BUZÓN DEL EQUILIBRIO | Mis días sin sus noches

Teresa Ovalles

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Julio de 2020, año pandémico

Estamos felices entre paredes decoradas a nuestro gusto. Estar prisioneros en nuestros hogares es sinónimo de paciencia y sabiduría de espíritu para poder vencer al formidable destino que nos hace más presos todavía de la vida. ¿Por qué no defender la muerte de nuestras alegrías? ¿Por qué no defenderla de nuestras lágrimas? Debemos anular la muerte, exorcizarla con nuestra alegría.

La botella

Mis manos se mueven sólo cuando el viento lo indica. Es como el terciopelo del tiempo, tan suave que ni lo sientes. Tus manos se dejan llevar por el entretejido del tiempo. Del tiempo que no existe. Nunca existió. Aunque vivió alojado en tus pulmones, en tiempos de pandemia. Me resisto a creerlo. El tiempo existe en la botella de vidrio que esconde lo que somos. El tiempo existe alojado en el reloj de vidrio que levantas en dos o en múltiples sentidos. Para ser uno solo en un todo salvaje de recuerdos. Para que crezca un ser, para palpitar en la muerte, que no es más que otra existencia. ¿Dónde existo? ¿En el tiempo material o en el espiritual? Realmente estoy ahogada. Nos ahoga la pandemia.

Esclava

Me vacío mas bien y, serena, voy a dar en mis propios confines mentales. Llenos ya de muerte súbita y audaz, que llega en el tiempo preciso, despiadado y entristecedor. Existo en la solvencia de la vida. En el pasillo infinito que da a la eternidad. Palpito en el logro del tiempo y me convierto en su esclava. Como todos. Esclavos de algo que cuelga en la falsedad para hacernos esclavos. Autómatas. Vivimos colgados de la falsedad. Cuando tan solo se trata de alejarnos de lo que nos quema. Y salir ilesos. De espíritu y de mente. Dos lados de nuestro mismo cuerpo. Como binarios.

Yoga

Yoga transita por mis huesos y tendones cada mañana. Pero antes me pasea por el canto de un gallo y otras aves: zamuros, gavilanes, loros, guacamayas, paraulatas, cristofués, pajaritos cantarines diminutos, azulejos, golondrinas invernales que hacen silencio en el cielo. Y yo salgo de sueños que jamás se recuerdan. No sé por qué olvidarlos. Luego cierro mis ojos y me siento en la alfombra de nubes. Serena. Respiro, en tiempos de pandemia. Profundo y lento. Inhalar y exhalar. Es el juego de la vida, de coloridas flores y sonidos. Luces que son el sol y las sombras. Sombras que alegran mi vida, porque juego con ellas en las noches serenas.

La música y Yanet

Hay canciones que acarician nuestros recuerdos, las alegrías de nuestra juventud. Y hay otras que son puntadas de dolor. Voy a las nostalgias y dolores por los que salieron antes que yo a encontrarse con la muerte. Con los sueños, con la noche. Recuerdo a mi mejor amiga Yanet y le doy gracias a Dios porque conocí con ella la amistad, el amor y la familia. Al irse, me dejó una bella canción que siempre me lleva a ella, a su recuerdo, a su rostro y a sus inolvidables manos gorditas. Cumplo la promesa de no olvidarte, de llevarte siempre a dondequiera que vaya.

Teresa Ovalles

Ilustración: Maigualida Espinoza Cotty