VITRINA DE NIMIEDADES | Apuntes para un desafío en clave colectiva

Rosa Pellegrino

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Estas líneas no arrojarán nuevas luces, tampoco darán sentencias definitivas, pero pondrán un bloque más al muro de preguntas que ya tenemos: ¿Qué nos falta para tener una sólida conciencia colectiva ante el covid-19?

Podría pensarse que cada quien carga con sus miedos y, por tanto, escoge contra qué luchar. El que vive del día a día legítimamente puede decir: «Escojo no pasar hambre». Quien tenía planes por emprender puede expresar: «Escojo no esperar más. Temo perder tiempo». Quien tiene la presión de seguir mostrando resultados puede pensar: «Acá toca mantener el ritmo, cueste lo que cueste».

¿Tienen algo de objetable esas posiciones? Pues, a primera vista, hasta justificadas resultan. Pero, ¿cómo asumir que una decisión tan personal puede tener consecuencias insospechadas sobre otros? ¿Se puede elegir? ¿Cómo coincidir en la tarea de evitar o mitigar los riesgos colectivos?

Y no me refiero meramente a respuestas para ese dilema, porque deben sobrar. Hablo de cómo convertirlas en acción, para hacerlas conciliar con el tiempo actual.

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¿Cómo se construye una nueva narrativa sobre esta pandemia? Tenemos cuatro meses escuchando el mantra «Tapabocas, distanciamiento social y cuarentena», casi taladrado en nuestros oídos. Sí, ya me dirán que está en la naturaleza humana desobedecer, pero qué nos hace subestimar a un virus que puso en jaque a economías y sistemas de salud en el mundo.

Si nos vamos a los medios, en Venezuela o estamos cumpliendo la cuarentena o andamos en un desmadre, pero cuesta ver con claridad cómo asumimos esto según el relato mediático. Y a eso se suma la infodemia que se propagó con la misma velocidad del coronavirus.

Todo ese discurso pasa por el tamiz de la validación, del que poco se habla cuando se analiza el impacto de los medios. ¿Con qué elementos se revisa el discurso sobre la enfermedad? ¿Qué experiencia media entre lo que se escucha y lo que se cree?

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Las instituciones tienen el desafío de seguir adelante. Pero uno se topa con imágenes de un evento y se pregunta: ¿Eso era necesario? ¿Eso le dice a la gente que debe cuidarse? ¿Ese viaje de gente detrás de un vocero, así tengan un metro y medio de distancia entre ellos, hace falta? Si son cinco personas, ¿de verdad tenían que estar juntas?

En otras ocasiones, las instituciones que deben darnos respuestas parecen ausentes, aunque su presencia sea insustituible, porque no se ve o no se sabe qué están haciendo.

Entonces, ¿en qué acera pararse para que la acción sea también un llamado a la conciencia? ¿Cómo mostrar una gestión desde lo oportuno, necesario y pertinente? ¿Nos adaptamos, innovamos o nos invisibilizamos?

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Gestionar el riesgo. Sí, gestionarlo más allá de la estructura del Estado. ¿Cómo hacer sencillo y comprensible este concepto? ¿Cómo hacerlo parte de la gente? ¿Cómo comprometer a millones de personas con esta tarea?

Como advertí al principio, sólo sumé interrogantes en medio de este momento en el que la única clave es la creación de una conciencia colectiva de riesgo. No desde el miedo o la estigmatización, sino desde la posibilidad de enfrentar, mitigar y superar las amenazas.

Estos tiempos exigen, porque no hay opción, un esfuerzo renovado entre todos los sectores del país, para crear una nueva narrativa, nuevas formas de gestión y una nueva conciencia sobre el otro. ¿Cómo hacerlo? Lo ignoro. Sólo sé que toca buscar la respuesta para este desafío colectivo.

Rosa Pellegrino