CARACAS EN ALTA | “Caracas no me merece”

Nathali Gómez

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Hace muchos años, en una conversación cualquiera con un grupo de amigos, un conocido hablaba de lo bien que se sentía con la pinta que había escogido la noche anterior para rumbear. Nos dijo que se miró al espejo y que soltó: “Caracas no me merece”. Todos nos reímos de su performance. Más allá de las carcajadas, tal vez pensamos que era una buena frase que recogía ese reproche que siempre le hemos hecho a la ciudad, aun sin salir de ella.

Quienes hemos creído que Caracas no nos merece, le hemos atribuido una serie de características tangibles e intangibles que apuntan a convencernos de que nuestra percepción es irrebatible. En esa comparación, bastante injusta, con ese ideal de otras ciudades, la hemos puesto a participar con sus peores fichas: “ingobernable”, “caótica”, “peligrosa”, “inhumana”, “sucia”, “descuidada”, “anárquica”, “fea”, “intransitable”, “cruel”, “atrasada”. Después de agregar más y más elementos a una lista interminable, y tal vez pensando que fuimos excesivamente duros, decimos que, a pesar de todo, “Caracas no me merece pero igual la quiero”.

Este escrito no pretende homogeneizar la visión sobre la ciudad, cuestionar las miradas que cada uno tiene o tratar de que nos reconciliemos con ella en la semana del aniversario de su atropellada fundación. No es el tono. Tampoco la propuesta se centra en la búsqueda de ese camino casi borrado por el tiempo, y que solo conocemos por crónicas y fotos, de la “Caracas de los techos rojos” con callecitas entrañables. Es parte de nuestra historia patrimonial y sentimental pero no siempre nos arroja las respuestas que queremos para lo que tenemos en frente.

Una primera manera de acercamiento con esa ciudad mental que hemos construido es rebotarnos la pregunta de por qué no nos merece. Las respuestas pueden no terminarse ni dejarnos satisfechos porque las razones saltan a la vista: no se pueden edulcorar los problemas concretos de Caracas. Todos queremos que sea “más habitable”, que se cumpla eso del “buen vivir”. Sin embargo, a esta altura, también es válido no tratar de concebirla únicamente como algo externo que depende de la gestión de sus autoridades y del comportamiento de los otros. Es una parte importantísima que condiciona sus dinámicas y su orden, lo sabemos, pero no es el todo. Nuestra relación es más íntima, con menos intermediarios. Es el primer esbozo de nuestra identidad.

En el paso de nuestras vidas por Caracas, hemos visto y sentido, una y otra vez, las heridas abiertas que han dejado sus entrañas a la vista. Lentamente, y en varias épocas, se han cocinado los ataques que hemos sufrido para hacer que desistamos y que cortemos ese vínculo fundamental que tenemos con ella, aun estando en ella. Ha sido un proceso difícil y largo que, aunque no comenzó con nosotros en este siglo, se ha radicalizado en estos últimos veinte años.

Empezar a desmadejar esta relación tan compleja exige ir más allá de las frases automáticas de aceptación condicionada. Es una revisión de quiénes somos, de qué estamos dispuestos a hacer por Caracas, de cuál es nuestra búsqueda, de qué vamos a exigirles a los demás. Es una oportunidad para pensar que nuestra visión de la ciudad también puede ser una proyección de nuestro estado de ánimo, de nuestras insatisfacciones. Es un reproche que le lanzamos y que algunas veces se nos devuelve. Es un buen momento para detenernos a ver cómo vamos a mantener encendido el fuego del arraigo, de la pertenencia, aún con el viento en contra.

Nathali Gómez | @laespergesia