VITRINA DE NIMIEDADES | ¿Normalidad? ¿Y nueva?

Rosa E. Pellegrino

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Ya le quedan seis meses a 2020 y nos han prometido que en este semestre estaremos bajo la “nueva normalidad”. Ese escenario donde viviremos en un “sí, pero no”. Podremos realizar muchas cosas que la cuarentena nos prohíbe, pero de lejitos, sin tacto ni contacto, sin saber hasta cuándo.

Abrazos plastificados, tomarse un café con aroma de lejanía, pasear manteniendo la distancia, compartir con algo de recelo, en fin… Un escenario súper complejo para nosotros, acostumbrados al contacto que bordea el apurruñamiento y donde poner barreras físicas es prácticamente una afrenta.

¿Aún lo duda? Pues reviva las oportunidades en las que hizo una cola para comprar alimentos en estos últimos cuatro meses. Verá que un “Por favor, mantenga la distancia” y un “Yo me paro donde me da la gana” andan juntos por ahí.

Si hacemos el ejercicio, nos toparemos con un detalle: lo único normal es este empeño por surfear sobre el desorden.

Algunas cosas en este momento pasan muy bien por innovación. Otras, por locura. Y unas cuantas –la mayoría- no son más que el afán que ha signado nuestra condición humana: pretender mantener un modelo de vida que, como ya venían advirtiendo desde la ciencia hasta los grupos de Whatsapp, es abrumador, caótico y asfixiante.

Así se siente el tránsito por las redes sociales, el ágora de los RT y “Me gusta”, en estas semanas: cientos de transmisiones en vivo de conciertos, conversatorios, foros, representaciones teatrales, prácticas deportivas y muchas otras cosas no son más que el traslado al mundo virtual de esa agenda copada de actividades de meses atrás. Vamos a pensar que es nuestra forma de producir adrenalina.

La educación, cuyas prácticas estaban en tela de juicio desde antes, también sufrió su choque en el empeño de seguir: aunque la formación a distancia existía muchísimo antes de que internet nos brindara herramientas como Zoom, en el cambio masivo y obligado hacia ese modelo descubrimos otras formas de inequidad entre estudiantes, padres y docentes. Eso, como ya sabemos, no es nuevo y el debate sobre el futuro de nuestras prácticas educativas, tampoco.

Y si hablamos de teletrabajo, pues el estrés va siendo el mismo: se desdibujan las barreras de los horarios y la familia, por el mismo sueldo y, muchas veces, sin orientación. Y si le toca salir de casa porque ejecuta tareas enteramente presenciales, pues debe lidiar con otras situaciones que, si no toma las previsiones, le exponen más… también por la misma remuneración.

Aquí llegamos a los planteamientos que hacen filósofos, sociólogos, psicólogos, economistas y la clase obrera: estamos en la pugna entre la producción, la rentabilidad, la transformación y la vida, un problema ético donde nos venden sólo dos salidas. O producimos para comer, aunque medie un riesgo sanitario, o protegemos la salud de los trabajadores, aunque el costo económico sea grande. Menuda tarea buscar el punto medio.

Esos dilemas no son normales, tampoco nuevos, y con ello llegamos a un escenario que, por más que se procure dibujar, no es predecible.

Quizás, nos toque vestirnos de ese optimismo de muchos que juegan a la prospectiva: los efectos serán tan devastadores que la única opción será la solidaridad y un modelo económico-social signado por la equidad a escala global. Sería novedoso si se logra. Ojalá se convirtiera en normal.

Rosa E. Pellegrino / @relenapg