HORIZONTE DE SUCESOS | Dicotomía

Heathcliff Cedeño

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El conocer es el corazón
mismo del ser
Delacroix

Es frecuente que en distintos escenarios de la vida se presenten las mismas discusiones estériles de antaño. Hasta ahora no se sabe su utilidad, pero las “disputas” más comunes se dan entre los que defienden las ciencias y los que están del lado de lo espiritual. Una de estas posturas es más insoportable que la otra, toca identificarse con un bando para saber cuál es.

Cada vez que se suscita una discusión de este tipo se puede imaginar una escena donde alguien con una bata de científico y otro con pinta de esotérico defienden su posición con ademanes que denotan el calor de la conversa; lo más probable es que cada uno tenga razón y al mismo tiempo no.

En estas controversias no vale estar en el medio tratando de conservar una actitud mediadora; tampoco estar de acera en acera para tratar de unir estos dos extremos imposibles, porque, por más que se logren hipócritas acuerdos en el momento, no es posible una reconciliación entre los “crédulos tecnófilos y los tibetanos artificiales”.

Finalmente, quien tironea de estos dos extremos es el ser humano, el tiene en una mano la realidad cósmica y en la otra la atómica; trata de juntar las palmas para buscar un punto de contacto, pero no puede. En este caso el sentir y el pensar son extremos que no se tocan. ¿Por qué estallan repetidamente disputas acerca de la interrelación exacta entre estos dos aspectos de la actividad vital del ser humano?, se pregunta Évald V. Iliénkov.

La tarea de tratar de juntar estos polos resulta difícil porque la relación que existe entre lo material y lo espiritual es de competencia; ninguna se quiere dejar solapar por la otra. Esto es así desde que se asumió que la dualidad es un opuesto. Quien pensó que la noche era lo contrario al día no se dio cuenta de que ambos eran cualidades del tiempo, de un continuo.

Lo racional, lo que se puede medir o pesar con aparatos es una base sólida para afirmar que la realidad es un hecho científicamente comprobable; sin embargo, nada de esto es posible sin la emoción que lo sostiene; la afectividad es el principio de todo pensamiento.

No es el ser humano el que está dividido, es su pensamiento el que quedó seccionado y nadie sabe por cuanto tiempo más seguirá así. Lo cierto es que al parecer el culpable de todo esto es René Descartes, el que le dio un machetazo al pensamiento y lo dividió en dos. Pero, ¿pensó este filósofo francés en las consecuencias de dividir el mundo en res cogitans y res extensa?

Hasta el momento la única certeza que tenemos es que Descartes respondió a las necesidades intelectuales y materiales de su época. Nos toca a nosotros responder a la nuestra y no es mala idea tratar de juntar las piezas que dividieron el pensamiento.