HORIZONTE DE SUCESOS | El tiempo y la pandemia (o viceversa)

Heathcliff Cedeño

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“Si no me lo pregunta nadie, lo sé, pero si intento explicarlo, ya no lo sé”, decía San Agustín para referirse al tiempo. Y es posible que alguien en el siglo XXI sienta la misma experiencia de aquel santo que vivió en el año 400 de este calendario romano.

A pesar de que marca el inicio y final de la existencia, somos capaces de medir y tratar de controlar el tiempo como si fuera de nosotros y no todo lo contrario. Tiene cualidades fantasmales porque nadie lo puede ver, pero se sienten las señales de su paso por las personas, objetos, lugares y ciudades donde vivimos.

Una de las pocas certezas que tenemos es que tiene un hermano inseparable: el espacio. Y esto se deduce porque el tiempo es lo que sucede entre un lugar y otro. Para empezar se necesita un punto de partida, un espacio. Suponemos que uno no puede vivir sin el otro porque nada existe sin que ocurra en un momento determinado.

Otra cosa que podemos afirmar es su relatividad comprobada. Para nadie transcurre de la misma manera. Y eso lo saben quienes esperan algo con ansia, están enamorados, apurados o retrasados con un trabajo pendiente, como éste (y otro), por ejemplo.

Pero el tiempo también es un ritmo envolvente, determinado por el espacio socialmente compartido. Si se puede medir por la cantidad de cosas que transcurren, es probable percibir que los días en las ciudades son más cortos que en los pueblos, donde no hay “mucho por hacer” y todo parece detenido.

Caracas le impone el ritmo a sus habitantes. Por eso es fácil reconocer a los visitantes que miran con asombro y se apartan al paso de la estampida arrolladora de la muchedumbre que se mueve como un cardumen. Basta estar en el metro para ser envuelto por esta urgencia colectiva. Y es probable que los lentos por naturaleza o los que prefieren ir a su propio ritmo les sorprenda un: “Apártete, agüevoniao”.

Con la imposición de la cuarentena para frenar el avance del coronavirus, muchas ciudades cambiaron su ritmo y los días se empezaron a sentir como más largos. Caracas vista como un cuerpo empezó a caminar más lento, y nosotros también. Podemos decir que ese cuerpo se volvió saludable. Las arterias (viales) se descongestionaron y nos acoplamos a una suerte de tranquilidad dominguera.

Christlieb dice que las ciudades se mueven a la velocidad de los carros que la circulan. Pero este ritmo no es del lugar, sino del cuerpo social que la habita. Contrario a esa rapidez, el pensamiento se desarrolla y percibe la realidad a otro ritmo. A mayor velocidad menos cosas se perciben o no las notamos en su justa dimensión.

Paradójicamente, ir a mayor velocidad no es vivir más sino menos, porque el tiempo ahorrado se ocupará con otra cosa. Debemos ir lento, al paso tal vez, para que los pensamientos lleguen más lejos y la realidad se perciba con mayor nitidez.

Heathcliff Cedeño