La alegría es una cosa seria

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Toda alegría es así: ya viene envuelta en el fino papel de una tristecita, escribió Millor Fernandes, un brasileño que supo arrancarles sonrisas a sus compatriotas, aun sobre temas y en tiempos muy difíciles.

¿A cuenta de qué le dedicamos una página a la alegría en un año tan horrible?
Bueno, precisamente por eso, porque la alegría es hoy, más que antes, un artículo de primera necesidad, algo así como una mascarilla para el alma. Pero también lo hacemos porque en esa onda de decretar días mundiales, el 1 de agosto es el de la Alegría. La idea fue del colombiano Alfonso Becerra, quien la propuso en 2010. Comenzó en unos pocos países, pero ya se le considera una celebración globalizada.

¿Qué debe hacer uno en el Día Mundial de la Alegría? Bueno, pues, alegrarse –faltaría más–, aunque no garantizamos que funcione porque parece ser que esa facultad solo la tienen los alegres, o sea que pasa lo mismo que con la plata: para los ricos es facilísimo hacer más dinero, mientras a los pobres se les va la vida tratando.

El saber popular lo resumió en un refrán que el dicharachero Luis Herrera Campíns le dedicó una vez a su rival, Luis Piñerúa Ordaz (un señor con cara de úlcera péptica): El que nace para triste, ni que le canten canciones.

La alegría ha sido un tema de discusión desde tiempos antiguos, sobre todo por gente que no la experimenta a menudo, es decir, por los taciturnos y los amargados, pues los dichosos no se dedican casi nunca a reflexionar sobre su estado de ánimo. ¿Para qué?

Sobre esa paradoja escribió nada menos que Arthur Schopenhauer, considerado el filósofo del pesimismo. En su regla número 13, sentenció: “Cuando estemos alegres, no debemos pedirnos permiso para ello con la pregunta de si tenemos motivo para estarlo”.

Schopenhauer estaba como hecho a la medida para hablar del tema, porque era fiel creyente de que, como dice el tango Cambalache, “el mundo fue y será una porquería”, pero no desperdiciaba oportunidad para gozar. Se la pasaba de rumba en rumba.

Otro alemán, Friedrich Nietzsche, puso el dedo en la llaga al opinar sobre la contradicción que con frecuencia existe entre saber mucho y sentirse bien. “Quien es muy alegre debe ser un hombre bueno, pero quizá no sea el más inteligente, aunque logra aquello a lo que el más inteligente aspira con toda su inteligencia”.

Los filósofos antiguos comparaban la alegría con la locura. Debe ser porque la gente cuando está alegre hace cosas que se consideran locas, entre ellas ilusionarse demasiado con eventos que aún no han ocurrido, como le pasó al jibarito del poema Lamento borincano, de Rafael Hernández, que salió loco de contento con su cargamento para la ciudad y terminó llorando sin consuelo.

Spinoza, un pensador que se esforzó por enaltecer al ser humano (tan degradado al rango de miserable pecador por las religiones, durante la Edad Media) dijo que con la alegría, el hombre pasaba de un estado de perfección menor a uno mayor (solo como dato: Spinoza fue excomulgado de su comunidad judía en Amsterdam, pero ese es otro tema).

Algunos dicen que la alegría es algo así como una pariente pobre de la felicidad (que también tiene su día mundial, el 20 de marzo) y, como tal, es mucho más accesible y menos pretenciosa. Por eso es más sencillo declararse alegre que feliz.

Tampoco faltan los aguafiestas científicos que reducen la cuestión a una cadena de eventos bioquímicos del cerebro y ciertas glándulas endocrinas. Son esos que dicen que las corrientes de sensaciones gratificantes que nos inundan con el sexo o con las gracias de un bebé no se diferencian mucho de las que se producen al comernos un chocolate.

Y si de aguafiestas hablamos, allí están los que dicen que la risa, supremo emblema de la alegría, es en realidad un gesto de dominación propio de las fieras, y nos remiten a los perros que pelan los dientes para ejercer su poder sobre otros perros o sobre los humanos.

Ni hablar de los psicólogos que han clasificado las alegrías en tres grandes grupos: las auténticas, las falsas y las patológicas. Entre las primeras están las que surgen naturalmente del estado de ánimo de la persona y las que se producen en respuesta a un estímulo externo, como un gesto amable o un chiste. También son auténticas las alegrías que nacen de satisfacer una necesidad, recibir o adquirir un bien. Las llaman alegrías hedonistas.Igualmente es verdadera la alegría que experimentamos al alcanzar una meta personal o grupal.

Entre las falsas alegrías aparecen las de los hipócritas y los cínicos, que casi siempre son detectables, salvo cuando se trata de actores consumados. Seguramente usted conoce alguno.

En el subgrupo de las alegrías patológicas están las que caracterizan a enfermedades como el trastorno bipolar, la esquizofrenia y ciertas psicosis. Suelen ir acompañadas de extravagancias, verbosidad, aceleramiento general, delirios de grandeza y conductas imprudentes. Estos síntomas surgen espontáneamente si la persona está enferma, pero en gente sana se asocian al consumo de licor o drogas. Ya lo dice el tema de Buena Fe: “falsa como la dicha que acuna el alcohol, a la que la resaca castiga después”.

Entre las formas enfermizas están la paratimia, que es una alegría fuera de lugar (un ataque de risa en medio de una tragedia personal, por ejemplo); y la moria, una forma de alegría permanente, sin atender a los contextos, que se presenta en personas con cáncer cerebral y otras enfermedades.

Bueno, no faltará quien diga que la alegría es tan sabrosa y, en algunos casos, tan difícil de conseguir, que hay que aceptarla aunque haya motivos para presumirla falsa, o a pesar de que –como dijo Millor Fernandes– venga envuelta en lágrimas.

Inmejorable Benedetti

Sobre la alegría se han escrito odas y tesis doctorales, pero una visión inmejorable es la de Mario Benedetti, quien propone defenderla “como una trinchera/ defenderla del escándalo y la rutina/ de la miseria y los miserables/ de las ausencias transitorias y las definitivas”.

Con esa capacidad tan suya para cantar a lo íntimo y a la vez a lo social, el poeta uruguayo convocó a “Defender la alegría como un principio/ defenderla del pasmo y las pesadillas/ de los neutrales y de los neutrones/ de las dulces infamias / y los graves diagnósticos/ defender la alegría como una bandera/ defenderla del rayo y la melancolía/ de los ingenuos y de los canallas/ de la retórica y los paros cardíacos/ de las endemias y las academias”.

Irreverente y elegante, deja claro que no propone una alegría permanente y bobalicona: “Defender la alegría como un destino/ defenderla del fuego y de los bomberos/ de los suicidas y los homicidas/ de las vacaciones y del agobio/de la obligación de estar alegres/ defender la alegría como una certeza/ defenderla del óxido y la roña/ de la famosa pátina del tiempo/ del relente y del oportunismo/ de los proxenetas de la risa”.

Y finaliza, magistralmente: “Defender la alegría como un derecho/ defenderla de dios y del invierno/ de las mayúsculas y de la muerte/ de los apellidos y las lástimas/ del azar/ y también de la alegría”.

Ciudad Ccs/Clodovaldo Hernández