EstoyAlmado | Vacantes para creativos

Manuel Palma

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Vivir de la creatividad no solía ser una opción hace 30 años. No al menos en Monagas, mi estado natal, que es cantera infinita de militantes de la renta petrolera. Si estudiabas era para adquirir una habilidad industrial, técnica o administrativa. Formabas parte de una legión que aspiraba a un futuro mejor sin apelar al valor social de la creatividad.

Eso era un asunto asociado al arte o la cultura. De comeflores que valientemente decidían culminar el bachillerato estudiando humanidades y no ciencias. De grupúsculos tildados sin piedad de excéntricos, bizarros y soñadores sin causa.

No había nada malo en ponerse creativo para decidir tu futuro fuera del lote. Simplemente no se sentía como algo seguro que te garantizara llevar el pan a la mesa. Además, no había muchas referencias. En el oriente del país Juvenal Ravelo, Mateo Manaure y Jesús Soto figuraban como raras excepciones que triunfaban con la creatividad como valor social. Había que admirarlos, no imitar su espíritu creativo.

Así las cosas, buena parte de mi generación creció con la idea de que la creatividad era un accesorio social, más que una necesidad para labrar tu futuro laboral. El éxito estaba exento de ser creativo, debíamos convertirnos en profesionales con énfasis en habilidades técnicas-cognitivas. En unos yuppies tecnócratas que le gusta el casabe y el cazón.

Con ese paradigma a cuestas, seguramente en primaria, sin darnos cuenta, vivimos lo que advirtió el estudio (1974) del influyente psicólogo Ellis Paul Torrance: más del 60% de los niños que empiezan el preescolar son genios creativos, pero después de pasar por todo el sistema educativo tradicional hasta llegar a la universidad, menos del 4% conservan el mismo potencial creativo de la niñez.

Es decir, el vetusto sistema educativo esquilma nuestra innata creatividad infantil. Y no importaba que llegáramos así al mundo laboral. No nos hacía mucha falta para prosperar.
Tal vez con la pandemia cambien las cosas. Un reciente estudio del Fondo Económico Mundial indica que la creatividad será una de las habilidades más demandadas en la etapa poscoronavirus. No es poca cosa lo que advierten: en el futuro (unos 15 años aproximadamente) la creatividad será un requisito sine qua non, algo imprescindible para trabajar.

No se trata de imitar a artistas consagrados, pintar garabatos psicodélicos en un papel, o volver a las andanzas de hacer un gurrufío con la tapa de la mayonesa. La creatividad será un valor primordial para adaptarse a las nuevas realidades que se avecinan. El pronóstico no proviene sólo del organismo mundial. Científicos, académicos y centros de investigación así lo confirman.

Eventualmente, los adultos podemos colearnos en esta nueva tendencia, y tratar de ser más creativos que Elon Musk. Pero el foco está en la nueva generación: los niños de la pandemia y su naturalidad con la erad digital.

Además de leer, escribir, comprender, hacer matemáticas, el relevo generacional está llamado a dotarse de mayor inteligencia emocional. A desaprender métodos convencionales del modelo educativo y abrirse a nuevos paradigmas, libres del aprendizaje ortodoxo de antaño.

Si lo vemos desde el escenario de la pandemia, tiene lógica. En un mundo de tanta hiperconectividad es probable que los niños de hoy sean adultos con entornos laborales distintos. De hecho, se espera que ellos sean responsables de la creación de nuevos trabajos que hoy no existen. De concretarse, será una etapa superior al actual llamado a reinventarse.

Por ahora no importa si los niños quieren ser ingenieros, doctores, abogados, astronautas, administradores o constructores. Según los pronósticos, en todas las áreas laborales se espera que sean más creativos, colaboradores, con pensamiento más crítico, negociadores, con una alta flexibilidad cognitiva y, sobre todo, más solidarios que caritativos (Ojalá).

Es decir, que tengan más actitud que aptitud. En el fondo, que sean más humanos que lo que nosotros hemos podido ser.

Manuel Palma | @mpalmac