siempre tuvo claro que Guayana era una mina para impulsar la prosperidad imperial. Ese sojuzgamiento histórico es, precisamente, al que aspiran en este siglo las potencias extranjeras por la vía de la geopolítica petrolera y la ilegal judicialización del diferendo.

Lo que intenta el gobierno del señor Granger en el siglo XXI, no es otra cosa que repetir la historia. La historia de 1899 cuando Venezuela, destruida por medio siglo de guerras intestinas, amenazada de invasión por Inglaterra -que le había “comprado” años antes la Guayana Esequiba a Holanda- y “aconsejada” por Estados Unidos, acudió como oveja al matadero a un “juicio arbitral” en París, cuya sentencia estaba escrita antes de que se iniciasen los debates.

Hoy, frente al intento de reafirmar en un tribunal extranjero el despojo territorial a Venezuela, los textos de Enrique Bernardo Núñez sobre la historia de Guayana cobran luminosa claridad. Su contundente y apasionada defensa de la nación venezolana nos acerca -con lógica indignación- a aquellos momentos de ignominia. Y deben por tanto ser conocidos por cada ciudadano de este país.

PIRATAS DEL CARIBE

En Orinoco, capítulo de una historia de este río, Enrique Bernardo Núñez explora un largo tramo histórico que se inicia con las invasiones holandesas e inglesas a la región de Guayana en tiempos de la Colonia.

Con un estilo que combina la erudición y el relato novelado, evoca la sangrienta conquista filibustera del escudo guayanés, cuyo símbolo más notable es el pirata sir Walter Raleigh, personaje estrambótico, poeta, genocida y esclavista, quien fuera retratado con agudeza por Germán Arciniegas en su Biografía del Caribe. De aquel inverosímil corsario escribiría García Márquez, después, que andaba por estos lados conquistando glorias para su amada reina, “con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, y su arcabuz de matar caníbales”.

Corrían los años 1500 cuando otro pirata inglés, sir Francis Drake, asaltaba Santo Domingo, Cartagena de Indias, los poblados del río de La Plata y los puertos de El Callao y Valparaíso, tomando todo lo que pudiera en nombre de Isabel I. Y que nadie olvide, por supuesto, que en 1559, el corsario inglés Amyas Preston asaltaba e incendiaba la villa de Caracas.

El método filibustero marca el asalto británico al territorio guayanés que la Corona española, con su Capitanía General asentada en Caracas, era incapaz de proteger. Núñez también -y éste es un extraordinario detalle de sus indagaciones- destaca el rol que el mito de El Dorado jugó sobre la afiebrada imaginación de los colonizadores. La sola posibilidad de encontrar Manoa, la mítica ciudad indígena erguida en una montaña sagrada sobre torres de oro, ejerció un influjo mágico, y alimentó la voracidad de las Cortes imperiales.

Nuñez relata cómo en los mapas de la región guayanesa elaborados en aquella época -todos los cuales mostraban el territorio Esequibo como parte integral de Venezuela- aparecía siempre alguna referencia a Manoa, situándola a la orilla del lago Parima, al sur del gran río.

Schombugk, Mercator, Codazzi, el padre Gumilla, Juan de la Cruz (cuyo mapa fue usado por Humboldt), Francisco Michelena y Raleigh, entre otros, señalaron en sus planos que El Dorado debía estar “más o menos” por allí. El tema fue debatido incluso durante las sesiones del tribunal que redactó el infame Laudo Arbitral de París.

Raleigh -escribe Núñez- estaba convencido de que “el imperio de Guayana”, como la llamaba, estaba destinado a pertenecerle a Inglaterra y así lo expresa en sus reportes al canciller, sir Robert Cecil. Su buque principal llevaba por nombre Destiny.

Cuenta Núñez que, en su fiebre colonizadora, Raleigh llevó hasta Londres a varios caciques indígenas para que viesen a la Reina. Organizó coloridas representaciones teatrales y llegó a considerar la idea de que algunos de «esos salvajes» se casasen con mujeres inglesas. El proyecto, no importa las formas, era el mismo. La “guerra de los ochenta años” contra España sirvió de excusa para disputar el control del rico territorio guayanés. Y sir Walter Raleigh fue el hombre clave de aquella aventura imperial.

ORO, ORO, ORO

“El hombre blanco introdujo en el Nuevo Mundo la superstición del oro”, dice Enrique Bernardo Núñez. Y no le falta razón. En su diario de viajes, Colón escribe 139 veces la palabra “oro”y sólo 51 veces la palabra “Dios”. Los indígenas, espantados por la ambición del hombre blanco, siempre que se les preguntaba por El Dorado, apuntaban el dedo más y más lejos. Muchos se adentraron en la selva buscando el paraíso perdido, la Golden City, para nunca más volver. Eugenio Montejo describiría bellamente aquella impotencia: “No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire…” El propio Raleigh perdería a su hijo en la afiebrada quimera del oro.

Esa historia de sangre y de codicia permaneció invisibilizada para el pueblo venezolano durante el siglo XIX. Mientras nos desangrábamos en conspiraciones y montoneras, Inglaterra lanzaba sus nuevos piratas, los colonos británicos, sobre nuestro territorio. Amenazaba, trazaba líneas y preparaba el asalto definitivo al Esequibo.

Y ese silencio histórico se extendería después, en el alba del siglo XX, cuando brotó otro maná, el oro negro. Y nos invadieron los autos, la Coca Cola y el foxtrot. De pronto, Venezuela dejó de ser una imposible y balbuciente República para convertirse en lustrosa colonia petrolera.

El 17 de enero de 1939, Enrique Bernardo Núñez escribió al Presidente López Contreras recomendándole que “no debía abandonarse al tiempo la obligación de tomar posesión de la Patria, espiritual y materialmente, antes que el extranjero lo haga”. Se refería no solo a la frontera con la entonces Guayana Británica, sino a todas las fronteras de Venezuela. Clamaba por una política de poblamiento en los confines del territorio que -casi ochenta años después- sigue siendo una deuda.

La historia del Orinoco y de Guayana es la historia del saqueo colonial. No importa cuántas falsas líneas de demarcación se trazaran en medio del humo de arcabuces y cañones; ni cuántas obras de Shakespeare se representaran ante la Reina, adornándolas con indios emplumados y humillados; ni cuántos laudos se redactaran entre decadentes y nacientes imperios.

La ambición extranjera por las riquezas que se esconden en las profundidades de la selva y en las aguas de Guayana se ha mantenido intacta por siglos. Es la misma codicia y la misma trama de poder que hoy pretende despojar a Venezuela de sus incontestables derechos históricos y territoriales al oeste del río Esequibo. Una historia de infamia que denuncia -con lúcida pasión- Enrique Bernardo Núñez.

NOTA: La próxima semana Crónicas del Esequibo (II): “Tres momentos en la controversia de límites de Guayana”: La historia del despojo, el Laudo Arbitral de París y el engaño diplomático.

William Castillo Bollé