VITRINA DE NIMIEDADES | La marca y el oficio

Rosa Pellegrino

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Rodolfo Walsh, periodismo militante. Gunter Wallraf, periodista indeseable. Ryszard Kapuściński, trotamundos. Arístides Bastidas, ciencia. Eleaza Díaz Rangel, historia y gremio. Ellos crearon un nicho para ejercer este oficio llamado periodismo; y sus nombres vinieron a mi mente cuando vi una oferta que no sé cómo calificar: un curso para construir la marca personal del periodista en tiempos de redes sociales.

Algunos de ellos no llegaron a experimentar la premura de tareas como el tuiteo en vivo, pero sí vivieron las presiones y desafíos naturales del mundo periodístico en tiempos cuando no existía el ayuda memoria veloz de internet. En muchas ocasiones, sólo con una máquina de escribir, lograron poner una huella imborrable que anhelan hoy cientos de periodistas en el mundo, presentes en las llamadas redes sociales y cuyo impacto se mide en cuántos seguidores alcanzan.

Sigue estando intacto ese deseo de plasmar una huella, aunque los tiempos no son comparables, lo sabemos. Y tampoco es equiparable la razón por la cual unos y otros se vuelven visibles. En “Operación Masacre” había un compromiso con una causa social y política; y en “La Ciencia Amena” la apuesta era hacer cercano un instrumento que había sido colocado en lo más alto del Olimpo de lo incomprensible.

¿Y es que esa intención no existe hoy en redes sociales? Existe, indudablemente. Hay iniciativas valiosas para hacer un periodismo distinto, pero con una presión agregada. La obligación de convertirse en una marca, y no precisamente por el trabajo en sí. Hay que codearse más de cerca con los principios del marketing y ganarse el afecto de un jefe más exigente que un editor: el famoso algoritmo.

Empieza uno a preocuparse cuando el sentido de su profesión toma un sendero que está más cercano al mercadeo. Y aunque deben convivir, el asunto es si más bien se está planteando una competencia con otros actores que tienen herramientas aparentemente más atractivas, que pueden resultar más creíbles aunque en el fondo no lo sean.

¿Qué puede resultar más atractivo? ¿Los consejos de un psicólogo servidos a la carta o un trabajo periodístico sobre depresión? ¿Las palabras en directo de un político o una crónica sobre un mitin? ¿El video de un influencer o una nota informativa sobre esa pieza audiovisual? Depende, pero pareciera que las distancias se acortan entre fuentes y públicos, por lo que la mediación periodística para algunos no tiene sentido.

Mas, para desgracia de aquellos que quieren ir a los funerales del periodismo, vivimos tiempos que han ratificado la necesidad de contar con reporteros con agudeza y capacidad interpretativa, editores capaces de poner a un redactor contra las cuerdas y medios listos para entender nuestras realidades en contexto, en la época de la información reducida a cápsulas.

Ese es el sello distintivo de una profesión, como ya sabían Walsh, Wallraff, Kapuścińsk, Bastidas o Díaz Rangel. La única marca que toca rescatar es la del oficio indispensable para entender el mundo en el que vivimos, la apuesta de un oficio que ha surfeado con sus propias herramientas las olas tecnológicas.

Rosa Pellegrino | @relenapg