MONTE Y CULEBRA | Leer, escribir y otras cosas

José Roberto Duque

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Entre los muchos personajes heroicos que he encontrado en mi tránsito por el país profundo, recuerdo a David Moreno, venezolano singular a quien conocí un mes y medio antes de su muerte. Este caballero era arpista de méritos, de los más notables del llano venezolano. A temprana edad (sus cuarenta) comenzó a padecer de artrosis degenerativa múltiple; sus dedos se fueron convirtiendo en un enredo de nudos y dolores hasta que ya no pudo interpretar más su instrumento. Ah, pero el hombre ya los fabricaba; los últimos cuatros, bandolas y arpas que logró construir el David en su precario rancho de Ciudad de Nutrias en el borde entre Apure y Barinas, se vendieron y se exhiben en los llanos colombo-venezolanos como objetos de culto, son piezas únicas con el sello David Moreno.

La enfermedad avanzó con sistemática crueldad y ya David no pudo tampoco construir más piezas. Pero David tenía un arma secreta: de tanto tocarle a Reinaldo Armas, El Carrao de Palmarito y Omar Moreno, y de tanto parrandear y contrapuntear en esas sabanas, se le había desarrollado una voz cerrera y una capacidad para crear coplas al vuelo.

Había otro problemita: David era analfabeto, no sabía leer ni escribir. Pero para eso también tenía una solución: como no podía copiar sus poemas y versos, se los aprendía de memoria. David Moreno, compatriota fallecido a los 56 años en noviembre de 2014, fue el único poeta ágrafo que he conocido. Grabé alguna de sus creaciones (en youtube subí algún video). La metáfora y testimonio que quiero rescatar, rumbo a los párrafos que siguen, es: la poesía está en el cuerpo y en la vida de la gente. Esos garabatos que algunos garrapatean y que se llaman poemas son el producto residual de la poesía. Pero la poesía reside en otra parte, no en la escritura.

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Hace unos días, durante la recién finalizada Feria del Libro de Caracas, un par de graciosos se encargaron de “recordar” un episodio imaginario, en el que yo decía que leer era malo. Y como ahora en la Feria andábamos recomendando la lectura de algunos libros y proponiendo unos ejercicios para hacer calistenia en el acto de escribir, estos amigos invisibles me echaron en cara una acusación que también han convertido en monstruosa: “contradictorio, falto de coherencia”.

Ser contradictorio e inconsecuente seguramente es malo. Pero peor debe ser asumir el rol de paladín defensor de la lectura y tener problemas de comprensión lectora, o mala intención. Leer lo que uno escribe y ponerlo a uno a decir cosas que no dijo puede ser una simpática falta a la verdad o una jugada sucia. En cualquier caso, vale la pena salirle al paso de vez en cuando.

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Durante un buen rato estuve jurungando la polémica en torno a una cuestión que alguna gente quería o quiere instalar como verdad única e inamovible: el mito o leyenda intelectualosa según la cual las personas que se dedican a leer y escribir son “mejores”, más respetables, inteligentes o mejor informadas que las que no lo hacen. El fetiche de la palabra escrita e impresa, que (por cierto) tiene origen medieval, se afinca en la creencia de que el saber, la ética, la decencia y “la cultura” reposa en esos objetos que son los libros.

Ese origen ya revela que el elitismo y los aires de superioridad moral impregnaron a la lecto-escritura de una falsa cualidad, que relegaba o reducía a los trabajadores, a los pobres del mundo, a la oscuridad y a la tremenda acusación de ignorancia, bestialidad y corrupción: el que roba, viola y mata es porque no lee. Sí, cómo no.

Con el tiempo esa creencia ha tendido a consolidarse o a mutar hacia formas más elaboradas del mismo insulto originario: si usted no le dedica tiempo a la lectura y a la escritura, entonces usted es inferior o de menos calidad que el que sí tiene el hábito de la lecto escritura. Hay agregados: “Ahora que la educación es gratuita” es más imperdonable aún no formarse en la academia. Pero ese es un asunto posterior; lo que condena y convierte en sospechosas a las personas es no dedicarle tiempo a leer.

De paso, el enorme poder de los memes ha instalado en un segmento del navegador de redes sociales un decir, convertido en titular de un artículo muy difundido: “Quien no sabe leer no sabe escribir, y quien no sabe escribir no sabe pensar”. Así, el ciudadano que no tiene tiempo ni ganas de entregarse a la lectura y a la escritura, no solo es bruto o idiota (las acusaciones tradicionales) sino que, además, no está dotado de la cualidad humana del pensamiento.

Apartemos el tema del derecho que tiene cada quien a considerar que la actividad a la que se dedica es la más importante, trascendental y útil para la sociedad. Pero afinquémonos, sí, en el hecho de que nadie está obligado a adoptar esa actitud: yo leo y escribo y creo que es lo que más he hecho en la vida, pero eso no me obliga a decir que esto es lo más importante que puede hacer un ser humano con su tiempo y con su vida.

En condiciones “normales” (esa normalidad capitalista de la explotación) un campesino u obrero explotado de cualquier campo o ciudad pasa más tiempo en el transporte público y en su lugar de trabajo que el que le dedica a su familia. En la tarde o en la noche, al llegar a casa, algo de la energía y el tiempo que le quedan deberá dedicárselo a su gente y a su descanso. Muy lindo se ve eso de exigirle a esa persona explotada que, además de todo ese desgaste vital, DEBE reservar tiempo y energía extras para la lectura y para la escritura.

Resumiendo: creo que leer y escribir es importante, pero no creo que abstenerse de hacerlo sea mortal, despreciable, indigno, criminal o vergonzoso. Creo que no haberle dedicado algo de la juventud a aprender a producir alimentos, casas y vestidos debería darnos un poco más de pena que el no tener muchas lecturas.

José Roberto Duque