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Armando Rojas Guardia ha fallecido en este julio impredecible de 2020. Y es imposible ser indiferente a su supuesta ausencia.

Ausencia que nunca será, porque él está presente en su escritura, como en el recuerdo de todos los que le conocimos y más si mediaba una amistad cargada de importantes palabras y circunstancias, haciéndolo imborrable.

Armando Rojas Guardia cercanísimo, con sus palabras, sus pausas orales, su risa, su modo de ser acertado, irónico, suspicaz, y al unísono: analítico, cerebral y sentimental, estará aquí siempre entre nosotros, de una u otra forma, aún con esta larga pausa de inesperada distancia.

Su poesía, como sus ensayos y epistolarios dejan una obra vasta, de considerable valor, no sólo literario, sino también en términos significativos al ocuparse de temas que siempre generaron la vigencia indiscutible de reflexiones en el territorio de la vida y la muerte, de lo intangible y la noción social de los imponderables.

Con Armando, en la amistad, vivimos, en las décadas de los 70, los 80, los 90, la trayectoria del siglo precedente que tanto significó en el proceso mismo de nuestro contacto con la vida, y de cambios y vivencias particulares para el país.

Su escritura, sus luchas interiores, sus procesos de reflexión, conducidos por su inteligencia, capacidad de análisis, y permanente auto exigencia, en la dinámica misma de querer llegar a verdades testimoniales de orden filosófico, señalaron su vía de entendimiento del día a día; y ello es la marca indeleble de su sustancia poética.

Hermosos capítulos de esas vivencias en común me resultan tesoros en la reconstrucción memorística de los hechos, como cuando le acompañé en su primer viaje a La Habana, cuando deseaba ir a la tumba del poeta José Lezama Lima, para decir allí su hermoso poema en homenaje (el cual hemos mantenido escrito en la pared de entrada a La letra voladora en Naguanagua, con el recuerdo imborrable de aquel momento). O en Mérida, un viaje a la montaña nevada, enseñando a mi hijo Sergio lo significativo de escribir una bitácora, ese día por día, emoción por emoción, conducido por su emocionada paciencia constructora y didáctica.

Recuerdo con cálida sensación aquellas reuniones nuestras con los más cercanos, en la cocina, donde entre la preparación de lo que comeríamos se cruzaban los diálogos dispersos y efervescentes que salían desde esa ventana de Chacaíto, flotando por el parque interno de altísimos árboles, donde a veces descubríamos a una pereza con su cría. Todos le escuchábamos con fervor inusitado, bebiendo de sus palabras.

Armando era el maestro, la palabra guiadora, la reflexión tangencial, la herida abierta, la interrogante para que no fuéramos cómodos, convencionales, ciegos. Ojalá se haya encontrado con ese Dios del poema: “Dios proscrito/ a quién unos cuantos, negra tribu,/llamamos con ronquísima dulzura,/compañero”.