Caracas cumpleañera con la mascarilla (mal) puesta

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El aniversario es una oportunidad para hacer loas a Caracas, para demostrar cuán orgullosos estamos de haber nacido en ella. Pero este año 2020 –ya ustedes lo saben– todo es distinto. Así que vamos a dar por hecho que estamos prendados de la ciudad y vamos a dedicar este espacio a gritar, con la excusa del cumpleaños, ¡¿coño, qué les pasa?!

Las ciudades son como la gente que las habita (¿o será al revés?), de modo que si tuviésemos que representar hoy a Caracas, tendría el tapabocas guindando del cuello. Y en caso de que alguien llegara a reclamarle, ella, si estuviera de malas (lo que no sería para extrañarse porque tiene un carácter de los mil demonios), respondería: “¿Quién te está preguntando?”; y si estuviera de buenas, muy oronda, diría: “Yo siempre lo llevo bien puesto, pero, panita, entiéndeme, esta semana estoy de cumpleaños”. (Por cierto, cuando Caracas está de buenas, es irresistible. No hay manera de no enamorarse de ella y perdonarle hasta sus barbaridades).

No digo que toda la gente de Caracas sea retrechera, infractora empedernida de las normas ni inventora de pretextos irracionales, pero ¡vaya que siempre –no solo ahora– nos ha gustado dárnoslas de bravos y caminar por las cornisas!

Por eso es que el debate mundial sobre el retorno a la normalidad lleva una alta carga de ironía en lo que respecta a la cumpleañera Caracas. En una ciudad donde lo normal siempre ha sido tan relativo, eso de volver a la normalidad da como risa.

Me convencí de esto hace muchos años y aún hoy sigo convencido. Lo cuento en cinco escenas que pintan las últimas décadas de estos 553 años:
Primera escena. Cuando estaba en sexto grado, en los tempranos años 70, se vino abajo un cerro en Carapita y tapió un montón de casas y ranchos. Varios compañeros de la escuela municipal José Antonio Villavicencio, de Antímano, nos jubilamos de clase para ir a curiosear.

La escena era de esas que el lugarcomunismo ha catalogado como dantescas. Bomberos y rescatistas escarbaban en los escombros buscando cuerpos. Se comentaba que en ese lugar operó una cantera de piedra caliza, por lo que había sido una locura montar casas allí, en terrenos resquebrajados a punta de explosivos.

Creo recordar que las autoridades declararon el lugar como camposanto, porque no fue posible rescatar todos los cadáveres. Años más tarde, olvidado el miedo, los ranchos comenzaron a florecer de nuevo. Hoy ya no son ranchos, sino casas de varios pisos.

Recuerdo que un extraordinario periodista de aquellos años, Euro Fuenmayor, escribió un reportaje en un extraordinario periódico de aquellos tiempos, El Nacional, en el que dijo que los habitantes de barrios como ese mostraban “una perniciosa tendencia al suicidio”.

Segunda escena. Unos diez años después de aquel megaderrumbe, el gobierno de entonces, el de Luis Herrera Campíns, no tuvo una mejor ocurrencia que utilizar otros terrenos que también habían sido una cantera (de hecho, se llama La Pedrera), también en Antímano, para instalar “provisionalmente” a unos damnificados. Tan “provisional” era ese asentamiento que lo hicieron con unas casas rodantes tipo trailer. Luego, como el gobierno (varios gobiernos, en rigor) se olvidó de que había dejado allí a esa gente, cada quien comenzó a “consolidar” su casa, y el barrio se convirtió en permanentemente provisional (como tantas cosas en este pueblo grande) y también en uno de los más vulnerables durante unos 30 años. Con cualquier lluvia, algo se caía en esos terraplenes reventados de tanto C-4.

Tercera escena. En pleno tiempo revolucionario, en 2011, La Pedrera se desplomó casi completa y de la parte que quedó en pie nadie quería salir, aunque seguía lloviendo a cántaros. El propio comandante Chávez tuvo que ir allá a convencer a la gente de desalojar el lugar, para salvar sus vidas. Fue una escena dramática y, a su modo, bella, pues de allí nació la Gran Misión Vivienda Venezuela.

Cuarta escena. Muchas de las casas de La Pedrera fueron demolidas. Pero otras siguen en pie y –sé que nadie en Caracas se sorprenderá–, el barrio que debió clausurarse ha sido paulatinamente repoblado. Una vez más, la ciudad camina por la cornisa.

Quinta escena. Llegamos así a este incalificable 2020 y nos encontramos con una parte de la población de la ciudad cumpliendo estrictamente con las normas de confinamiento, distanciamiento y uso de mascarillas; mientras otra parte de la gente las viola flagrantemente, perreando de lo lindo en fiestas hasta el amanecer; tomando promiscuamente a las puertas (cerradas) de las licorerías; practicando deportes de contacto;llevando mal puesta la mascarilla o amparando en sus comunidades a personas que ingresaron por trochas.

El covid-19 crece en la metrópoli, y buena parte de la población parece estar muy relajada, jugando a la ruleta rusa.“Es que somos así”, dicen algunos, aunque no todos queremos entrar en ese nosotros.

Mis amigos sociólogos (algunos profesionales, otros amateurs) dicen que a las caraqueñas y los caraqueños nos han pasado tantas experiencias como las de las cuatro primeras escenas que nos hemos vuelto temerarios e imprudentes por naturaleza. Ello sin hablar de los episodios individuales relacionados con la violencia generalizada y la delincuencia; o los colectivos como el Caracazo, el 11 de abril, las guarimbas, el magnicidio frustrado y los apagones de 2019.

Con ese gran bagaje qué tiene de extraño que muchos de sus habitantes estén haciendo gala de su perniciosa tendencia al suicidio, que en este caso también es al homicidio. ¿Qué tiene de inesperado que Caracas sea una ciudad con la mascarilla mal puesta?

¿La queremos?

Un entrañable amigo a quien conocí en los años 80, decía muy convencido que a Caracas solo el maestro Billo la había querido bien, lo cual daba mucha pena, porque el director de la famosa orquesta era dominicano.

Mi amigo no podía tomarse más de dos cervezas, porque empezaba con ese tracatraca de la ciudad malquerida, que a nadie le importaba, a la que sus nativos le tenían rabia. En fin…

En las tertulias, a veces se animaba otro amigo, muy conocedor de música, quien refutaba la tesis de “Billo, el único amante se Caracas”. Decía que a esta ciudad le había cantado mucha gente, desde Conny Méndez hasta Ilan Chéster.

Al margen de la cuestión musical, era evidente entonces (y tal vez más ahora) que la urbe tiene sus adoradores y sus odiadores, como todos y como todo en este mundo. A mí me parece que hay gente acá que la quiere de gratis, y otra que hace unos formidables esfuerzos para quererla. Y creo que hay muchos –me incluyo– que oscilamos entre uno y otro grupo.

Es fácil querer a Caracas por su clima, por su montaña, por sus parques, por sus buenas gentes, por algunos de sus íconos arquitectónicos. Pero hay que tener muchas ganas de quererla para calarse sus desigualdades sociales, su transporte público, su anarquía contagiosa, sus malas gentes y también algunos de sus íconos arquitectónicos. ¿Usted en qué grupo se apunta?

Ciudad Ccs/Perfil Clodovaldo Hernández