PARABIÉN | ¿Cómo vamos a querernos? Parte I: El beso

Rubén Wisotzki

0

1.

Una de las palabras más usadas por el individuo es, sin lugar a dudas, “problema”. Bajo acepciones de mayor uso, y cariño, como rollo o peo, los problemas forman parte esencial de nuestro latir diario. Hoy quisiéramos preguntar por uno.

“¿Por uno solo?”, se dirá. Sí, por uno solo, responderemos. Por uno que se superpone a muchos y que, sin resolverse, condena de cuajo a la no resolución de otros, de carácter, quizás, más práctico, más técnico, y, en muchos casos, más estudiado.

Sería oportuno abordarlo ahora, mientras estamos confinados. A ver si salimos al mundo con otro gran aprendizaje, además de saber colocarnos adecuadamente la mascarilla. El problema en cuestión, el que destacamos, en estos días de pandemia, es: ¿Cómo vamos a querernos?

2.

Saltemos, se sugiere, un poco más allá de las respuestas rápidas, naturalmente usadas ya, que todos querríamos resolver los problemas con rapidez, -¿quién desea prolongar la vida de un problema que le afecta?-, nos referimos a esas respuestas rápidas y urgentes, evasivas en esencia, evasivas, o como una suerte de inconsistencia o de resistencia, como: “Nos vamos a querer como siempre”, “Nos vamos a querer como nunca antes”, o las más utilizada como, “Ya se verá”, “Ya veremos”.

Pues propongámonos verlo antes. A sabiendas que no daremos, en estos pocos párrafos, con una respuesta contundente a un problema tan importante, reflexionemos.

Este escrito aspira a formular la pregunta en uno y en el Otro(a). Que nos ronde por la cabeza unos minutos hoy, otros minutos mañana, ojalá otros minutos pasado mañana. Y así, hasta manipular, a consciencia, una suerte de respuesta que, como bien se sabe, para que sea efectiva ha de ser tanto individual como colectiva.

3.

El problema, “¿Cómo vamos a querernos?”, es de una complejidad supina. Muchos, por no decir todos, hemos enfrentado serios inconvenientes al momento de querer, de amar, y obviamente, de ser querido y amado, en días libres de pandemia.

Ahora el paisaje se percibe mucho más borroso. ¿Cómo lograr ser correspondiente y correspondido en lo amoroso? ¿Cómo establecer ahora el vínculo justo, certero, necesario con un querer que, aclaremos ya, debe ser abierto, amplio, generoso, solidario, y no circunscrito únicamente a esos espacios satelitales de la cama y la casa? ¿Cómo? ¿Cómo?

Tratemos, por ejemplo, de ahondar un poco más en uno de los dos gestos que nos conforman, nos describen, en cuanto a lo afectivo, como habitantes de este punto tropical del planeta: el beso.

Según un doctor del ayer, llamado Henry Gibbaus, el beso es “la yuxtaposición atómica de dos músculos orbiculares en estado de contracción”. Vaya áspera definición. Según los doctores de hoy, y si nos atenemos a las normas actuales de prevención ante el mal, el beso es algo más concreto: un peligro mortal. (Aunque si lo pensamos bien, siempre lo fue).

Pero si dejamos a un lado las subjetividades, ¿cómo nosotros, que somos tan dulcemente besucones, nos vamos a besar a partir de ahora?

¿Qué haremos con el roce de cachetes cuando nos encontremos en la calle, con el beso en la frente cuando despidamos al hijo, con el beso en los cabellos cuando estemos sentados juntos, con el beso en el hombro cuando estemos en la fiesta, con el beso en la rodilla cuando estemos sentados frente al mar?

¿Y qué harán aquellas, aquellos, fieles creyentes del amor que lanzan al pasar besos al aire, mascarilla de por medio, en la convicción militante que llegan al afortunado destinatario?

4.

No creemos que alguien dude a estas alturas de que estamos hablando de un problema capital.

La frialdad de una pandemia que, según los expertos mundiales, puede ser la primera de una larga serie, obliga a repensar cómo nos querremos en el futuro inmediato. Y, en ese sentido, qué haremos con la ausencia de las acostumbradas expresiones de afecto, paradójicamente, en nuestro beneficio y en el de todos.

Lo primero que podríamos hacer, y es una sugerencia a considerar, es recurrir a la ley de la compensación: brindarle al Otro(a) el saludo que se merece, o que consideramos que se merece, pero sin el entrañable e insuperable contacto físico.

El virus, en lo inmediato, nos quitó la proximidad, el roce, la caricia, pero no el habla, no la voz. Poseemos aún el verbo y su eco. No es poca cosa. Podríamos quizás ser más cuidadosos, más atentos, más sensibles, en las palabras que utilizamos para nuestros saludos. A veces la palabra dada, si es la apropiada, es de superficie aterciopelada como el mejor de los besos. Para bien.

Rubén Wisotzki