PERFIL | Las atormentadas selfies de Frida Kahlo

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ara quienes sostienen que el buen arte nace de las pasiones encendidas y del sufrimiento, Frida Kahlo es un paradigma.
Su cuerpo fue víctima de grandes suplicios y su historia sentimental se caracterizó por la fogosidad y el desafío de convencionalismos. De resultas, la obra que engendró –de la que ella misma es la protagonista fundamental– ha tenido un impacto que parece crecer con el paso del tiempo.

Y, más allá de los cuadros que se venden en cifras fabulosas en las principales casas de subasta del mundo, la propia Frida se ha convertido en un ícono de la pintura mexicana, lo que no es poco decir, pues hablamos de una tierra de grandes artistas plásticos.

Tal vez la clave de esta condición icónica radica precisamente en el hecho de que Frida siempre se pintó a sí misma. El crítico de arte y youtuber español Antonio García Villarán lo dice en tono de chanza: la artista mexicana de ascendencia húngara fue una pionera del selfie.

Claro que los suyos no se comparan con los habituales selfies risueños y banales de estos tiempos, cuyos autores suelen mejorarse con algo de magia digital. Buena parte de sus obras son autorretratos que reflejan las desgarradoras tragedias de su cuerpo y las no menos lacerantes desventuras de su vida amorosa.

¿Qué tanto le pasó a esta mujer nacida en 1907? Mucho más de lo que otras personas habrían podido soportar.

Para empezar, de niña sufrió poliomielitis y, como consecuencia, quedó con una pierna más delgada y una permanente renquera que la hizo, como era de esperarse, víctima de burlas y acoso.

Pero aquella contrariedad era apenas el comienzo de su expediente médico. En 1925, un tranvía se estrelló contra el autobús en el que viajaba, y ella sufrió múltiples fracturas, incluyendo tres de la columna vertebral, además de la pelvis, varias costillas, una clavícula y ambas piernas. Un total de 32 veces ingresaría a lo largo de su vida de 47 años a las salas de operaciones y en la última de ellas los médicos tuvieron que amputarle una pierna gangrenada.

Y eso no fue todo. Para completar su drama, se casó con el muralista Diego Rivera, quien le llevaba más de veinte años y, a pesar de ello, no paró de ponerle cuernos, incluso con Cristina, la hermana menor de la pintora. Una de sus frases más célebres resume ambos componentes del drama: “Primero me atropelló un tranvía y luego me casé con Diego”.

Cuando surgió la relación sentimental entre ambos, la familia Kahlo puso el grito en el cielo. El novio, hubiera dicho Serrat, era casi un beso del infierno: ateo, viejo, gordo, comunista y, encima, mujeriego empedernido.

Frida no tenía problemas con las primeras características, pero sí que sufrió con las juergas e infidelidades de Rivera. De hecho, en varios de los autorretratos, ella lo incluye junto a corazones rotos y otros símbolos del amor contrariado. Llevando ese simbolismo a un grado casi de caricatura, en uno de esos cuadros, la cara de Frida, con expresión estoica, aparece en el cuerpo de un venado de alta caramera. Para más señas, el ciervo tiene clavadas nueve flechas.

Pese a los conflictos –o tal vez también debido a estos–, la pareja llegó a ser una de las grandes atracciones de la intelectualidad mexicana. Todos querían conocerlos y participar en sus tertulias y fiestones. En algún momento, Frida empezó a pagar con la misma moneda. Entre sus amantes figuró nada menos que León Trotsky, al inicio de su exilio en México. Según los biógrafos, Frida procuró esa relación por venganza, pues Rivera había figurado entre los principales gestores ante el Gobierno mexicano para que se le concediera asilo a Trotsky, uno de los más célebres perseguidos políticos del estalinismo soviético.

Unos años más tarde, como otra muestra de los dramas de su vida, Kahlo fue implicada en el asesinato de Trotsky, pero la acusación fue rápidamente desestimada.

Llegó el punto de hartarse del díscolo Diego y pidió el divorcio. En el proceso, la pareja siguió en sus andanzas, e incluso Frida llegó a entablar relaciones con otras mujeres, entre ellas Chavela Vargas, destinada luego a ser una de las grandes personalidades de la canción mexicana, quien dijo en una entrevista: “Frida esparcía ternura como flores, sí, como flores. Una gran ternura, una ternura infinita”.

El divorcio solo marcó un paréntesis, pues poco tiempo después los dos levantiscos artistas volvieron a juntarse y terminaron contrayendo matrimonio por segunda vez, dándole así de qué hablar al mundo del arte, de la política y de la farándula.

Kahlo murió en 1954, muy deprimida luego de perder su sufrida pierna derecha. La tristeza y el desánimo no le impidieron seguir pintando –pintándose, principalmente– hasta los últimos días, completando una colección que se ha estimado en poco menos de 150 cuadros, muchos de los cuales son ahora disputados aguerridamente por los grandes coleccionistas. En buena parte de ellos aparece su propia imagen sufriente. Cuando le preguntaban por qué tanta insistencia en el autorretrato, respondía que “pinto autorretratos porque estoy mucho tiempo sola. Me pinto a mí misma porque soy a quien mejor conozco”.

En uno de los más emblemáticos, justo después de su divorcio, se plasmó con un collar de espinas en el que está enredado un colibrí muerto. A ambos lados de su cabeza hay un mono y un gato. Los hermeneutas de su obra dicen que esa es una de sus más significativas selfies.

Polémica hasta el final, declaró que no solo esperaba morirse pronto, sino también estar segura de que la muerte no tuviera regreso. Sin embargo, en una de sus últimas pinturas, un bodegón en el que aparecen varias patillas –una entera, las otras cortadas–, escribió la leyenda: “Viva la vida”.
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Artista entre los artistas

Los especialistas discuten sobre la verdadera dimensión del talento de Frida Kahlo. Los más exigentes dicen que en realidad era una pintora naïf, una palabra que los críticos usan a veces con sentido peyorativo y que refiere al carácter ingenuo, a la ausencia de una real formación académica.

Lo que pocos se atreven a poner en duda es su fama, su enorme proyección, al punto de que algunos llegan a calificarla como el artista plástico (incluidos hombres) más célebre de la actualidad. Quienes sostienen esto aseguran que otras grandes figuras, como Picasso, Van Gogh o Leonardo han ido quedando en segundo plano en esta competencia posmórtem con ella.

La prueba de la nombradía universal de Kahlo la dieron los algoritmos. Cuando Google iba a lanzar su proyecto Art & Culture de puesta en página web, en alta resolución, de grandes obras de la pintura mundial, la mexicana apareció como primera candidata.

La controversia también la toca en otro aspecto: una parte del movimiento feminista la considera un símbolo, pero no falta quien diga que su relación con Diego Rivera, expresada en varios de sus cuadros, fue más bien de inaceptable sumisión a un macho abusador.

Claro que a estas alturas la notoriedad de ella es como una revancha, pues en vida el egregio muralista era el gran ídolo, pero ahora ha quedado eclipsado por la gigantesca sombra de Frida.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ