ARRIMANDO LA BRASA | Paren el mundo, que queremos bajarnos

Laura Antillano

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El reto que debe asumir la escuela con la imposición del peligro del coranovirus es, en gran medida, la de dilucidar cuáles son las necesidades reales de sus alumnos, en las que su ejercicio pedagógico debe ser definitivo.

La enseñanza de la lengua requiere de una revisión en este sentido, y es el momento de hacerles ver, que el lenguaje es un código de comunicación fundamental, tanto para ser entendidos por otros como para ayudarse a entender a sí mismos. Vincular a niños y adolescentes al lenguaje para expresar su propia perspectiva de sí y su entorno no es fácil, vale la pena ejecutarlo.

Mis exalumnos universitarios profesores de la escuela media, o universitaria, relatan la experiencia de estos meses de cuarentena, como una tarea que les ha obligado a afanarse con más bríos que el aula presencial, y los padres ayudando a sus hijos pegan el grito acerca de lo mucho que tienen que trabajar al respecto, si es verdad, todos aplicados a la tarea, las cosas tienen que salir mejor.

Cuando oralmente contamos algo, ordenamos la estructura de lo dicho, para transmitir nuestra percepción, esa experiencia es terapéutica en varios sentidos y nos crea un vínculo con el lenguaje. Estamos explicando para los otros y para nosotros (es también lo que hace un artista a otro nivel, al llevar a cabo su obra, se explica a sí mismo y a los otros lo que siente y piensa).

La escritora Ángela Pradelli cuenta que en 1998 en un Congreso de Mujeres Escritoras en Argentina, Yukiko Kato (nacida en Japón pero pasó la mayor parte de su vida en China), habló de las campesinas chinas a quienes se les prohibía aprender a leer en la antigüedad, entonces crearon un lenguaje secreto a principios del siglo XVIII, el nushu, plasmaban los caracteres en los bordados en las mangas de los kimonos, en los abanicos, escribían sus historias y se transmitía a las otras generaciones femeninas, hasta 2004, cuando murió la última mujer con ese conocimiento, dado que su descendencia no la quiso aprender (probablemente porque ya no la necesitaban). Ese relato impactante refleja la necesidad humana de comunicar lo vivido.

No es fácil convertir en palabras lo vivido. Hace pocos años, una mañana fui a sacar el carro del garaje del edificio, resultó imposible porque había una gran concentración en la entrada al liceo continuo al portón. Salí a ver y me conmovió el gentío tristísimo que se apiñaba en silencio, adultos y muchachos. Algunos me explicaron que había muerto un niño de 12 años, porque se había caído del autobús, (iba colgado en una de las puertas), y el mismo autobús lo había atropellado. Aquella tragedia me conmovió al punto de que me sumé a la gran poblada que conducía adelante el ataúd hasta el cementerio cercano, en Naguanagua. Todos esos padres ensombrecidos, el mundo en silencio, una sola fila de dolientes, parábamos el tráfico sin palabras. Las puertas del cementerio y la angosta acera no permitieron mantener la procesión, al llegar nos arrimamos a los árboles de la isla intermedia de la calle, hasta que el proceso terminó. Esa situación volcó mi interés en la presencia del liceo y sus alumnos, tan cerca y en las tragedias del cada día que ignoramos.
Todo lo que sabemos sobre el covid19, nos sensibiliza, nos lleva a pensar cambios que hace un año, o menos, no hubiéramos pensado. Es nuevo lo que hagamos con la enseñanza, y debe estar conectado con la realidad del colectivo del mundo.

Recuerdo una consigna de juventud, en la época del Poder Joven: “Paren el mundo, que queremos bajarnos”. Como adultos sabemos que no hay vuelta atrás. A trabajar.

Laura Antillano