Abogada por insumisa: la voz de Giséle Halimi. In memoriam

0

¿Cómo habla una mujer violada? ¿Qué cambia en ella? ¿Cómo es un juicio de violación? ¿Qué siente una mujer que ha sido ultrajada en un despacho, en una medicatura forense, en una sala de juicio? Para Giséle Halimi esa era una cuestión mayor. Pensar, por ejemplo, que siempre que ocurre una violación empiezan tantos cuestionamientos a la víctima sobre dónde estaba, qué ropa tenía, qué hora era, qué relación tenía con el agresor, qué hábitos tenía, que si era virgen, que si era bella…, tantos que finalmente Halimi explicaba que con ese mal hábito terminan siempre por concluir que la víctima de una violación es culpable de su violación por tantas razones, que lo es hasta por existir.

¿Es la cárcel de los culpables la manera de hacer justicia para los inocentes? Ella pensaba que probablemente no. Sin embargo, descubría que había algo que se develaba cuando la sociedad francesa –donde ella ejercía- pedía y exigía cárcel para todos los delitos pero no para la violencia de género. Abusar de una mujer o violarla aparecía todavía en los años setenta u ochenta como un asunto menor.

Hoy se ha ido Giséle Halimi, se ha retirado a otro plano a los noventa y tres años con un día. La memoria de esta mujer quedó escrita en la historia del feminismo donde visiblemente acompañó a Simone de Beauvoir a quien arrastró a sus litigios y con quien fundó asociaciones civiles. Fue una mujer que ejerció sin subir el tono de voz, sin perder el humor y que siempre reivindicó que la lucha por la justicia era una cruzada contra la hipocresía.

Por ejemplo, en el Proceso Bovigny y en las entrevistas que tuvo sobre ese tema, antes de hablar sobre el aborto y su necesidad, partía siempre afirmando que ella había abortado tres veces, que ella había parido tres veces porque ella había se había dado para sí, el derecho a escoger que le era negado a las mujeres obreras que terminaban presas por abortos.

Por eso, para defender a Marie-Claire que era una adolescente de dieciséis años embarazada por una violación –que no era un delito- que estaba sentada en un tribunal defendiéndose por haber cometido el crimen de aborto, la primera estrategia que usó Giséle fue la empatía y la segunda, fue una escandalosa honestidad.

Yo he abortado y muchas más también, dijo. Yo soy una mujer, una abogada, una salope (una puta), como lo somos la mayoría de las mujeres para un sistema donde en el sexo sólo se embarazan mujeres, sólo mueren por aborto las pobres y las que sobreviven, si alguien delata, son sentadas delante de seis u ocho jueces, hombres, sin úteros, para que debatan que debía hacerse en una situación que ninguno de ellos podría vivir.

Siguió por esa línea diciendo que el debate del aborto se daba porque antes no se quiso debatir la contracepción, al tiempo que se callaba que todas las mujeres lo hacían. Por ejemplo,-decía- lo hacen las esposas de los diputados y con más frecuencia, las amantes de los diputados.

Por ello, ella vio que el nudo del problema de las leyes y muchas veces de la injusticia, es que las sociedades arrastran una mezcla de hipocresía, secretos, culpas y fobias.

Es esa misma hipocresía la que vio y denunció en los combates más grandes que tuvo en su vida. Siempre del lado de defender a la gente incluso si tenía que acusar a los Estados, incluso a los que se la dan de humanistas como Francia, de practicar la tortura de los adversarios y el castigo colonial sobre los pueblos.

Hoy, en Francia se desbordan los homenajes a esta mujer y hasta el Presidente Macron la menciona en sus redes sociales como una “republicana”. Es cierto, que Halimi se hizo francesa, tanto que ocupó cargos oficiales pero nunca dejó de ser tunecina y no lo ocultó nunca. Siempre volvió a su tierra natal, nunca dejó de pelear contra el colonialismo ni de aclarar que su pelea contra el patriarcado no era una pelea contra los hombres.

Giséle fue una niña que hizo una huelga de hambre para que la dejaran aprender a leer, una niña que su padre escondió cuando nació porque quería un varón pero que después la defendió en todos los escenarios porque ella era “su” niña. Giséle fue una mujer que abortó que fue madre, tres veces, de tres varones y no buscaba espacios de homosocialización. Defendía la construcción de otros espacios posibles, en una lucha que llevó bajo la defensa permanente del optimismo que consideraba el motor para “no resignarse nunca”.

Yo recordaré toda mi vida la primera vez que leí su nombre, buscando antecedentes de juicios contra la tortura y descubriendo algunas cosas que me impactaron profundamente. Por ejemplo, su particular manera de pensar que en la búsqueda de la justicia ni las personas ni los pueblos pueden rendirse; que cuando las leyes no son justas hay que ir a un tribunal y si estos fallan, hay que ir a la prensa y si esta no acompaña, hay que abrir los caminos para entrar en la consciencia, de las personas y de nuevo, de los pueblos.

Hoy, esta mujer se despide, demostrando que el mundo es un espacio que puede cambiarse si una está dispuesta a no rendirse nunca, a asumirse vulnerable, a acompañar desde lo humano y a negarse a todas las trampas que sugieren que las cosas no pueden cambiar.

Ella, cuyos quince libros no son conocidos como los de sus grandes amigos Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir, ni porque las portadas se las pintaba Pablo Picasso, deja su nombre escrito en manifiestos, resoluciones de tribunales de conciencia, leyes de la República Francesa y sin duda, en muchos abogados y abogadas de las causas difíciles, como las que ella siempre prefirió.

Ana Cristina Bracho