LA ARAÑA FEMINISTA | Ni brinconas, ni hijas de malas madres

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En el piso, con la mirada gacha, mientras oyes noche tras noche narrar el horror que vivió, llegas a habitar lugares donde las emociones parecen no existir. Te quedas vacía. Hay algo punzante que se oculta detrás de una mirada lejana y de una mandíbula siempre contraída. Es como si todas las palabras se aglomeraran de golpe en la garganta. Duele mucho, en todos lados, tanto que tu corazón se acostumbra a latir con más violencia sin que puedas hacer algo para desacelerarlo. Resulta que te han dado en el núcleo.

Suceden las entrevistas, los peritajes forenses –físicos, psicológicos/psiquiátricos- donde pueden toparse con un profesional que revictimice a ambas. Es a ella a quien le toca demostrar los hechos. Verificas que la cultura machista no la imagina sobreviviente, por tanto espera el espectáculo del llanto, el claustro, algún moretón que evidencie que sí pasó; cualquier indicio que satisfaga el morbo colectivo. Solo es la continuidad de la violencia.

Inicias el recorrido para que sane y no despierte cada noche entre gritos y llanto con la certeza de que él se encuentra en su cuarto. Descubres que existe algo que se llama Parálisis de Sueño y las lágrimas se te ocultan al punto de no encontrarlas. La hiper-sexualización te confronta, la confronta a ella, quien se descubre negada, desfigurada.

Con la prueba anticipada vuelves a escuchar su testimonio, pero esta vez frente a la defensa del perpetrador, quien mira a tu hija con desdén y espera cualquier oportunidad para culparla o avergonzarla. A través del relato visualizas escenas espantosas, tan sórdidas que una de ellas es bloqueada por tu cerebro para protegerse. Una daga perfora incesantemente tu vientre. Ella termina la narración. Todo queda en silencio. Te levantas y sales un momento. Un estallido. El sonido rompe la barrera de esas palabras aglomeradas. El llanto se desborda.

El círculo de apoyo del agresor difama y humilla a tu hija por todos los medios. Masticas la indignación, la rabia, la impotencia de escuchar “pero él se veía tan bueno”. Corroboras que el victimario es la víctima siempre y cuando se trata de violencia de género. Que el depredador tiene carta blanca para acechar y consumar, porque siempre hay algo que lo justifica, que simbólicamente legaliza su apropiación. Se imponen los mandatos señoriales, una víctima es víctima en tanto sea “buena” y “decente”, ni las “brinconas” ni las hijas de las “malas madres” parecen merecer vidas libres de violencia. Mientras tanto esperas por la sentencia y que se haga justicia.

Como me decía una amiga: “La cultura patriarcal sigue enseñando que nuestros cuerpos no nos pertenecen, sobre todo cuando son usados sexualmente; por eso el silencio es la apuesta más cómoda para no enfrentar todas estas crisis que detonan cuando se decide denunciar …sin embargo, apostamos por continuar estos caminos legales como mecanismos civilizatorios que nos alejan de la barbarie”.

Ciudad Ccs/Gabriela Barrada