Diario de un joven artista en cuarentena

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Los días posteriores al anuncio de la cuarentena, estuve unas semanas en estado de inacción, desánimo y tristeza.

Vine a Caracas para continuar mi formación musical. En febrero alguien que fue especial para mí me regaló una libreta con una frase del poeta Gustavo Pereira: “Solo tú y yo sabemos lo que significa esta caricia discreta“. Más que el objeto, creo en las palabras.

Luego de unas semanas elaboré una lista de tareas que, con el pasar de los días, se fue convirtiendo en un diario. Ya no eran actividades, sino emociones.

> 19 de abril. He comenzado a memorizar un poema de la escritora Emily Dickinson, quien vivió gran parte de su vida en una cuarentena voluntaria. El poema se titula Hope is the thing with feathers. Terminé de leer Santo Oficio de la Memoria del escritor Mempo Giardinelli. Me he maravillado con la historia de algunas palabras como “mafia“, que es formada por las iniciales del grito Morte Alla Francia, Italia Anela, pronunciado por un muchacho siciliano en el siglo XIII, quien resultó asesinado por defender a su amada, violada por un militar francés.

> 20 al 26 de abril. He decidido organizar mis estudios de contrabajo, he tocado varias escalas, he aprendido los acordes básicos en el piano, todo con la idea de hacer más productivo mi tiempo en cuarentena, puesto que los días pasan rápido, pero el vacío en ellos permanece. Hoy fui al mercado, que queda a cinco cuadras de casa. Es mi única salida. Nunca pensé lo placentero de visitar un mercado. Estar aquí, bajo estas circunstancias, me hace sentir perdido.

28 de abril. Los casos de coronavirus siguen en aumento, mi tía está muy asustada, hoy le ha fallado la respiración. En el fondo yo también tengo miedo, ya vamos para dos meses de cuarentena. Me siento angustiado, extraño a mi exnovia, su conversa. Mi tío no está mejorando. Han tenido que ir al hospital muchas veces, me siento culpable por no estar con ellos apoyándolos. Lo que más me duele de la pandemia es el simple hecho de distanciarnos de las personas que amamos, sentir impotencia e incertidumbre. Dice mi tía-abuela que “la vida nos pone en el lugar que debemos estar“. Hoy me siento conflictuado.> 30 de abril. No estoy durmiendo bien, me acuesto a las 12 am, me despierto a las 3 am. La mayor parte del día me siento desolado. ¿Estoy avanzando en mis proyectos? –me pregunto– ¿son realmente míos? Siento que voy perdiendo el amor por las cosas que me apasionan.

2 de mayo. He comenzado otra pieza de piano: Infancia, obra del maestro Gerry Weil. La he escuchado y me ha gustado mucho, me hace sentir nostalgia, es una pieza que te invita a viajar al pasado, a recordar la ternura e inocencia. Tal vez sea eso lo que más hace falta en estos momentos. Al pensar en mi infancia, viene a mi mente aquel afiche que esta colgado en el comedor de mi casa. Es una obra de Karen Apple, titulado The happy world of the animals. Mi madre me solía decir lo siguiente: “Karen Apple es un artista que nunca dejó de ser niño“, quizás esa es la respuesta.

A partir del día 5 de mayo, en el cumpleaños de mi padre, mi tío fallece, de allí me vine en caída libre. Para mí esta cuarentena ha sido un duelo, una etapa de profundos cambios, de un continuo cuestionamiento, entre los hechos del denominado “guayabo”, la puesta en pausa de mis proyectos, el distanciamiento de seres queridos. Esto me llevó a resignificar muchos términos, a cuestionarme la forma en que nos relacionamos los seres humanos.

Comencé a leer artículos acerca de relaciones, amor, amistad, de los roles del ser hombre y ser mujer, el perdón, la angustia la ira, entre otros tópicos, los cuales son motivo de largas conversaciones con mi tía-abuela de 88 años. Tal vez estos sean los momentos placenteros de esta cuarentena. Es un privilegio poder compartir y confrontar la visión del mundo de un ser que ya ha vivido su historia. Ella tiene recuerdos, memorias; yo, en cambio, tengo sueños y esperanzas.

Ella dice que “podemos causar un gran daño con las palabras, incluso más que el físico, ya que estas permanecen resonantes en nuestra memoria”.

Todo duelo es un cambio, el mundo esta cambiando, observo con asombro ese tan publicitado egoísmo disfrazado de “amor propio” que ofrecen los psicólogos en las redes sociales, esas pequeñas frases que se dejan a libre interpretación y que están generando tanto daño, carentes de contenido y sobre todo de amor. Sin embargo, son compartidas y aceptadas por millones de personas.

En medio de la pandemia abrí un “Tinder“, una aplicación que sirve para ligar. Al entrar allí encuentras una galería de fotos. Quien te parezca atractiva le das un Like. Algunas personas ofrecen servicios sexuales en dólares, otras venden fotos de sus pies. La mayoría no es así, pero dicen cosas del tipo “la cuarentena me hizo hacer esto”. Es como jugar un bingo, eso sí, a mejor físico mayor probabilidad de ligar. Luego de 15 días cierro mi tinder. Las frases y conversaciones de sus usuarios suelen ser de dos o tres palabras, casi monosílabas al borde de la onomatopeya.

Mi generación le tiene miedo al dolor, somos como los personajes que habitan en Farenheit 451 del escritor Ray Bradbury, la imagen es lo único importante.

Algunos días pienso, y hasta llego a creer que me he equivocado al escoger ser artista. Sufro de constantes cambios de humor que suceden en determinadas horas del día. También hay lágrimas, porque no siempre se tienen todas las respuestas. A veces se llora por las cosas que no fueron, pero ahora también se llora por las que aún no han ocurrido, sin embargo, el tiempo y la memoria transcurren indiferentes ante los hechos del día. Cuando decidí escribir, no tenía idea de cómo empezar.

En mis diarios pude establecer una línea de tiempo. A veces me sorprende esa capacidad de olvido que suelo tener acerca de mis sentimientos y pensamientos en estos últimos cuatro meses de encierro.

Hoy escribir mi diario, más que un hábito, es una necesidad.

Ciudad Ccs/Zorian Ramírez Espinoza