Por si acaso yo no vuelvo

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Normalmente soy de las mujeres que trata sus afecciones de salud desde casa, tratando de identificar el origen de la alergia, el dolor de cabeza o el malestar general que pudiera presentar. Evito ser una maraca humana al no tomar pastillas a menos que un dolor sobrepase mi paciencia y mi capacidad de resistencia. Prefiero tomar el zumo de las maticas sanadoras de mi jardín, donde no faltan el orégano orejón y el malojillo, pero en tiempos de pandemia mis sentidos detectores de señales malignas anti coronavirus están en su nivel máximo.

Este relato no es sobre mi jardín, ni mis prácticas hippies de no tomar pastillas, este relato se trata de cómo asumimos los miedos ante esta nueva realidad que apenas estamos olfateando, que escasamente ha asomado un pelo y que con solo eso nos tiene encerrados en casa, sin poder ver nuestras sonrisas y sin dejarnos apapachar a nuestros afectos. Bueno ahí les va.

En días pasados acudí a un hospital centinela porque presenté tos seca y al día siguiente amanecí con diarrea, ante los hechos me dije ¡zape gato!, entré en una paranoia brutal, no por lo que pudiese suceder conmigo, sino por mi familia.

Para entrar en contexto debo decir que yo he cumplido a cabalidad la cuarentena, escasamente he salido 4 o 5 veces y ha sido por trabajo o por compra de alimentos, además soy de las que al llegar a casa entra descalza y lanza la ropa en un tobo con jabón de una, las compras las dejo afuera y espero que el virus «se muera» pa’ meter las bolsas a la casa entonces queda claro que no me expongo y tengo los cuidados necesarios para evitar un contagio.

Bueno, la cosa es que hace tres días se me disparó una tos bien rara que me puso paranoica y estuve atenta a cualquier síntoma extra, tu sabes, porsia. Al día siguiente me levanté como a las 5:00 a.m. con tos de nuevo y un dolorcito en el pecho que no joda me hizo pensar que ya estaba en fase terminal de covid-19, fui al baño y zaaaas ¡sorpresa! también estaba floja del estómago.

Dije para mis adentros: ¡Listo, me morí pal’ coño!.

A esa hora lo único que se escuchaba eran los grillos, ni sombra de carros, así que pasé las siguientes dos horas buscando los síntomas del covid-19 por internet, la peor de las prácticas cuando algo te afecta, ya que después de leer tanto terminas más enferma y por poco haciendo el testamento de a quién le dejarás el gato y las deudas que son tu único haber. A las 7:00 a.m. me fui al hospital centinela más cercano de la parroquia Antímano que es el Algodonal. Llegamos mi compañero y yo al lugar y allí nos informaron que atienden pacientes positivos pero que no hacen despistaje, esto es importante saberlo porque alguien podría subir hasta allá y perder el viaje (como yo).

Dato informativo: para los que no conocen, llegar al Algodonal es una travesía que pueden hacer a pié y por unos 15 minutos a paso ligero desde la avenida Intercomunal de Antímano, a la altura del CANIA, o esperar un metrobús que sale de la estación La Yaguara.

De vuelta al cuento, después de aquella rebotada tan fantástica, le escribí a una amiga que me dijo que el centro de despistaje de Caracas es el hospital de campaña ubicado en el estacionamiento del Hospital Universitario de Caracas, en la UCV (tremendo dato), y nos lanzamos para allá al mejor estilo de carreras callejeras, yo con dolor de estómago y miedo del covid-19, bueno, iba más afanada que nadie, pa’ completar la radicalización de las medidas de cuarentena en Caracas multiplicaron las alcabalas y para llegar hasta la UCV contamos no menos de 4.

Aquí es importante decir que como buena mujer prevenida y paranoica me llevé un bolso con ropa, los cargadores de los celulares, comida, peine, cepillo y toda vaina por si acaso no volvía.

Llegamos y me hicieron esperar en unas sillitas metálicas con un distanciamiento entre una y otra de 2 metros aproximadamente. El personal médico y de vigilancia de verdad que no pudieron ser más atentas/os, no había muchas personas pero como cada entrevista es personalizada, esperé unos 30 minutos eternos, que para mí significaban minutos valiosos para salvar mi vida, ¡imagínate tú!.

Al fin me tocó la entrevista con el doctor de guardia, me pregunta los datos y cuáles síntomas tengo, disimulando mis temores le digo: “bueno doctor yo vengo porque tengo tosecita, dolor en el pecho pero lo que más me alarmó fue la diarrea que me dio esta mañana, doctor. ¡Auxilio!”

El Doctor, un chamo como de mi edad y cuya pancita me hizo reír porque se veía ahogada en ese traje de enfermero pegaíto, se tomó su tiempo en explicarme un dato importante que me iría sacando de a poco del estado de resignación sobre mi ya asumido auto diagnóstico, y es que la fiebre de 38.5 grados pa’ arriba es un síntoma enormemente determinante. La fiebre es un signo que debe alertarte y la ausencia de ella podría excluirte de ser paciente de covid-19, así tengas tos u otros síntomas relacionados. La tos o la diarrea pueden estar vinculados a una variedad de padecimientos, como alergias, procesos virales, dengue, entre muchos otros.

De hecho, en la consulta también había un señor muy preocupado por su salud y luego de hablar con el doctor su diagnóstico fue dengue, ya que además de haber presentado fiebre por varios días también tenía las plaquetas bajas. Fue para mí una feliz sorpresa que el doctor le escribió en un papelito reciclado una orden para repetirse un laboratorio, ahí mismo en el Hospital Universitario, y clarito le dijo que en dos horas lo quería ver de nuevo allí con el resultado. De esto deduje que el laboratorio está activo y trabajando rápido, como debe ser. El doctor también le dijo: “Usted tiene dengue y el dengue es más peligroso que el covid-19”.
Y yo en mi mente pensé: Vergación, quién lo diría.

Volviendo a mi consulta el doctor panzoncito, me instó a estar atenta a cualquier síntoma extra pero me transmitió calma al decir que me despreocupara si no presentaba fiebre. Ahora, si me daba que volviera ipso facto para realizar la prueba rápida, cosa que estaba demás porque si sentía fiebre él podía estar seguro de que llegaría allí, así fuese corriendo como la versión femenina de Forest Gump.

Me explicó con detalle que la diarrea no es un síntoma reglamentario del covid-19, por lo que presentarla no debería asustarnos, ya que puede deberse a otro proceso de nuestros cuerpos, en mi caso determinamos que fue una indigestión por unas inocentes lentejas con chorizo que estaban de-li-cio-sas (caímos varios ese día en casa), el dolor del pecho se debió a que tenía como dos semanas sin hacer ejercicio y justo el día que me dio la tos estuve haciendo pesas en una máquina multifuerza dizque pa’ sacar músculo.

Fue muy pedagógico explicándome los cuidados que debía tener para no contagiarme y me desinfectó las manos al terminar la consulta bajo la carpa de campaña verde. Me dijo muy seriamente: “no te pases las manos por la cara, en esas sillas se han sentado casos positivos”, a lo que respondí levantándome disimulaíta.

Agradecí por la atención y la información y emprendí el retorno. Llegué a la casa lavando la ropa con agua caliente, bañándome y deshaciendo la maleta que me llevé por si no volvía.

Les invito a estar alertas, aunque usted no presente fiebre pero si tiene cualquier otro síntoma asociado al covid-19, busque atención médica inmediata.

Candi Moncada Alvarado